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Capítulo 2

Autor: Pervertido Asqueroso
¡Prrrruuu!

El caballo resopló con fuerza mientras caminaba de un lado a otro.

—¡Ay, Ramón! ¡Ayúdame! —el grito de Bárbara me sacó de mis pensamientos.

Teniendo a semejante mujer enfrente, no podía quedarme de brazos cruzados.

—¡No tengas miedo! Yo lo tengo agarrado. Ven, vamos a dar una vuelta.

Empecé a jalar al caballo por el camino. El animal, emocionado, comenzó a andar y se arrancó en un trotecito que nos hacía rebotar.

—¡Ay, Ramón, me da miedo!

—Tranquila, yo te enseño.

Agarré las riendas, puse el pie izquierdo en el estribo y, de un salto, me subí al caballo justo detrás de Bárbara.

La montura era doble, pero no tan grande como las normales, así que en cuanto me acomodé, quedé pegado totalmente a su espalda.

Sentí de inmediato el calor de su cuerpo y ese perfume tan rico que traía. Pero lo mejor eran sus nalgas; las sentía apretadas contra mi entrepierna, suaves y bien firmes.

¡Qué delicia!

Bárbara se quedó tiesa, como si no supiera qué hacer. No se atrevía a recargarse en mí, pero tampoco se movía.

—Bárbara, pon atención, agarra las riendas.

Rodeé su cuerpo con mis brazos y le puse las riendas en las manos. Luego, agarré sus manos y las jalé con fuerza hacia abajo.

El caballo entendió la orden y empezó a correr con más ganas.

—¿No se te hace emocionante, Bárbara? —le dije fuerte al oído mientras el viento nos pegaba en la cara.

—¡Sí! Contigo ya no me da tanto miedo. ¡Esto está increíble!

Ella estaba tan concentrada en el camino y en la novedad de montar por primera vez, que no se dio cuenta de que allá abajo ya estábamos bien pegados.

Tener a la mujer de mis sueños así de cerca, con el roce de la cabalgata, hizo que se me empezara a despertar el animal. Mi fierro se puso duro en un segundo.

Bárbara debió sentir algo, porque se le pusieron las orejas rojas y poco a poco se fue soltando, dejando caer su peso contra mi pecho.

Sentía cómo le faltaba el aire, pero no hizo ningún gesto de molestia ni intentó alejarse.

“Ya la tengo donde quiero. Esta mujer resultó ser bastante sensible”.

Después de un rato, ella empezó a agitarse incómoda.

—Ramón… se me atoró la falda con el peso, me molesta.

—A ver, levántate un poquito.

Sin esperar a que me contestara, le agarré sus nalgas suaves y las levanté un poco para sacar la tela que se le había metido.

—¿Ya estás más cómoda?

Mi respiración se puso pesada y le apreté la cintura con una mano.

—Sí… pero es que siento algo que me está estorbando… —murmuró ella con la voz bajita, pero sus palabras tenían doble sentido.

Ella es una mujer casada, sabía perfectamente qué era lo que sentía ahí atrás. Si de verdad no hubiera querido, me habría pedido que la bajara del caballo, ¿no?

“Me está dando luz verde”.

¡Ya entendí!

En ese momento ya no me importó nada.

Le rodeé la cintura con un brazo mientras le pasaba la otra mano por el muslo. Me acerqué a su boca y le planté un beso. Le abrí los dientes con la lengua y busqué la suya, saboreándola poco a poco.

Bajé la mano por su espalda hasta meterla por debajo de su hilo dental. Empecé a juguetear con mis dedos justo en medio de sus nalgas.

Tenerla así de dócil hizo que el bulto en mi pantalón creciera todavía más.

Bárbara sintió el cambio en mi cuerpo. Después de un buen rato nos separamos; ella estaba toda agitada y escondió la cara en mi pecho, frotándose despacito.

—¡Ay, Ramón! No podemos…

Aunque decía que no, sus manos no tenían fuerza para quitarme. Estaba chorreando, respirando mal y estirando el cuello mientras se pasaba la lengua por los labios.

Vi que era el momento. La agarré de la cintura, la levanté con fuerza y la giré para que quedara sentada frente a mí, con las piernas abiertas.

Luego, puse mis dedos en la orilla de su calzón y, mientras le acariciaba allá abajo, le hice a un lado la tela...
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