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Capítulo 1

Autor: Maye Lyn
last update Fecha de publicación: 2025-06-01 21:15:20

María no tuvo tiempo de pensar ni dar una respuesta a esa afirmación. Carlo la agarró del brazo con firmeza, sus dedos clavándose en su piel y la guio hacia la salida, rápidamente ella intentó sujetarse a algo, pero él la sacudió con fuerza, advirtiéndole que era mejor no pelear.

—María, no tienes escapatoria. ¿No escuchaste lo que te dije?

Ella le propinó una cachetada y seguido empezó a gritar con todas sus fuerzas, rogando para que alguien la escuchara, él cubrió su boca con una mano y con la otra la rodeó por la cintura, haciéndola avanza mientras su cuerpo empujaba el de ella, sintió sus dedos morderlo y aquello lo hizo sonreír.

El coche negro que esperaba en la calle. Ella miró alrededor, buscando ayuda, pero la calle estaba vacía, salvo por una figura sombría que los observaba desde la esquina. María quiso gritar, pero la mano de Carlo aún cubría su boca.

—Sube —dijo él, abriendo la puerta del coche con una mano, sin darle tiempo a que ella se lo pensara la empujó dentro, cuidado que su cabeza no se golpeara.

Ella fue empujada en el asiento trasero, y Carlo se acomodó a su lado. El chofer, un hombre corpulento con cara de pocos amigos, arrancó sin decir palabra.

El chofer pasó algo a Carlo y este rodeó con esto la boca de María, seguido ella no podía decir nada, su boca estaba cubierta, pero aún le quedaban las manos y pies.

No sabía mucho de defensa personal, ni tampoco se sentía en la capacidad de poder contra esos dos hombres, lo que sí sabía es que debía evitar a toda costa un secuestro. Empujó con ambas piernas el asiento del piloto y el coche pegó un frenazo que la hizo irse hacia adelante con todo el cuerpo, la mano de Carlo cubrió su cabeza de modo que no se golpeara, fue rápido, pero ella no tenía un agradecimiento para él… solo un golpe.

Pegó un puñetazo en su cara, giró su cuerpo hacia él y con ambas piernas lo empujó hacia la puerta, dándole tiempo a ella de abrir la puerta de su lado, su cuerpo cayó de espaldas hacia fuera y ella se empujó con sus piernas, saliendo del coche, Carlo sujetó sus piernas y tiró de ella, hasta casi meterla de nuevo dentro, maldiciendo en un idioma que ella no entendía, pero sabía que no decía nada agradable.

Él sujetó sus manos. Ella ya no pudo zafarse de ese agarre. El chofer bajó rápidamente y la metió dentro mientras ella pataleaba e intentaba defenderse.

Segundos después sus manos y pies estaban esposados… y ya no tenía como hacer nada.

Ella, temblorosa, giró su rostro hacia él, observando como él se limpiaba el hilo de sangre que ella provocó al golpearlo.

Él sacó un arma y se la puso en la cabeza.

—Te voy a dar dos opciones: Morir aquí mismo… o vivir con la certeza de que tu vida me pertenece desde hoy.

Carlo sostuvo el arma contra su sien unos segundos más, con la respiración tranquila y el control absoluto pintado en el rostro. No necesitaba gritar. Su sola presencia bastaba para dominar el espacio. María, con la boca aún cubierta y las muñecas atadas, se limitó a mirarlo con una furia seca que le ardía en la garganta. No iba a darle el gusto de temblar, aunque su cuerpo no la obedecía del todo.

Él bajó el arma sin apuro. Se limpió el hilo de sangre en la comisura del labio con el dorso de la mano, observándola con esa mezcla de fastidio y diversión que solo tienen los hombres acostumbrados a tomar lo que quieren.

—Sabes pelear —murmuró—. Aunque no creo que eso te ayude mucho ahora.

Se acomodó en el asiento con aire de calma calculada. La tensión que se había acumulado durante el forcejeo aún llenaba el coche, pero él se comportaba como si nada fuera extraordinario. Como si María no estuviera con las muñecas y tobillos esposados, amordazada, con el cuerpo marcado por su agarre y su voz rota por los gritos ahogados.

—Tu padre se acercó a mí hace un año. Estaba acorralado. Tenía deudas con gente que no le perdona ni los buenos días y una ejecución inminente firmada por los Sette Neri. —Carlo hablaba sin mirarla, como si relatara un simple trato de negocios—. Me pidió protección. Un lugar para esconderse, una segunda oportunidad. Y a cambio… me ofreció su lealtad. Pero no bastaba con palabras. Así que ofreció algo que sí tenía valor.

Le lanzó una mirada de soslayo.

—A ti.

María parpadeó, lentamente, mientras el estómago se le vaciaba. La tela en su boca no impidió que se escuchara el suspiro agudo que escapó de su nariz.

—Me dijo que eras obediente, limpia, virgen. Efectivamente lo de virgen no se lo creí, tampoco me llamó demasiado la atención esa parte. Que tenías apellido sin mancha, estudios, apariencia decente. Que podrías ser la mujer perfecta para alguien como yo, si me interesaba consolidar una fachada. Una esposa con nombre respetable para una vida respetablemente falsa.

Carlo se inclinó hacia ella. Bajó un poco el volumen, como si le confiara un secreto.

—Yo no necesito amor. Necesito control. Necesito legitimidad en ciertos círculos. Y una mujer como tú, amarrada a mí por la vía legal, me abrirá puertas.

Hizo una pausa, la miró directamente. Su rostro era puro acero.

—Así que acepté. Le di protección, lo escondí, le ofrecí dinero, un nuevo pasaporte. Y como parte del trato, él robó para mí una pieza valiosa: un cuadro del siglo XVII. No solo por su precio, María. Sino porque esa pintura era la llave para cerrar un trato mucho más grande. Un símbolo para una venta de armas que movería millones.

El tono se endureció, y ahora la tensión se coló de nuevo en el coche como una brisa helada.

—Pero tu padre desapareció. Se llevó el cuadro. Me dejó plantado en medio de una transacción internacional con compradores que no perdonan. Y lo único que dejó atrás fue a ti.

María cerró los ojos un instante. Todo tenía sentido ahora. Su desaparición repentina. Las noches sin llamadas. Las miradas sospechosas de su madre. Su padre no había huido por cobarde… había vendido a su hija como si fuera un objeto de lujo que no necesitaba más.

—No debería importarme. Podría matarte aquí mismo y buscar el cuadro con otros métodos —añadió Carlo, encogiéndose de hombros con desinterés aparente—. Pero tengo principios. Cuando alguien me debe… yo cobro. Y tú eres el único cabo que puedo atar.

La miró otra vez, esta vez más cerca. Ella lo fulminó con la mirada, jadeando por la respiración entrecortada que la tela no lograba contener del todo.

—Voy a quitarte la mordaza cuando lleguemos. Pero si gritas de nuevo, te juro que no me contendré. —La amenaza no era teatral. Tenía el peso seco de alguien que no hablaba por hablar—. No me interesa si estás de acuerdo o no. No necesito tu aprobación. Desde el momento en que tu padre firmó los papeles, desde que desapareció con lo mío… tú pasaste a ser parte de mis bienes pendientes. Y si no puedo tener mi cuadro… me quedaré con la mujer que usó para pagarlo. A menos que quieras morir aquí y ahora.

El coche tomó una curva cerrada. Ya no estaban en la autopista. El paisaje por la ventana se volvió más oscuro, árboles densos y calles secundarias sin alumbrado. María sintió el cambio. No sabría decir si estaban al norte o al sur de la ciudad, pero lo único claro era que ya nadie la iba a escuchar gritar.

Carlo sacó su teléfono, escribió algo rápido, y lo guardó sin mirarla. Luego, con movimientos calculados, sacó una navaja de su chaqueta y cortó la tela que cubría su boca. Lo hizo sin violencia, pero tampoco con cuidado. Solo le quitó el silencio.

María tomó aire con fuerza, como si saliera de debajo del agua. Tosió una vez. Dos. El ardor en la garganta le impedía gritar de nuevo, pero las palabras se amontonaban detrás de los labios.

—Eres un maldito enfermo —escupió al fin, ronca pero entera—. Si crees que me voy a quedar quieta y dejarte jugar a los esposos, estás más jodido de lo que pareces.

Carlo no parpadeó. La miró, simplemente, con la misma tranquilidad con la que se observan las llamas antes de lanzarle gasolina.

—No. No espero que te quedes quieta. Espero que pelees. Me divierte más así. Pero solo hasta que sea divertido. Lo demás se soluciona con una bala. Si la quieres ahora, solo dilo.

Ella intentó incorporarse, pero las esposas la obligaron a torcer el cuerpo de forma inútil. El coche frenó de golpe, y los faros iluminaron una verja enorme de hierro forjado. Al fondo, una mansión de piedra negra, con ventanas cubiertas por cortinas rojas y luces encendidas en los pisos superiores, como si alguien esperara su llegada.

Carlo la miró una última vez antes de bajar del coche.

—Bienvenida a tu nueva casa, María.

Y al abrir la puerta… todo cambió para siempre.

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Comentarios (4)
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Lorena G
Quizás el padre ya se lo vendió a otro.
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Lorena G
Buscan el cuadro entonces.
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Sarah
Resistirse no sirve de mucho
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Último capítulo

  • Propiedad del mafioso    Final

    La nieve había comenzado a caer sobre Lucerna.Era un invierno tímido, de copos pequeños y persistentes. La ciudad tenía ese aire de postal antigua que María —ahora Adele Delacroix— encontraba reconfortante. No recordaba nada antes del hospital, salvo pesadillas vagas y escenas que no lograba ubicar.Tenía una pequeña casa de dos pisos, al borde del lago. Una galería de madera, cortinas blancas, una lámpara junto a la ventana. Vivía de forma austera: enseñaba francés a turistas, escribía cartas a una mujer ficticia que decía ser su hermana, leía novelas en voz alta para los ancianos de una residencia.Y esperaba.No sabía exactamente qué.Quizás que la memoria regresara. O quizás que no lo hiciera.Sus manos, aún delicadas aunque marcadas por antiguas cicatrices, bordaban nombres que no reconocía. A veces, se sorprendía susurrando uno: Carlo.Todo tenía que ver con ese hombre que había desaparecido.No sabía quién era. No sabía si lo había amado o temido.Ahora solo sabía que llevaba

  • Propiedad del mafioso    Capítulo 28

    La muerte de Greco fue solo el principio.Como una serpiente decapitada, su organización se retorció durante un par de días antes de dividirse en múltiples cabezas más pequeñas y aún más venenosas. Las demás familias vieron en el caos una oportunidad. Las calles se tiñeron de sangre.Atentados, incendios, traiciones.Carlo no retrocedió.Si Greco había sido un adversario de cuidado, lo que vino después fue una masacre sin máscaras: viejos aliados traicionaron acuerdos, jóvenes aspirantes quisieron ocupar su lugar, y los cadáveres comenzaron a acumularse en sótanos, canales y autos abandonados.Cada mañana, Carlo salía del hospital sin prometer que volvería vivo.Cada noche, lo hacía.Sus camisas llegaban empapadas de sangre —a veces ajena, a veces propia— y su rostro, antes inquebrantable, mostraba grietas de agotamiento. Pero no se detenía. No podía. La guerra no la había empezado él, pero la terminaría. A su manera.La ciudad temblaba. Y a su paso, Carlo recogía territorios, quemaba

  • Propiedad del mafioso    Capítulo 27

    El sol aún no había salido cuando María abrió los ojos.El monitor a su lado pitaba con regularidad. Una enfermera dormitaba en una silla cerca de la puerta. Y Carlo… Carlo estaba allí, como siempre, en su silla de vigía, los codos en las rodillas, las manos cruzadas delante de los labios, observándola con una mezcla brutal de ansiedad y esperanza.Cuando ella parpadeó por segunda vez, él se enderezó como si algo le hubiera atravesado el pecho. Pero no dijo nada.María parpadeó de nuevo. Sus ojos recorrieron lentamente el techo, luego el suero, después las sábanas, y finalmente se detuvieron en él. Su ceño se frunció con extrañeza. Ladeó un poco la cabeza, confundida, e intentó hablar. Solo un sonido áspero, seco, escapó de sus labios agrietados.—¿María?Ella lo miró sin comprender.—¿Quién es… María?Los labios partidos se movieron apenas. La garganta no emitió palabra alguna.Carlo se incorporó, rodeando la cama con pasos lentos. Se agachó junto a ella, cuidando de no rozarle el cu

  • Propiedad del mafioso    Capítulo 26

    El hospital privado estaba en silencio a las tres de la madrugada. El viento golpeaba los ventanales del ala norte, y el sonido quedaba atrapado en el pasillo blanco como un murmullo lejano.Dentro de la habitación 214, la luz era tenue, azulada, apenas una lámpara encendida en la esquina. El olor a desinfectante cubría todo, aunque todavía se mezclaba con un rastro de humo y hierro traído en la ropa de Carlo.Él estaba sentado en una butaca demasiado pequeña para su cuerpo. El vendaje blanco rodeaba su costado y subía hasta el hombro; debajo, los puntos tiraban como cuchillas cada vez que respiraba. Aun así, no se movía. Sus codos descansaban en las rodillas y las manos entrelazadas sostenían la cabeza inclinada. No había dormido desde que la había sacado del matadero.María yacía en la cama, tan inmóvil que parecía una figura de mármol. El rostro, pálido, estaba atravesado por cortes recientes y moretones violáceos que comenzaban a tornarse verdosos. Los labios partidos, el cabello

  • Propiedad del mafioso    Capítulo 25

    El matadero abandonado se alzaba como una mole de hierro oxidado, con sus viejas tuberías y ganchos de carnicería colgando del techo, convertido ahora en guarida de un imperio sucio. Desde el exterior se oía música baja, vasos chocando, risas contenidas. La guarida de Greco estaba viva y despreocupada.Carlo se agachó tras un contenedor. A su lado, Rocco revisaba el cargador del fusil corto; Matteo, con el maletín de explosivos, parecía una sombra nerviosa. Ninguno habló. No hacía falta. La tensión les corría por la piel como un segundo uniforme.Carlo no era un jefe escondido en un despacho. Había estado en guerras peores. Sabía entrar, destruir y salir. Esa noche no iba como negociador: iba como un hombre a recuperar a su mujer y a enviar un mensaje que toda Sicilia, París y Nápoles leerían.—Entramos en tres frentes —murmuró—. Tú, Rocco, cubres la salida norte. Matteo, las cargas aquí y aquí. Yo entro por el centro. No quiero rehenes. Si la tocan, matamos a todos.Su tono era glaci

  • Propiedad del mafioso    Capítulo 24

    El reloj de pared marcaba las nueve. Carlo estaba sentado en el sillón de cuero, copa de grappa en mano, la chaqueta aún puesta como si no hubiera terminado de desvestirse desde que volvió a casa.No había mensajes, no había llamada.Carlo nunca había sido paciente. Menos aún con una mujer que era suya.El silencio lo consumía.La copa se estrelló contra la chimenea, el cristal se hizo añicos y la bebida se mezcló con la ceniza.—¡Busquen a mi esposa! —rugió, de pie, con la voz que hacía temblar hasta a sus propios hombres.En cuestión de minutos, el salón se llenó de actividad: llamadas, informes, direcciones revisadas. Los Belluzzi no tenían margen para titubeos. Él tampoco.Pasó media hora.Uno de sus hombres entró con la cabeza gacha, sosteniendo un teléfono satelital.—Don Carlo… tenemos noticias.El siciliano se lo arrancó de las manos.—Habla.—Señor, la señora Belluzzi… la vieron interceptada. Una furgoneta negra, tres hombres. La llevaron hacia el sur de la ciudad. Todo apunt

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