INICIAR SESIÓN—No acepto ninguna excusa. Encuéntrenla, ahora. Viva o muerta.
La orden absoluta de Dominic Moretti cortó el aire de su despacho como un cuchillo, haciendo que sus subordinados temblaran.
La habitación era amplia, iluminada por el brillo de lámparas de cristal y perfumada con el aroma de madera costosa. Sin embargo, no había calidez allí. Solo una tensión que parecía adherirse a las paredes.
Los hombres armados estaban de pie formando un semicírculo frente al gran escritorio del Don. Ninguno se atrevía a levantar la cabeza.
Dominic permanecía junto al ventanal que daba a la ciudad. Su traje negro estaba impecable, su postura recta e imponente. Sus manos se cerraban en puños a los costados del cuerpo mientras sentía la furia estallar dentro de él al saber que Avery se había escabullido de la casa en secreto.
—Preguntaré una vez más —dijo con frialdad—. ¿Cómo es posible que una mujer salga de mi casa sin que ninguno de ustedes lo note, eh? No les pago para que se relajen.
Nadie respondió.
Uno de los hombres tragó saliva; la ira de su jefe los había dejado completamente mudos.
—Nosotros… encontramos que su coche ya había salido del portón, Don —dijo finalmente el subordinado, inclinando la cabeza sin atreverse a mirarlo.
Dominic giró lentamente, clavando una mirada afilada en la fuente de la voz.
—Y solo se dieron cuenta después de que desapareció.
El hombre inclinó la cabeza aún más.
Dominic soltó una breve risa que hizo estremecer la columna vertebral de todos.
—Extraordinario.
Caminó hacia el escritorio. Sus dedos golpearon la superficie de madera.
—Avery Moretti.
Pronunció el nombre con lentitud.
—Mi propia esposa huyó de mi casa.
La habitación se volvió aún más silenciosa. Uno de los guardias intentó hablar.
—Don, hemos rastreado su coche hacia el puerto…
Dominic levantó la mano, rechazando cualquier excusa por la negligencia.
—Preparen a todos —ordenó Dominic—. Cierren todas las salidas de la ciudad.
Sus ojos se entrecerraron.
—Si quiere huir, tendrá que cruzar el mar.
Tomó su abrigo negro.
—Quiero que la encuentren antes del amanecer.
—¡Sí, Don!
El viento del mar golpeaba con fuerza el rostro de Avery. El coche en el que viajaba avanzaba por la solitaria carretera del puerto. Las luces amarillas se reflejaban en la superficie oscura del agua, y sus manos temblaban sobre su regazo al saber que Dominic no se quedaría quieto buscándola.
—Un poco más rápido —dijo con inquietud al conductor.
El anciano al volante asintió nervioso.
—Voy lo más rápido que puedo, señora.
Avery miró por el espejo retrovisor. No había ningún coche siguiéndolos.
Pero el miedo seguía arrastrándose por su pecho.
—Dominic ya debe saberlo.
Cerró los ojos por un instante.
La imagen de aquella larga mesa del comedor volvió a aparecer en su mente. La silla vacía frente a ella. La vela encendida en soledad.
Dos años de matrimonio.
Dos años esperando a alguien que nunca regresaba a casa.
El coche se detuvo de repente y Avery se sobresaltó.
—Hemos llegado.
El pequeño puerto estaba casi vacío. Solo unos cuantos barcos pesqueros se mecían sobre el agua negra.
Un hombre con gorra estaba de pie en el muelle. Levantó la mano y saludó.
—El barco ya está listo.
Avery bajó del coche; el viento nocturno hizo ondear la fina bufanda alrededor de su cuello.
—Gracias —dijo suavemente al conductor.
El anciano asintió.
—Que esté a salvo.
Avery sonrió levemente y caminó hacia el muelle. Sus pasos eran rápidos, acompañados por los latidos acelerados de su corazón.
Solo unos metros más.
En pocas horas estaría lejos de esta ciudad. Lejos de Dominic, quien la había ignorado durante todo ese tiempo.
De pronto, el rugido de motores se escuchó a lo lejos. Los reflectores barrieron el puerto.
Avery se detuvo, abriendo los ojos con sorpresa al ver tres coches negros deslizarse hacia el área de estacionamiento.
Las puertas se abrieron al mismo tiempo, y hombres armados salieron de los vehículos.
—Deténgase ahí, señora Avery.
La voz era grave y muy familiar.
Avery reconoció el rostro del hombre que hablaba.
Marco, la mano derecha de Dominic.
—¡Deténganse ahí! No volveré con ese jefe tuyo —dijo Avery, clavando en él una mirada firme.
Marco se acercó lentamente.
—El Don solo quiere hablar.
—No hay nada que hablar. Dile que no volveré a esa casa.
Avery retrocedió un paso.
El mar golpeaba los pilares del muelle con fuerza.
Marco suspiró, cansado de la situación.
—No haga esto más difícil.
Hizo una señal a sus hombres. Varios de ellos comenzaron a acercarse.
Avery miró hacia el pequeño barco junto al muelle.
—¡Zarpe ahora! —gritó al hombre de la gorra.
El hombre entró en pánico.
—Lo siento, señora…
Uno de los guardias de Dominic le apuntó con una pistola.
—No se mueva.
Avery sintió que el mundo se cerraba a su alrededor.
—Dominic no puede encerrarme para siempre —dijo.
Marco la miró durante un largo momento.
—No tiene intención de encerrarla.
Avery soltó una risa amarga.
Nadie entendía cómo se sentía.
—¿De verdad?
Señaló a los hombres armados.
—Entonces, ¿esto es mi libertad?
Marco iba a responder, pero el sonido de otro coche rompió de repente la noche.
Una luz blanca cegadora barrió el muelle. Un coche negro se detuvo.
La puerta se abrió.
Dominic Moretti bajó del vehículo. Su paso era tranquilo, y sus ojos encontraron inmediatamente a Avery.
—Sube al coche —ordenó brevemente, con su habitual tono frío.
Avery sintió que la garganta se le secaba. No quería rendirse.
—No.
Dominic caminó hacia ella. Su ira ya había alcanzado el límite.
—No me hagas perder la paciencia, Avery.
—¿Paciencia?
Avery soltó una breve carcajada cargada de burla.
—Ni siquiera me has visto nunca.
Dominic se detuvo a unos pasos de ella. El viento agitaba su cabello negro.
—Vuelve a casa —dijo, rígido.
Avery negó con la cabeza. Estaba segura de su decisión.
—No soy una de tus pertenencias, así que déjame ir.
Dominic la observó largamente, su mirada profunda intentando dominar su orgullo.
—Avery. Este no es lugar para hacer un drama.
Extendió la mano.
—Ven aquí.
Avery retrocedió un paso más y volvió a negar.
—Prefiero el mar antes que regresar a esa casa.
Marco miraba a ambos con inquietud. El ambiente se sentía como una cuerda tensada al borde de romperse.
Dominic suspiró.
—No repetiré mi orden.
—Yo tampoco.
En el segundo siguiente, un sonido metálico de clic resonó a lo lejos.
Alguien gritó.
—¡BOMBA!
La explosión llegó sin advertencia.
Una luz blanca cegó la noche. El estruendo destrozó el aire y una ola de calor golpeó el muelle.
Avery fue lanzada hacia atrás.
El pequeño barco a su lado explotó en una bola de fuego. El agua del mar se elevó en una gran columna mientras fragmentos de madera y metal volaban por todas partes.
Dominic se quedó en shock, tambaleándose. Sus ojos se abrieron de par en par ante la escena frente a él.
—¡AVERY! —gritó Dominic, histérico.
Las llamas comenzaron a lamer la superficie del agua, y una columna de humo negro se elevó hacia el cielo.
Los hombres gritaban con pánico.
—¡Don, retroceda!
Pero Dominic ya corría hacia el muelle en llamas.
—¡AVERY!
Pateó tablones de madera carbonizados mientras el mar se agitaba debajo.
No hubo respuesta.
Solo el sonido del fuego.
Marco agarró su brazo.
—¡Don, es demasiado peligroso!
Dominic se soltó. No le importaban las advertencias de Marco.
—¡Avery!
Miró la oscura superficie del agua. Trozos de madera ardiente flotaban entre las olas.
Entonces algo rozó su mano.
Un pedazo de tela.
Dominic se inclinó y lo sacó del agua.
Una bufanda blanca, quemada a medias.
Su mano se tensó.
El olor del humo se mezclaba con el suave perfume que aún permanecía en la tela.
Avery.
Marco estaba detrás de él.
—Don… debemos retirarnos.
Dominic no se movió. Sus ojos seguían fijos en la bufanda.
—Avery no puede estar muerta. Estoy seguro de que sigue viva… sí, estoy completamente seguro… Avery sigue viva —murmuró, hablándose a sí mismo.
El equipo de rescate llegó unos minutos después. Los reflectores iluminaron el mar mientras botes inflables se movían entre los restos.
Un oficial se acercó tras casi una hora de búsqueda. Su rostro era grave.
—No se ha encontrado a ninguna víctima con vida.
Dominic permaneció inmóvil. El mar reflejaba el resplandor de las llamas que aún quedaban.
—Continúen la búsqueda —ordenó.
—Ya hemos revisado la zona principal —respondió el oficial con duda.
—Continúen —repitió Dominic en voz baja, pero con una amenaza que hizo estremecer al hombre.
El oficial asintió y se marchó.
Marco permaneció al lado del Don.
—Esto podría ser un sabotaje de nuestros enemigos.
Dominic guardó silencio. Miraba el mar oscuro.
La bufanda seguía en su mano.
Mojada.
Quemada.
Frágil.
—Ella debería estar en casa —murmuró Dominic, cerrando los ojos por un momento.
En su mente volvió a ver aquella larga mesa del comedor: los platos perfectamente colocados, la vela encendida… y una silla vacía.
Aún resonaba en su memoria.
Avery esperándolo toda la noche.
Abrió los ojos.
El mar seguía oscuro.
—Avery…
El nombre salió como un susurro sin respuesta.
Solo el sonido de las olas golpeando el muelle destruido.
Por primera vez en su vida, Dominic Moretti no sabía qué hacer.
Y por primera vez también, el mundo del Don de corazón de hielo comenzaba a derrumbarse.
—En esta colina, ya no veo a un tirano —Avery hizo una pausa, girando el rostro para mirar al hombre a su lado—.—Sino al hombre que me salvó.El viento nocturno de las colinas de Singapur soplaba con cierta fuerza, barriendo la superficie del césped y trayendo consigo un frío que se filtraba lentamente en la piel.Debajo de ellos, las luces de la ciudad brillaban intensamente, densas, y aun así parecían tan lejanas. Ya no había el silbido ensordecedor de las balas. No había olor a pólvora impregnado en la ropa, solo un silencio extraño.Dominic volvió la mirada. Sus ojos, normalmente fríos y vigilantes, ahora se suavizaban con un calor inusual. No respondió de inmediato. Su mano firme se alzó para apartar con cuidado algunos mechones del cabello de Avery, desordenados por el viento, colocándolos detrás de su oreja. Su tacto era suave, casi demasiado delicado para alguien cuyas manos habían derramado tanta sangre.—Hablas demasiado esta noche, Avery —susurró Dominic. Su voz era grave,
—Sonríe, papá. Esa cara tan rígida solo arruinará la foto polaroid.Leo dijo aquello con un tono relajado y burlón desde detrás del lente de la cámara de mica negra en su mano.El adolescente de dieciséis años se mantenía erguido sobre la alfombra de césped verde del patio trasero de la mansión.Sus ojos grises se entrecerraban con concentración, encuadrando la composición de la gran familia reunida bajo la sombra de un frondoso árbol.Frente a él, Dominic Moretti se vio obligado a aflojar la mandíbula firme que de pronto se le había tensado; su rostro se sentía extraño al tener que sonreír ampliamente frente a una cámara. Durante años en el mundo clandestino, se había acostumbrado a llevar una expresión plana, sin emociones. ¿Y ahora? Era su propio hijo quien le pedía que sonriera.A su lado, Avery reía con ligereza mientras acomodaba el chal de algodón fino sobre su hombro. Sus dedos esbeltos arreglaban los pliegues de la tela que el viento de la tarde había desplazado.—Mi cara ya
—Tu casa siempre se siente como un jardín de infancia a escala internacional, Dominic —soltó Julian Valenti entre risas claras.Su voz rompió de inmediato el silencio del corredor delantero de la mansión, que hasta entonces permanecía en calma. El hombre entró con paso relajado, dejando desabrochado el primer botón de su camisa de lino.A su lado, Lyra caminaba con elegancia, sosteniendo una cesta de mimbre llena de pastel de manzana. El aroma se expandió enseguida: canela y manzana horneada, un perfume tentador que llenaba el aire.Detrás de ellos, el repiqueteo de pequeños pasos ágiles resonó sobre el suelo de mármol. Su hijo de ocho años se adelantó corriendo mientras conducía un balón de fútbol de cuero. Justo detrás, su hermana menor, de siete años, lo perseguía abrazando su conejo de peluche tejido favorito.—Las puertas de esta casa siempre están abiertas para contener la energía extraordinaria de tus hijos, Julian —respondió Dominic con amabilidad.Extendió la mano y estrechó
—Quienquiera que piense que controlar a las cinco facciones de la mafia es difícil, es porque nunca ha intentado prohibirles a Alex y a Alexa que se suban al árbol de mango del patio trasero.Dominic Moretti gruñó entre dientes mientras se masajeaba el puente de la nariz, aquejado por una jaqueca que lo atormentaba desde el amanecer. Aquella imponente figura que en el pasado infundía terror en toda Italia se encontraba ahora indefensa en medio de la sala de estar. Su camisa de vestir azul ya lucía arrugada, incluso antes de que pudiera dar un solo paso hacia el garaje subterráneo.Frente a él, Alex, que ahora tenía nueve años, corría a toda velocidad alrededor del sofá de cuero, soltando carcajadas estruendosas. El pequeño sostenía con fuerza un fajo de documentos que contenía los informes de análisis del mercado inmobiliario de su padre.Los diminutos pasos de Alex dejaban a su paso briznas de césped del jardín, que quedaban adheridas a la costosa alfombra de lana de la sala.—¡Devue
—No vuelvas a buscarme en el mundo subterráneo, porque el nombre de Dominic Moretti hace mucho que fue borrado del árbol genealógico de la familia Moretti en Italia.Dominic Moretti pronunció aquella frase con voz fría, pero había un alivio imposible de ocultar.Los dedos de sus manos, fuertes, se movían lentamente sobre la pantalla de un dispositivo táctico negro que aún permanecía encendido.La luz azulada de aquel viejo teléfono hacía que su rostro firme luciera más sereno de lo habitual.Estaba apoyado en el borde de una mesa de madera de teca, en su silencioso despacho privado. La notificación que había llegado unos minutos antes lo había sobresaltado, pero resultó no ser una amenaza de las facciones armadas europeas. Línea tras línea de aquel texto encriptado fluía con información legal enviada directamente por un representante de una firma independiente en Palermo.—¿Ese mensaje de Europa trae malas noticias para nuestra paz, Dominic? —preguntó Avery en voz baja desde el umbral
—No tengas miedo. Recuerda quién eres en esta casa, Leo.Dominic Moretti se aseguró de que esas palabras se transmitieran con claridad. Su voz era baja, grave, la de un padre que exige toda la atención de su hijo.Junto a la mesa de mármol de la cocina, sus manos robustas se movían con esmero, acomodando el cuello del uniforme de primaria de Leo. La camisa blanca le quedaba perfecta, resaltando la firmeza de sus hombros, herencia directa de su padre.A su lado, Avery estaba ocupada guardando la lonchera dentro de la mochila. Las mañanas en su nueva residencia en las colinas de Singapur siempre eran bulliciosas con asuntos domésticos como ese.Pero hoy era distinto. Las largas vacaciones habían terminado, al igual que el periodo de recuperación tras el trauma que había mantenido a su familia aislada del mundo exterior.—No le tengo miedo a matemáticas, papá —murmuró Leo, con la mirada fija en la punta de sus zapatos—. Solo… me siento raro.—¿Raro por qué, campeón? —Dominic detuvo sus m







