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.14.

last update Data de publicação: 2026-03-13 00:37:34

El hombre, de repente, se inclinó más cerca.

La punta de su nariz tocó la de ella.

Rose cerró los ojos con fuerza.

Hubo unos segundos de silencio denso en el aire.

Después de un momento que pareció eterno, Dorian pasó suavemente junto a su oreja y, con delicadeza, colocó de nuevo el camisón que se había deslizado de su hombro en su sitio.

Rose abrió los ojos, sorprendida.

—Estaba bromeando contigo —dijo él con una risa baja y ronca.

—¿Eh? —preguntó Rose, sin entender.

—A dormir —respondió él—.
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Capítulo bloqueado

Último capítulo

  • Mi Esposo es el Presidente   Fin

    El sol brillaba con fuerza aquella mañana en la capital de Nuevo Milenio. Las banderas ondeaban con orgullo, los periódicos llevaban su rostro en la portada y la noticia recorría cada rincón del país: Dorian Rockwell había sido reelegido como presidente por segunda vez consecutiva.Había demostrado ser un líder justo, firme, con una visión clara para el desarrollo de la ciudad y una habilidad nata para resolver crisis. Su trabajo impecable lo había hecho merecedor del reconocimiento de todos, incluso de sus antiguos opositores.En el salón de la villa presidencial, decorado con flores frescas y banderas de la nación, la familia Rockwell celebraba en privado. Rose estaba sentada en uno de los sillones con una copa de jugo en la mano, mientras observaba con orgullo a su esposo hablando con sus colaboradores.Cuando Dorian terminó de despedirse de todos y se acercó a ella, Rose se levantó para abrazarlo.—Lo lograste otra vez —le susurró en el oído—. Y no solo eso… Lo hiciste mejor que n

  • Mi Esposo es el Presidente   .118.

    Isabel se dejó caer nuevamente en el sillón, agotada. Su voz se redujo a un susurro.—Pero algún día… ella pagará. No sé cómo. No sé cuándo. Pero me las va a pagar todas.Bianca no dijo nada, pero un destello de su vieja malicia brilló por un instante en sus ojos.En la oscuridad de su pequeño apartamento, Bianca repasaba en voz baja su plan. Su rostro reflejaba una mezcla de ira y desesperación. Sabía que la única forma de arrebatarle todo a Rose no era solo con palabras, sino con acciones.—Esta vez no solo la haré perder su felicidad… la haré desaparecer para siempre —murmuró, mientras dibujaba un esquema con nombres y lugares en un tablero improvisado.Sabía que Rose siempre pasaba por un parque cuando llevaba a Amara a la escuela. Un lugar perfecto para una “accidente”.…Rose dejó a la pequeña Amara en la escuela con una sonrisa tranquila. La niña bajó del auto entusiasmada, con su mochila llena de colores y su vestido nuevo, regalo de Clarisa, quien se había convertido en la “t

  • Mi Esposo es el Presidente   .117.

    Días después. Villa Rockwell.Carlos entregó en mano un sobre diferente a Rose. De papel grueso, lacrado, con el escudo de los Hamilton. Rose lo tomó con reservas. Dorian, a su lado, frunció el ceño.—¿Qué es esto ahora?Rose rompió el sello. Sus ojos leyeron las primeras líneas… y se quedó inmóvil.—¿Rose? —preguntó Dorian, tomándole el brazo.Ella levantó la vista. En sus manos temblorosas tenía un documento legal: una carta firmada por notario, con copia del testamento actualizado de Gerardo Hamilton.—Me está dejando todo… —susurró. Su voz era apenas un hilo—. Dice que si no lo acepto… la herencia pasará a mi hija directamente.Dorian quedó en silencio.—Está presionándome —dijo ella con dolor en el rostro—. No por amor, no por redención. Solo porque quiere que la niña lleve su apellido. Su linaje. ¡Ni siquiera sabe su nombre!—¿Qué vas a hacer?Rose cerró los ojos. Tenía el poder en las manos. Podía rechazarlo todo y romper definitivamente con los Hamilton. Pero si aceptaba…—Voy

  • Mi Esposo es el Presidente   .116.

    Sabían que Isabel no era una Hamilton.Y peor aún… que Rose sí lo era.Bianca abrió el cajón inferior del tocador y sacó una caja de madera pequeña, la abrió con manos temblorosas y tomó una fotografía antigua: una de ella, joven, embarazada… junto a un hombre que no era Walter.El rostro de aquel hombre estaba parcialmente quemado con un cigarro.—Te maldigo por haber aparecido, Rose… —susurró, con un nudo en la garganta—. Tú eras un error que nunca debió regresar. Te mandamos lejos. ¡Te saqué de esta familia! ¡Te borré!La furia se transformó en lágrimas, pero no de arrepentimiento. Bianca no lloraba por remordimiento, lloraba por su derrota.Su plan se había ido a pique. Isabel jamás se casaría con Asher, los Hamilton jamás la volverían a ver como la esposa ejemplar de Walter. Su linaje, su reputación, su poder… todo se deshacía entre sus dedos.En ese momento, la puerta se abrió sin permiso. Isabel entró, con el maquillaje corrido, el vestido de novia rasgado y la mirada vacía.—¿

  • Mi Esposo es el Presidente   .115.

    Adela rompió a llorar, cayendo de rodillas junto a la cama.—Sé que no merezco tu perdón. Lo sé… pero te juro que me arrepiento de cada decisión, de cada silencio, de cada rechazo. Solo quiero estar aquí para ti. Ayudarte… si me dejas.Rose desvió la mirada hacia la ventana, su respiración agitada. Después de unos segundos, volvió a mirarla.—Si realmente quieres hacer algo por mí… entonces respétame. Respeta mi espacio, mi proceso. No me presiones. Necesito paz, mamá… por mi bebé… por mí.Las lágrimas rodaban por el rostro de Adela. Asintió lentamente.—Te daré lo que necesitas. Solo… solo espero que algún día puedas perdonarme.Se puso de pie, con el alma rota, y sin decir más, salió de la habitación. Dorian se acercó de inmediato, tomando nuevamente la mano de Rose. Ella cerró los ojos, sintiendo por primera vez en días un poco de alivio.Sabía que aún quedaba mucho por resolver… pero ese momento era suyo. De ella. De su hijo. De su futuro.Mientras en el hospital Rose trataba de e

  • Mi Esposo es el Presidente   .114.

    Todos giraron la vista hacia él. La tensión era tan densa que apenas se podía respirar. Los ojos de Henry se abrieron de par en par.—¿Padre? —susurró, apenas conteniéndose—. ¿Qué tiene que ver él con todo esto?Adela tragó saliva y continuó:—Lo que nadie sabe es que… aunque tú no seas su padre… Rose sí es una Hamilton.Los murmullos comenzaron a alzarse entre los presentes. Isabel retrocedió un paso, sin entender nada. Bianca apretó los dientes, sintiendo cómo la situación se le escapaba por completo.Y entonces, Gerardo, con el rostro severo y la espalda recta como siempre, dio un paso al frente. Su voz, grave y pausada, llenó la sala.—Porque Rose… es mi hija.El silencio fue absoluto. Todos estaban paralizados, con los ojos clavados en el anciano.—¿Qué dijiste? —murmuró Henry, su voz apenas audible—. ¿Tú… qué…?Se acercó a él, como si no pudiera comprender lo que acababa de escuchar.—Rose es hija mía —repitió Gerardo—. Adela… y yo… fuimos amantes mucho antes de que tú te casara

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