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Capítulo 2 – Mi llegada

Autor: Francis Wil
last update Data de publicação: 2026-01-23 02:06:51

Capítulo 2 – Mi llegada

Dana:

Realmente no tenía idea de dónde me estaba metiendo, pero necesitaba irme de mi país con urgencia. No había margen para la duda ni para la nostalgia. Cuando vi el anuncio de trabajo, envié mi currículum sin pensarlo dos veces y, para mi sorpresa, fui aceptada.

Luego de una serie de reuniones virtuales con representantes de la empresa, firmé un precontrato y viajé casi de inmediato. Sabía que iba a Corea del Sur para trabajar en una empresa grande, como parte del personal auxiliar: limpieza y tareas generales. No tenía demasiada noción de cómo sería el trabajo en sí, solo sabía que la paga era buena, incluía alojamiento y comida y, lo más importante, me daba la posibilidad de irme al otro lado del planeta, a un país del primer mundo y de manera completamente legal.

¿Qué más podía pedir?

Después de casi cuarenta largas horas de viaje, con múltiples escalas y eternas esperas en aeropuertos, por fin llegué. Pasé por aduana y migraciones, recogí mi bolso de mano, no llevaba casi nada, apenas un par de mudas de ropa y productos de higiene personal, y avancé hasta el hall principal.

La multitud me resultó intimidante.

Nada se parecía al aeropuerto de Uruguay, ese país pequeño encajado entre dos gigantes como Argentina y Brasil, con apenas tres millones y medio de habitantes. Aquí todo era movimiento, ruido, idiomas que no entendía y una marea humana que parecía no tener fin.

Como pude, me abrí paso entre el gentío. No sabía hacia dónde dirigirme. Empecé a sentir que el aire me faltaba y que las piernas me temblaban. El cansancio, los nervios y la incertidumbre me golpearon de golpe.

De pronto, sentí una mano apoyarse suavemente sobre mi hombro.

—¿Estás perdida? —escuché decir a una voz masculina detrás de mí.

—Pues sí —respondí, girándome para encontrarme con un joven que me sonreía con amabilidad.

—¿Te venían a buscar o tienes que moverte por tus propios medios?

—Se supone que vendrían por mí —contesté—, pero no sé ni por dónde empezar a buscar.

—Ven, sígueme —dijo, señalando hacia la derecha—. Es un poco más allá donde se colocan los que vienen a recoger gente al aeropuerto. Yo te acompaño.

Volvió a sonreír, y esa simple expresión logró tranquilizarme un poco.

—Por cierto, me llamo Kim Seo-joon —añadió, extendiendo su mano.

—Encantada, soy Dana Rojas —respondí, estrechándosela—. Y, por cierto, hablas muy bien español.

Sonrió aún más, mostrando unos dientes perfectos y sorprendentemente blancos.

—Mis padres son coreanos, pero yo nací y crecí en Argentina. Así que hablo el español perfectamente… y coreano con acento latino.

—¡Oh, somos vecinos! —le devolví la sonrisa mientras comenzábamos a caminar en la dirección que había señalado.

—Casi hermanos…

—Yo no diría que tanto —repliqué, divertida—. Ya sabes lo que decimos los uruguayos de los argentinos. Hermanos, lo que se dice hermanos… no tanto.

Él soltó una carcajada.

—Bueno, aquí es —dijo al detenerse y señalar un grupo de personas detrás de unas vallas metálicas, todas con carteles en las manos—. Solo tienes que buscar tu nombre. Lo demás es pan comido.

—Te agradezco muchísimo tu ayuda —le dije—. Sin tí, creo que me habría desmayado.

Otra vez esa sonrisa.

—Fue un placer. Y me gustaría que tuvieras mi número, por si quieres que te haga un tour por Seúl.

—¡Sí, claro, me encantaría! —respondí con demasiado entusiasmo. Lo noté enseguida, porque sentí cómo me ardían las mejillas.

Él rió y sacó una tarjeta de su bolsillo.

—Aquí tienes. Cuando te hayas instalado, si quieres, me llamas. No te pido el tuyo porque supongo que todavía no tendrás uno local.

—No, todavía no —admití—. Pero ten por seguro que te llamaré. Has sido muy amable y, como mínimo, te debo una comida para agradecerte.

—Me encantará comer contigo —dijo, estrechando mi mano una vez más—. Un placer, Dana Rojas. Espero que nos veamos pronto.

No esperó respuesta. Se perdió entre la multitud con la misma naturalidad con la que había aparecido.

Me giré enseguida hacia los carteles y comencé a leerlos uno por uno hasta que encontré uno con mi nombre. Para mi sorpresa, el hombre que lo sostenía tenía un aspecto claramente latino.

—Hola, soy Dana Rojas.

—Encantado, Dana —respondió—. Soy Carlos Santillán. Yo te llevaré a la empresa.

—Un gusto, Carlos. Gracias por venir a buscarme.

—Y… soy el único que habla español, así que me tocó a mí —agregó con una sonrisa.

—Lamento causarte la molestia.

—No, molestia ninguna.

Luego de las presentaciones, lo seguí hasta el coche.

—¿De dónde eres, Carlos? —pregunté mientras acomodaba mi bolso.

—De Ciudad de México. Tú eres argentina, ¿no?

—No, soy de Montevideo, Uruguay.

—Ah… todos creíamos que eras argentina.

—Pues no. De cerca, pero no.

—Bueno, igual no conozco mucho de esos países —admitió.

—No te pierdes gran cosa —sonreí, intentando caerle simpática.

—Aquí todo es muy diferente —continuó—. Puede que al principio te sientas extraña, pero la gente para la que trabajarás es buena. Pronto te sentirás parte del staff.

—No tengo idea de qué empresa es ni a qué se dedica —confesé—. ¿Podrías decirme algo?

—No puedo —respondió—. No hasta que lleguemos. Son muy protocolares. Tendrás que firmar varios documentos de confidencialidad antes de que te den información.

—Parece que voy a trabajar para la mafia coreana —bromeé, aunque la inquietud se me escapó en la voz—. Creo que ya me estoy arrepintiendo de haber venido.

—No, qué va —dijo enseguida—. Solo te diré que, en el rubro en el que están, hay mucho espionaje y malicia. Pero no hay nada ilegal.

Lejos de tranquilizarme, sus palabras lograron exactamente lo contrario. Me puse aún más nerviosa. El resto del viaje, que no fue corto, lo hice en silencio, mirando por la ventanilla cómo la ciudad se desplegaba ante mis ojos.

Los edificios eran altísimos. Nunca había visto construcciones tan grandes. Las calles estaban iluminadas por marquesinas vibrantes y coloridas. La tarde caía y el espectáculo era simplemente hermoso. Con el tiempo descubriría que Seúl me parecía aún más linda de noche que de día.

Dicen que Nueva York es la ciudad que nunca duerme. Yo diría que la capital coreana tampoco.

No me di cuenta en qué momento entramos al estacionamiento del edificio. Cuando el coche se detuvo y bajé, lo primero que noté fue la cantidad de hombres perfectamente trajeados que se movían por el lugar.

—¿Quiénes son todas estas personas, Carlos? —pregunté en voz baja.

—Vas a tener que acostumbrarte —respondió—. Son seguridad. Están en todos lados. Creo que hay más personal de seguridad que de cualquier otro rubro.

—¡Guau! —murmuré—. Debe ser muy importante la empresa para tener semejante despliegue.

—Lo es, te lo aseguro —dijo mientras avanzaba—. Pero ven, subamos.

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