¡Prrrruuu!El caballo resopló con fuerza mientras caminaba de un lado a otro.—¡Ay, Ramón! ¡Ayúdame! —el grito de Bárbara me sacó de mis pensamientos.Teniendo a semejante mujer enfrente, no podía quedarme de brazos cruzados.—¡No tengas miedo! Yo lo tengo agarrado. Ven, vamos a dar una vuelta.Empecé a jalar al caballo por el camino. El animal, emocionado, comenzó a andar y se arrancó en un trotecito que nos hacía rebotar.—¡Ay, Ramón, me da miedo!—Tranquila, yo te enseño.Agarré las riendas, puse el pie izquierdo en el estribo y, de un salto, me subí al caballo justo detrás de Bárbara.La montura era doble, pero no tan grande como las normales, así que en cuanto me acomodé, quedé pegado totalmente a su espalda.Sentí de inmediato el calor de su cuerpo y ese perfume tan rico que traía. Pero lo mejor eran sus nalgas; las sentía apretadas contra mi entrepierna, suaves y bien firmes.¡Qué delicia!Bárbara se quedó tiesa, como si no supiera qué hacer. No se atrevía a recargarse en mí, pe
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