LOGINMaya bajó las escaleras de la estación arrastrando los pies, vestida con unos pantalones de chándal de algodón gris que le quedaban un poco grandes y una camiseta de tirantes negra que Micaela le había prestado. Se veía pequeña, casi frágil, si no fuera por la llamarada de determinación que desprendían sus ojos verdes.
Al llegar a la planta baja, encontró a Connor apoyado contra el parachoques del camión de bomberos, con los brazos cruzados y una expresión de suficiencia que le daban ganas de abofetearlo.
—Micaela dice que te mudas —soltó Connor sin preámbulos, su voz resonando en el hangar vacío—. A mi casa. Ahora.
Maya se detuvo en seco, a tres metros de él. —¿Perdona? He debido de golpearme la cabeza más fuerte de lo que pensaba, porque he creído oír que voy a vivir contigo. La respuesta es un "no" rotundo, absoluto y eterno, Capitán Cavernícola.
Connor se separó del camión con una lentitud felina. Cada paso que daba hacia ella parecía acortar el oxígeno en la habitación. —No es una oferta, bonita. Es una orden directa del mando de esta estación. Aquí no puedes quedarte; mis hombres están más distraídos con tus desfiles en toalla que con el mantenimiento de las mangueras. Y no te voy a dejar en un hotel donde cualquier buitre pueda aprovecharse de tu... "desorientación".
—¡Prefiero los buitres a ti! —exclamó Maya, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra una columna de acero—. No pienso ir a una casa privada contigo. ¿Quién me asegura que no eres un psicópata?
Connor llegó hasta ella. No se detuvo hasta que sus pechos rozaron el firme relieve de su pecho. Apoyó una mano en la columna, justo al lado de la cabeza de Maya, atrapándola. Se inclinó tanto que ella pudo ver las pequeñas motas doradas en sus ojos oscuros y sentir el calor que desprendía su piel.
—Escúchame bien, Maya —susurró, con una voz tan baja y ronca que le erizó el vello de la nuca—. No tienes opciones. No tienes dinero, no tienes memoria y, según este papel —señaló la tarjeta quemada que asomaba por el bolsillo de ella—, solo tienes un nombre de pila. En mi casa estarás segura. Yo me encargo de las reglas, y tú te encargas de no romperlas.
—Eres un dictador —jadeó ella, tratando de mantener la mirada a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas por la cercanía—. Un bruto que cree que puede arrear a las personas como si fueran ganado.
—Soy un hombre práctico —corrigió él, rozando con el dorso de su dedo la mandíbula de ella—. Y tú eres demasiado testaruda para tu propio bien. Así que, o caminas hacia la camioneta por tu propio pie, o te cargo al hombro delante de todos mis hombres. Tú eliges el nivel de espectáculo.
Maya apretó los dientes. La humillación de ser cargada como un saco de patatas frente a Dante y Elias era demasiado. Rodó los ojos con tal fuerza que pensó que se le saldrían de las órbitas.
—Te odio con cada fibra de mi ser, Connor Petrova.
—Lo sé. Es lo más interesante de ti hasta ahora —él se alejó de golpe, rompiendo la burbuja de tensión y dándole aire para respirar—. Camioneta. Dos minutos. Muévete.
Connor se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida con ese andar arrogante que tanto la irritaba. Maya se quedó allí un segundo, apretando los puños a los costados.
—¡Primate! —le gritó a su espalda—. ¡Eres un primate involucionado! ¡Un neandertal con complejo de héroe!
Connor se detuvo un momento, soltó una risita que sonó como un rugido suave y, sin volverse, levantó una mano en un gesto de despedida burlón.
—¡Y tú eres mi bonita! —le devolvió él a voces—. ¡Apresúrate, que los primates tenemos hambre y la cena no se hace sola!
—¡Ugh! —Maya pisó fuerte contra el suelo, soltando un gruñido de frustración—. Juro que recuperaré mi memoria solo para recordar cómo insultarte en más idiomas.
Micaela, que observaba la escena desde la puerta de la cocina, soltó una carcajada limpia mientras limpiaba un plato. —Esa niña tiene fuego —murmuró para sí misma—. Y Connor... Connor ha encontrado por fin un incendio que no va a querer apagar.
Maya caminó hacia la camioneta, murmurando maldiciones sobre la genética de los Petrova, sin saber que al cruzar el umbral de la casa de Connor, el juego de rol y sumisión que él ocultaba estaba a punto de volverse su nueva y pecaminosa realidad.
(Narrado por Connor)El tiempo afuera se había convertido en un concepto abstracto, una frecuencia de radio que ya no sintonizábamos. Mientras el mundo esperaba a que la heredera Novak hiciera su entrada triunfal, dentro de estas cuatro paredes, la realidad se plegaba ante nosotros. Maya se aferró a mi cuello con una desesperación renovada al escuchar las campanas, hundiendo su rostro en el hueco de mi hombro. Podía sentir el calor de su piel, el rastro de nuestro sudor mezclándose y el temblor de sus manos que se negaban a soltarme.Ella levantó la cabeza y sus ojos recorrieron el suelo, deteniéndose en el vestido de novia que yacía como una piel muerta sobre el mármol. Durante un segundo, el miedo cruzó su mirada, ese terror ancestral al poder de su pad
(Narrado por Connor)El silencio que siguió a la tormenta era denso, cargado del olor a sexo, sudor y esa desesperación dulce que solo el amor prohibido puede generar. Maya estaba tendida sobre mi pecho, su respiración finalmente calmada mientras el sueño la reclamaba por unos instantes. Sus brazos rodeaban mi cintura con una fuerza inconsciente, como si incluso dormida temiera que yo fuera a desaparecer entre las sombras de la habitación.Bajé la mirada hacia ella. Su piel estaba marcada por mis dedos, pequeñas huellas violáceas que florecían en sus caderas y hombros, un mapa de posesión que yo mismo había trazado en el fragor de la batalla. Era irónico. Afuera, el mundo esperaba a la perfecta heredera Novak, a la mujer intocable que se unir
(Narrado por Connor)El aire en la habitación estaba saturado de un magnetismo animal, una mezcla de sudor, deseo y la inminencia de una tragedia que solo alimentaba nuestro fuego. No había espacio para la razón. Cada segundo que pasaba era un segundo robado al destino que Rodrigo Novak y mi padre habían escrito para ella. Maya se movía sobre mí con una urgencia que rozaba la desesperación, sus caderas dictando un ritmo frenético que me obligaba a aferrarme a ella para no perder el sentido de la realidad.La tomé por la cintura, deteniendo su movimiento solo para inclinarla hacia atrás. Su pecho subía y bajaba con violencia, y su piel, pálida y suave, brillaba bajo la luz tenue que se filtraba por las cortinas. No pude contenerme. Me incliné
(Narrado por Connor)Quince días. Quince malditos días de un silencio sepulcral que me habían carcomido las entrañas. Desde aquella noche en que Rodrigo Novak la sacó de la mansión por la puerta de servicio, Maya se había convertido en un fantasma. La busqué en cada rincón de la ciudad, interrogué a guardias, seguí a los autos de su padre y vigilé cada propiedad de los Novak, pero fue inútil. Estaba encerrada en una jaula de cristal cuya ubicación solo los monstruos conocían.Hoy, la mansión bullía con la actividad
(Narrado por Connor)Caminé por los pasillos de la mansión Novak con el peso de un edificio derrumbado sobre los hombros. La rabia que sentía hacia Maya por sus mentiras luchaba palmo a palmo con el terror que me había provocado verla colapsar en el suelo de mármol. Había intentado convencerme de que debía irme, de que debía regresar a Palamidi y dejar que este nido de víboras se devorara a sí mismo, pero mis pies no obedecían a mi lógica.A pesar de la traición, de descubrir que la mujer que amé bajo el sol de Grecia era en realidad la heredera de la fortuna que mi padre tanto ambicionaba, no podía dejarla sola. No en ese estado. Maya todavía estaba enferma, con la piel ardiendo por una fiebre que parecía querer
(Narrado por Maya)El sonido de la puerta cerrándose tras de Connor todavía resonaba en mis oídos cuando la presencia de mi padre, Rodrigo Novak, llenó la habitación como un gas tóxico. El médico se había retirado por orden suya y el silencio que quedó era tenso, cargado de una violencia latente que yo conocía desde que era una niña. Ya no había testigos. Ya no estaban los Petrova, ni Connor, ni Gabriel. Solo quedábamos el dueño del imperio y su activo más valioso.Rodrigo se acercó al sofá, sus zapatos de cuero italiano resonando contra el mármol con una cadencia que me hacía encoger el estómago. Se detuvo frente a mí, mirándome con una decepción gélida, como







