FAZER LOGINEl trayecto hacia el departamento de Keelen fue un borrón de luces de neón y el rugido del motor. Yo estaba hundida en el asiento de cuero, con la cabeza dándome vueltas y el sabor amargo del vodka todavía en la lengua. Keelen no dijo una palabra; sus manos apretaban el volante con una tensión que hacía que las venas de sus antebrazos se marcaran bajo la luz de los faros. Cuando llegamos, me guio casi en vilo hasta el ascensor y luego al interior de su refugio: un ático minimalista que olía a él, a éxito y a secretos.
—Estás ardiendo de fiebre y alcohol, Eira —dijo, su voz resonando en el silencio del mármol—. Necesitas reaccionar.
Me llevó directamente al cuarto de baño principal, una estancia amplia revestida de piedra oscura. Sin darme tiempo a protestar, abrió el grifo de la bañera y, antes de que pudiera procesar nada, me sentó en el borde mientras el agua tibia empezaba a caer.
—Keelen, ¿qué haces? —balbuceé, intentando ponerme de pie.
—Cállate, pequeña —respondió él, con una firmeza que no admitía réplicas.
Se metió en la bañera conmigo, ambos con la ropa puesta. El agua comenzó a empapar mi vestido de satén, pegándolo a mi cuerpo como una segunda piel, revelando cada curva, cada bulto, cada gramo de la carne que yo tanto odiaba. El lino de su camisa negra también se volvió traslúcido, pegándose a su torso musculoso. Sentí el calor de sus manos en mis muslos mientras me sostenía para que no me resbalara.
Al verme así, tan expuesta, tan pesada bajo el agua, el dique de mis ojos se rompió. Empecé a llorar, no con delicadeza, sino con hipos que sacudían todo mi cuerpo.
—Mírate, Keelen... mírame —sollocé, golpeando débilmente el agua—. Draco tiene razón. Soy demasiado. Este cuerpo no es para ser amado, es... es un estorbo.
—Eira, detente —gruñó él, sujetando mis muñecas con fuerza pero sin lastimarme.
—¡No! No lo entiendes. Él me dejó porque decía que por mi culpa, por este cuerpo gordo y torpe, yo nunca he podido sentir nada —confesé, la voz rota por la humillación—. Me dijo que por eso nunca he tenido un orgasmo, Keelen. Que soy una mujer defectuosa, fría... que no tengo remedio.
El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el sonido del agua cayendo. Keelen se quedó inmóvil, su mirada fija en la mía, y por un segundo vi una furia tan pura en sus ojos grises que me dio miedo. Pero luego, su expresión se suavizó hacia algo mucho más peligroso: una determinación absoluta.
—¿Eso te dijo? —preguntó, su voz apenas un susurro cargado de veneno para su hermano—. Ese imbécil no sabría qué hacer con un tesoro aunque lo tuviera entre las manos. Escúchame bien, Eira Novak. Tu cuerpo no es el problema. El problema es que nunca has estado en las manos de un hombre que sepa leer tu piel.
Él se acercó más, su cuerpo mojado presionando contra el mío. El calor que emanaba era irreal.
—Él te llamó fría porque no fue capaz de encender el fuego que llevas dentro. Pero yo sí puedo. Yo te voy a enseñar que cada curva de la que te avergüenzas es un lugar donde el placer puede nacer. Te prometo que, cuando termine contigo, vas a pedirme de rodillas que no me detenga. Vas a conocer cada sensación que ese idiota te negó.
Sus palabras vibraron en mi pecho, encendiendo una chispa de esperanza y deseo que el alcohol solo lograba alimentar. Keelen llevó una mano a mi nuca, sus dedos enredándose en mi cabello mojado, tirando suavemente hacia atrás para que lo mirara. Sus labios estaban a milímetros de los míos, cargados de una promesa que me hizo temblar de anticipación.
—Te voy a reclamar de una forma que hará que el nombre de Draco desaparezca de tu memoria, mi pequeña —susurró, cerrando los ojos mientras se inclinaba para sellar el pacto con un beso.
Pero mi cuerpo, traicionado por el agotamiento y el exceso de alcohol, decidió apagarse en ese preciso instante. El mundo se volvió negro justo cuando sentí el roce de su aliento contra mi boca. Mi cabeza cayó pesadamente sobre su hombro, y lo último que escuché, antes de caer en un sueño profundo y sin sueños, fue su respiración entrecortada y un susurro ronco contra mi oído:
—Duerme ahora, Eira. Porque mañana, las lecciones comienzan... y no tendré piedad contigo.
Por: Mar Johnson (con la interrupción constante de sus personajes)KEELEN THALASSA (Se ajusta las gafas con un gesto de impaciencia académica mientras mira directamente a la cámara/lector)—Muy bien, silencio por favor. He organizado este simposio de gratitud para cerrar formalmente el ciclo narrativo. Según mis estadísticas, la probabilidad de que este grupo de lectores sobreviviera a mis cambios de humor, a los ataques de Némesis y a mis tendencias posesivas era del 12%, y sin embargo, aquí estamos.—A ustedes, los lectores, les debo una disculpa formal por cada vez que las paredes de mi oficina retumbaron por mis gritos. Pero seamos honestos: si no hubiera sido por su insistencia en los comentarios, probablemente Mar Johnson me habría dejado soltero y amargado en una excavación en Creta. Así que, gracias por... bueno, por aguantarme. Especialmente en esos capítulos donde mi lógica brillaba por su ausencia y solo quería encerrar a Eira en una torre de cristal.EIRA NOVAK (Aparece en
(NARRADO POR KEELEN)Hay una paz que solo se alcanza después de haber sobrevivido al naufragio. A veces, en el silencio de la biblioteca de nuestra casa, me quedo observando las fotografías que adornan las paredes. Hay una en particular que resume mis últimos dos años: Eira, sentada en una excavación en Creta, con Leo en su regazo, ambos cubiertos de polvo pero con las sonrisas más brillantes que el sol del Mediterráneo haya producido jamás.Hoy no es un día cualquiera. Es el lanzamiento oficial del libro de Eira, una obra que no solo es un tratado arqueológico sobre las mujeres en la antigua Grecia, sino una declaración de principios sobre la resiliencia.Me ajusté el reloj mientras caminaba hacia el jardín trasero. Ya no vivíamos bajo la sombra opresiva de la mansión Thalassa en Atenas; nuestra casa en Nauplia era una estructura de cristal y piedra abierta a la luz, un lugar donde el pasado se respetaba pero el presente mandaba.—¡Keelen! ¿Has visto mis notas? —la voz de Eira reson
(NARRADO POR KEELEN)El sol de la tarde caía con una calidez dorada sobre los olivares de nuestra nueva casa en las afueras de Nauplia. Dos años habían pasado desde que el eco de un disparo en un almacén del Pireo amenazó con apagar mi mundo. Dos años desde que la verdad sobre Nikos —o Andreas, como descubrí que era su nombre de nacimiento— desgarró el velo de perfección de mi familia.Me encontraba en la terraza, observando el horizonte donde el mar se encontraba con el cielo. A veces, todavía me costaba creer que el silencio fuera real. El caso de "Némesis" se había cerrado con la captura de Nikos en la frontera con Bulgaria meses después del secuestro. Mis padres, en un enfrentamiento que casi nos cuesta el alma, admitieron la existencia de ese primer hijo entregado al olvido. No hubo perdón, pero sí una distancia necesaria. Ellos se quedaron con su dinero y su orgullo herido en Atenas; nosotros elegimos la libertad.—¡Papá! ¡Mira! —un grito agudo y lleno de alegría rompió mis pens
—Claro que no lo sabes. A ti te criaron entre algodones, con el nombre Thalassa abriéndote todas las puertas de Europa —Nikos se acercó a Eira y pasó el cañón del arma por su mejilla, haciéndola estremecerse—. Pero antes de que nuestro padre fuera el magnate de la arqueología, antes de que el dinero fluyera como el vino, hubo otro hijo. El primer error de una pareja joven y ambiciosa que no podía permitirse una carga mientras escalaban hacia la cima.Me quedé paralizado. La realidad empezó a distorsionarse a mi alrededor.—Yo soy ese hijo, Keelen —sentenció Nikos, y sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia—. Yo soy el Thalassa que entregaron en adopción a una familia de clase baja en un pueblo perdido del norte. Me descartaron como si fuera una pieza de cerámica rota. Y unos años después, cuando ya tenían el estatus, naciste tú. Y luego Drako. A ustedes les dieron el mundo. A mí me dieron el olvido.—No puede ser... —murmuré, sintiendo un vacío en el estómago—. Mis padres... ellos nu
(NARRADO POR KEELEN)El silencio es el sonido más aterrador que un hombre puede escuchar cuando espera encontrar la voz de la persona que ama. Había llegado a la casa de los Novak con una caja de dulces y la intención de borrar el mal sabor de boca que Nikos nos había dejado por la mañana. Pero la puerta estaba entreabierta. No había gritos, no había rastro de lucha, solo un vacío gélido que me erizó el vello de la nuca.—¡Eira! —grité, recorriendo la planta baja. Nada.Subí las escaleras de dos en dos. Su habitación estaba intacta, pero su teléfono yacía en el suelo, con la pantalla rota. Mi corazón golpeó mi pecho con una fuerza violenta. Entonces, mi propio teléfono vibró. No era una llamada. Era un mensaje de un número oculto: un video de apenas tres segundos. En él, vi un mechón de cabello castaño y el inconfundible perfil de Eira, amordazada. Debajo, una dirección: un viejo almacén de suministros médicos abandonado en la zona industrial del Pireo.Conduje como un maníaco, ignor
(NARRADO POR KEELEN)El aire en el despacho de Nikos se sentía viciado, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Tenía a Eira detrás de mí, sentía su respiración agitada rozando mi espalda, y cada instinto de protección que poseo estaba gritando que sacara a Nikos de su propio despacho a través de la ventana. Mis puños estaban tan apretados que los nudillos me blanqueaban, pero me obligué a mantener la compostura. Un Thalassa no pierde los estribos en los pasillos de la academia, aunque por dentro estuviera ardiendo.Nikos se quedó allí, sosteniendo mi mirada con una insolencia que no le conocía. Entonces, para mi sorpresa, soltó una risa seca, carente de humor. Fue un sonido metálico que cortó la tensión de la







