INICIAR SESIÓNEl sol de media mañana caía con dulzura sobre el campus universitario. Bella, con sus largos rizos oscuros atados en una coleta alta y su mochila colgando de un hombro, se acomodó en el asiento trasero de la camioneta negra blindada. Sus dos guardaespaldas, vestidos con trajes grises, se sentaron al frente. Uno conducía, el otro vigilaba por la ventana. No era raro para ella, hija de Dante y Aurora, estar siempre bajo resguardo.—¿Lista para tu primer día, señorita Isabella? —preguntó Mario, el más veterano de sus escoltas.—Listísima —respondió ella con una sonrisa, sacando su cámara análoga de la mochila—Hoy quiero capturar el alma de este lugar.La camioneta avanzaba lentamente por la avenida principal de la ciudad cuando, al llegar a una intersección, un deportivo negro se cruzó de forma imprudente. El frenazo fue seco. Bella se aferró al asiento. El guardia del copiloto se bajó rápidamente y Mario hizo lo mismo.—¿Está ciego o qué? —gritó el guardaespaldas de Bella al joven del
Veinte años después Veinte años habían pasado desde aquel día en que el mundo pareció tambalearse y todo encontró finalmente su lugar. Veinte años desde que el caos, el amor y la sangre se entrelazaron para formar una sola familia, una historia escrita con cicatrices, promesas y nuevas vidas. El sol caía con lentitud sobre la playa privada de la costa amalfitana, tiñendo el cielo de un dorado melancólico mientras las olas lamían suavemente la arena.La mansión frente al mar que había hecho casi con sus propias manos, estaba ese día llena de risas. En ella crecieron sus hijos: Luca, el mayor, ya convertido en un hombre íntegro y noble, Isabella, a quien todos llamaban Bella, una joven risueña y apasionada por la fotografía, Serena, con 17 años, y Luna la última en llegar, con apenas 9 años y una energía imparable que llenaba la casa de luz.Aquella tarde, las risas infantiles flotaban en el aire como notas de una melodía infinita.—¡Te dije que no se lanzara sin flotador! —gritó B
Pov Dante Nunca imaginé que el sonido de una risa pequeña pudiera cambiarme tanto. Tres años han pasado desde aquella noche en la playa, desde que tomé por el cuello a un idiota que se atrevió a acercarse a mi esposa, y sin embargo, esa furia que alguna vez me dominó hoy se ve opacada por una paz más profunda. Una paz que llegó con el cabello rizado de mi hija y sus ojos que son un reflejo exacto de los de Aurora.Luca ya tiene cuatro años. Y ahora tiene una hermana. Se llama Isabella. La llamamos Bella, aunque para mí, sigue siendo mi pequeña tormenta de luz. Llegó en pleno invierno, con un llanto fuerte que me desgarró y al mismo tiempo me reconstruyó por dentro. Aurora me miró con esos ojos agotados después del parto, y supe que todo valía la pena. Cada gota de sangre derramada. Cada traición. Cada noche sin dormir por la guerra que parecía no acabar jamás.Tres años. Parece una vida. Y también parece un suspiro.Vivimos ahora en la costa. No muy lejos de donde aquella villa que
La tarde caía con una brisa cálida sobre la costa Cala Brandinch. Las olas rompían suavemente en la orilla mientras el cielo se teñía de naranja y dorado. La playa privada donde Dante y Aurora habían decidido pasar unos días era un rincón apartado del mundo, donde el sol parecía acariciar con lentitud, donde el tiempo se diluía como arena entre los dedos.Dante conducía el todoterreno negro con el brazo izquierdo fuera de la ventanilla, el viento despeinando su cabello oscuro. A su lado, Aurora reía con Bianca, quien viajaba en el asiento trasero con Alonzo. Iban ligeros de equipaje, apenas lo necesario para unas noches de descanso, escapando del ruido, del peso de los apellidos y las decisiones difíciles. Detrás, en otro coche, Giuseppe y Francesco cargaban con Luca, dispuestos a cuidar del pequeño mientras los cuatro disfrutaban de algo que no habían tenido en mucho tiempo: libertad.El sol ya estaba bajo cuando llegaron a la villa frente al mar. Las paredes blancas reflejaban la ú
Aurora estaba frente al espejo, en una habitación luminosa del lugar. Su vestido blanco de encaje parecía tejido por las manos del tiempo, con detalles de perlas diminutas que recorrían su espalda y mangas como hilos de recuerdos. A su lado, Bianca la observaba con lágrimas contenidas, vestida con un diseño marfil de escote discreto, elegante y poderoso, como ella.—Estás hermosa —murmuró Bianca, colocando una rosa blanca en el cabello suelto de Aurora—. Dante no va a poder respirar cuando te vea.Aurora sonrió, nerviosa. Le temblaban las manos. No por miedo, sino por la magnitud del momento. Había cruzado tantas sombras para llegar hasta allí. Había sobrevivido a la traición, a la pérdida, a la guerra. Y ahora, estaba a punto de unir su vida nuevamente con el hombre que había sido su verdugo, su salvador, su amor.Francesco entró entonces, caminando con paso firme. Ya no quedaban rastros de los tubos ni las máquinas del hospital. Vestía un traje gris oscuro, sobrio, y en sus brazos,
La brisa suave de la noche se colaba por los ventanales abiertos del comedor. La casa, amplia, segura, casi sagrada después de todo lo que habían vivido, vibraba con una paz extraña, como si al fin, después de días de heridas, explosiones y secretos, se permitiera respirar en calma.La mesa estaba servida con platos italianos tradicionales: pasta al horno, vino tinto, pan recién hecho y risas. Muchas risas. Dante, de pie con una copa en la mano, estaba relatando con tono burlón cómo Giuseppe casi se había desmayado cuando vio a Bianca empuñar un arma. Bianca, con una ceja alzada y una sonrisa letal, se limitó a responder que si fuera por ella, ya sería jefa de un clan.—Yo nací para mandar, no para asustarme —añadió, guiñandole el ojo a Alonzo, que la miraba como si el mundo girara en torno a ella.Aurora rió, con las mejillas encendidas por el vino y por la calidez de la noche. Vestía un vestido de lino claro que le dejaba los hombros al descubierto, el cabello suelto y los ojos más







