MasukLa mansión estaba silenciosa cuando Amelia terminó de recomponerse lo suficiente como para mantenerse de pie. Sus ojos estaban enrojecidos, su respiración aún temblaba y sus manos no dejaban de sudar. Cada rincón de la casa parecía distinto, como si la revelación del calabozo hubiera torcido la realidad entera.
Pero no podía dejar rastros de lo que había descubierto. No podía permitirse un solo error.A las doce en punto, como un reloj perfectamente calibrado, escuchó el sonido del motor del auto aproximándose. El corazón le saltó al cuello. Tragó saliva, respiró hondo y se obligó ir a la mesa a servir el almuerzo que a duras penas había preparado.
La puerta principal se abrió.
—Amor, ya llegué. —La voz de Patrick sonó cálida, dulce, demasiado cotidiana y lejana a la vez.
Amelia levantó la mirada.
Él estaba ahí, perfecto como siempre: traje impecable, corbata perfectamente alineada, sonrisa suave. La clase de hombre que cualquiera juraría que es un esposo ideal.Ella lo miró como quien mira un cuadro que antes amaba y ahora descubre que es una falsificación.
Patrick se acercó y la tomó de la cintura, inclinándose para besarla. Ella cerró los ojos un instante, pero no por ternura: por miedo a que él pudiera ver la verdad en su mirada.
—¿Cómo estás, mi vida? —preguntó él mientras le acariciaba el rostro con el dorso de la mano—. Te ves cansada.
—Un poco… —respondió ella con un hilo de voz—. El bebé se movió mucho.
Patrick sonrió, orgulloso, como si el embarazo fuera su mayor logro.
—Es un pequeño guerrero —dijo con un brillo extraño en los ojos—. Va a ser fuerte, como nosotros.
Ojalá herede tu inteligencia, así podrá dirigir su parte de la empresa cuando llegue el momento.Amelia tensó la mandíbula.
Ese “su parte de la empresa” ya no sonaba a futuro familiar… sino a estrategia. A cálculo. A propiedad.Patrick se sentó a su lado y le tomó la mano.
—¿Cocinaste tú?
— Sí, quería darte una sorpresa.
— Eres maravillosa mi amor.
Se acercó nuevamente y Amelia pudo ver una marca de lápiz labial en su cuello, y recordó lo que Erick le había dicho, que lo había encontrado con su secretaria, su estómago se revolvió. Él volvió a hablar sacándola de sus pensamientos.
—He estado revisando los papeles de la fusión —comenzó, con tono suave pero firme, casi hipnótico—. Cuando unamos nuestras compañías, Amelia, seremos imbatibles. Nada podrá contra nosotros. Tendrás la vida que mereces… una vida perfecta.
Ella sintió náuseas. No por el bebé. Por él.
Sonrió.
Una sonrisa delicada, dócil, falsa.—Confío en ti, Patrick —susurró.
Él suspiró con alivio, como si esas palabras fueran una caricia a su ego.
—Sabía que lo harías —respondió, acercándose para besarla en la sien—. Siempre has sabido que lo que hago es por tu bien.
“Mi bien.”
Amelia apretó los dedos contra la tela del mantel para no temblar.Patrick la observó un momento más, como si evaluara cada gesto. Su mirada, aunque suave, tenía un filo oculto que antes no había notado… o no había querido ver.
Pero ahora lo veía todo.
Y le producía un miedo helado.Durante el almuerzo, Patrick habló de negocios, de planes, de números, de viajes que harían cuando naciera el niño. Su voz era suave, constante, como si estuviera construyendo el futuro perfecto mientras ella asentía con gestos pequeños y calculados.
Por fuera, Amelia era una esposa cariñosa.
Por dentro, era una mujer rota, temblando, con la verdad clavada en el corazón.***
El almuerzo terminó, Patrick tomó una ducha y volvió a su oficina, Amelia no podía quedarse con la duda y tomó su auto para ir a la oficina.
Ya era la hora de salida, todos se iban y no veía salir a Patrick, subió hasta su ofician, el escritorio de su secretaria estaba vacío, se sacó los zapatos y caminó en silencio, los gemidos salían de la oficina de Patrick.
— Cielos, si, así, más.
Amelia se asomó y vio a la secretaria de rodillas chupando con destreza su miembro, Patrick la tomó y la puso contra el escritorio golpeándola con fuerza mientras ella gemía.
— Más duro jefe, ayer no terminamos por que llegó su esposa.
— ¿Ayer? ¿Por mi culpa? — susurró Amelia,
Las embestidas de Patrick eran intensas moviendo casi todo el escritorio. El corazón de Amelia se sentía como una roca en su pecho, su estómago se revolvía, un flash de ellos en el despacho otro de ellos en su cama, hizo que sus piernas temblaran.
— Que bueno que funcionó la dosis, no recordó nada.
— Esa medicina que la mantiene sin recuperar los recuerdos ha valido cada dólar que he pagado por ella, Amelia es mía, no dejaré que vuelta con el bastardo de Erick.
Sus movimientos fueron más brutales, Amelia no lo soportó y salió sin hacer ruido, su corazón latía con fuerza, Erick decía la verdad, ellos eran pareja, estaban enamorados, no podía dejarlo encerrado en el calabozo, no dejaría que el hombre que la amaba siguiera sufriendo en manos del que se suponía era su esposo.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Erick detrás de los barrotes: su barba crecida, sus mejillas hundidas, el dolor en sus ojos azules.
La forma desesperada en que dijo su nombre. El temblor de su voz. El “amor” que se le escapó sin contenerlo.Lo había amado. Lo había elegido. Y Patrick lo había enterrado vivo.
Las manos de Amelia temblaban sobre su vientre.
—¿Qué… nos hizo? —susurró con los labios temblorosos mientras manejaba de vuelta a la mansión.
Mientras el sol comenzaba a caer, Amelia se miró al espejo. Sus ojos estaban rojos, pero se obligó a limpiarse, a alisarse el cabello, a verse “normal”.
No podía levantar sospechas.
Patrick llegó más tarde, buscándola para cenar.
Ella lo recibió con una sonrisa tenue, suave, casi sumisa. Él la abrazó, le habló con dulzura pero el aroma al perfume de esa mujer le revolvió el estómago, decidió ignorarlo y se sentaron juntos a la mesa como cualquier matrimonio feliz.Ella lo escuchó hablar, lo vio reír.
Lo vio lucir perfecto.Y ese contraste entre su imagen y la verdad que escondía… la quemaba por dentro.
Después de cenar, Patrick la acompañó hasta la habitación, la ayudó a recostarse y la besó con suavidad.
—Eres mi todo, Amelia —susurró él—. No sabes cuánto agradezco haberte recuperado. Te amo...
Ella tragó saliva.
—Yo también —mintió.
Patrick apagó la luz y se acomodó a su lado.
En minutos, quedó dormido, respirando con esa tranquilidad que solo tienen los monstruos que creen que jamás serán descubiertos.Amelia abrió los ojos en la oscuridad.
Sus manos estaban frías.
Su corazón, no.Había tomado una decisión.
Mañana volvería al calabozo.
Mañana volvería a ver a Erick. Porque en algún lugar bajo esa casa, un hombre que la amaba con el alma… estaba esperando que ella regresara. Y no iba a dejarlo sufriendo solo.EPÍLOGOHabían pasado cuatro años.Cuatro años de paz después de la muerte de Rachel, cuatro años en los que, por primera vez en mucho tiempo, la vida les había permitido respirar sin miedo, sin amenazas, sin la sombra constante de perderlo todo.Y en ese tiempo… la familia no solo había sanado. Había crecido.La mansión Blackwood estaba llena de risas, de pasos pequeños corriendo por los pasillos, de voces infantiles mezclándose con la música suave de una celebración que lo significaba todo.Ese día era especial.El cumpleaños de los hijos de Miguel y Armand.En el jardín, decorado con globos, flores y mesas llenas de dulces, los niños corrían de un lado a otro, ajenos al mundo adulto, viviendo su propia aventura.El pequeño Angelo Rossi corría desesperado, mirando hacia atrás mientras escapaba de su prima Rafaella Carusso.—¡Adrieeeeen, sálvame! ¡Mi prima me quiere pegar! —gritó, escondiéndose detrás del mayor.Rafaella llegó con los brazos cruzados, indignada.—¡Dijo que mi pelo par
Las puertas de la clínica se abrieron de golpe.Armand y Miguel entraban prácticamente corriendo, cada uno sosteniendo a sus esposas, ambas con vientres enormes y rostros contraídos por el dolor.—¡Auxilioooooooo! —gritó Miguel sin ninguna vergüenza.La enfermera que siempre los atendía levantó la vista… y sus ojos se abrieron como platos.—Dios mío… sabía que tenía que quedarme en casa hoy… ¡¿Qué pasó?! —preguntó acercándose de inmediato.—Estábamos en una cena familiar y las dos empezaron con dolores de parto —respondió Armand, claramente descompuesto.—¡Ay, Dios! Iré por el médico.Los enfermeros llegaron corriendo con camillas, moviéndose con rapidez mientras acomodaban a las dos mujeres.Mildred apretaba la mano de Armand con una fuerza brutal.—¡Juro que no dejaré que me toques en tu vida, Armand Carusso! —gritó— ¡Aaaaaaaaaahhh! ¡Duele, duele mucho!Armand la miraba con los ojos llenos de pánico.—Tranquila… tranquila, respira… respira, mi amor…A su lado, Miriam cerraba los ojos
—Damián… no me gustan estas cosas… —murmuró Arabella, aferrándose a su brazo mientras avanzaban.Llevaba un vestido de gala plateado, entallado, que delineaba su figura con elegancia, algo muy distinto a su estilo habitual. A su lado, Damián lucía impecable con un traje hecho a la medida, el cabello arreglado y esa seguridad tranquila que lo hacía ver aún más atractivo.Él la miró de reojo y sonrió con dulzura.—Vamos, mi pequeña fantasmita… Mimi está de luna de miel, que estoy seguro que me traerá un sobrino… Amelia y Erick no pueden salir de noche por Adrien… nos toca a nosotros ser la cara visible de las empresas.Arabella hizo un pequeño gesto.—Mmm… lo detesto igual…Damián soltó una risa baja.—Vamos… tú puedes, mi fantasmita.Ella lo miró unos segundos… y terminó sonriendo antes de inclinarse y besar sus labios.—Está bien… vamos.Al llegar al restaurante, la elegancia los envolvió de inmediato. Era un lugar amplio, lleno de luces cálidas, mesas perfectamente decoradas y person
La fiesta se desarrollaba con naturalidad, envuelta en luces cálidas, música suave y risas que llenaban cada rincón de la mansión.Los cuatro recién casados estaban al centro de la pista. El vals comenzaba y por un momento… Parecía que flotaban.Los movimientos eran perfectos, sincronizados, elegantes… como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.Las telas de los vestidos giraban en el aire, los trajes impecables marcaban cada paso, y las miradas… Las miradas lo decían todo.Amor, devoción, historia.Al terminar, un aplauso envolvió el salón, y poco a poco las demás parejas se unieron a la pista, rodeándolos, continuando la danza.Erick tomó a Amelia de la cintura, atrayéndola con cuidado hacia él, la miró… como siempre lo hacía. Con ese amor infinito que parecía no tener fin.—Mi hermosa Mily… —murmuró cerca de su oído— te ves tan hermosa como el primer día que te vi… cada día me enamoro más de ti… cada día te amo con más devoción… eres todo lo que pude desear… tú y nuestro
Pasaron los meses, y la mansión Blackwood estaba rebosante de vida.Flores por todos lados… arreglos elegantes cubrían cada rincón, el aroma dulce inundaba el ambiente, los meseros corrían de un lado a otro y el organizador daba órdenes sin piedad, intentando mantener todo bajo control en medio del caos perfecto de una boda doble.En la habitación principal… Amelia y Arabella observaban a las dos mujeres frente a ellas.Por un lado, Miriam… con su cabello negro cayendo en suaves ondas sobre sus hombros, vestía un vestido amplio, estilo princesa, con una falda vaporosa y un corsé en forma de corazón que moldeaba su figura de manera perfecta.A su lado, Mildred… con su cabello rubio recogido elegantemente, dejando algunos mechones caer sobre su cuello, llevaba un vestido estilo sirena, con un escote de corazón que realzaba cada una de sus curvas.Ambas vestían en un delicado tono rosa pálido.Y ambas… se veían absolutamente hermosas.Amelia se acercó, acomodando con delicadeza el vestid
Los hombres de Adriano limpiaron todo con una rapidez impresionante. En menos de lo que cualquiera podría imaginar, la habitación volvió a parecer normal, como si nada hubiera pasado. Mientras tanto, Gerald y Adriano, vestidos como paramédicos, se encargaron del cuerpo de Rachel. Nadie notó nada entre el caos habitual del hospital, entre médicos corriendo y pacientes reales entrando y saliendo.Una hora después… Volvían a la habitación como si nada hubiera ocurrido.—No sabía que tenías ese talento… —comentó Adriano con una leve sonrisa— es muy bueno saberlo.Gerald acomodó su chaqueta con arrogancia.—Soy un hombre de muchos talentos.Adriano lo miró de reojo.—¿Te quedarás en París?—Sí… —respondió Gerald con naturalidad— allá está mi mariposa… y mi hermana encontró el amor. Trasladaré una filial a París para instalarme allá.Adriano asintió, pensativo.—Es bueno saber que tengo un aliado en París… ya tengo en Italia… y ahora en Francia.Gerald sonrió de lado.—Cuenta conmigo, pajarr







