INICIAR SESIÓN"Sí, señor," respondió él, volviéndose hacia ella.
Elara enmascaró su sorpresa, forzando su rostro a permanecer como una hoja de hielo. De cerca, el contraste era desconcertante. ¿Cómo había crecido tan rápido aquel niño pequeño y frágil? Ahora era alto, su figura robusta y bien formada bajo la costosa tela de su traje. El tiempo había sido generoso con él, moldeando esos suaves rasgos infantiles en algo peligrosamente atractivo.
El recuerdo de él a los doce años brilló vívidamente en su mente. Doce era la edad del juicio, el año en que el género secundario se manifestaba y determinaba tu valía a los ojos de la República. Tu destino estaba escrito en tus feromonas. Si eras un huérfano criado por la familia Vance, una de las cien almas afortunadas o desafortunadas que acogían cada año, tu única esperanza de supervivencia era emerger como algo útil. Ser un Alfa dominante era renacer; te convertías automáticamente en un Vance, un arma para el estado.
En toda la historia de su linaje, después de su padre, el presidente, Elara era la única que realmente había sorprendido a la nación. No solo se había convertido en una Alfa; había emergido como una dominante. Era una anomalía estadística. La mayoría de las Alfas femeninas eran recesivas, destinadas a aparearse eventualmente con un Alfa masculino dominante para equilibrar su poder. Pero Elara era una depredadora por derecho propio.
Todavía podía escuchar la voz de su padre resonando en los pasillos de mármol el día en que llegaron sus resultados. No había estado orgulloso; había sido práctico.
"Se someterá a cirugía," declaró a su consejo, como si ella no estuviera allí. "Claramente debía ser un niño, pero nació en el cuerpo equivocado. Cuando cumpla dieciocho años, se someterá a cirugía para cambiar su sexo. Se supone que debe ser un hombre. Nadie se apareará jamás con una Alfa femenina dominante. Es un callejón sin salida biológico."
El recuerdo le revolvió el estómago. Esa era la verdadera razón por la que había huido a los dieciocho. Estaba cansada del régimen dictatorial, cansada de ser una sombra tratada como una princesa solo para que le dijeran que su propia identidad era un error que debía corregirse con un escalpelo.
Fue en la noche de su escape planeado que lo encontró.
Había estado arrastrándose por los cuartos de los sirvientes, con sus maletas empacadas, cuando escuchó el sonido. Un niño pequeño, apenas de doce años, estaba acurrucado en un rincón oscuro de los jardines, sollozando. Sus feromonas se filtraban en el aire fresco de la noche: dulces, florales y aterradoramente reconocibles. Estaba llorando profusamente, sus pequeñas manos cubriendo su boca para ahogar los desgarradores gemidos que lo escapaban.
Elara se detuvo, atónita. Sabía lo que significaba ese olor. El niño era un Omega.
Era una sentencia de muerte en esta casa. Su padre despreciaba la "debilidad" de los Omegas. Los Betas eran tolerados como personal, los Alfas eran preparados para el poder, pero un huérfano Omega sería desechado, enviado a los barrios bajos, o peor.
El niño la miró entonces, sus ojos anegados en lágrimas, oliendo la fuerza depredadora de la chica que estaba sobre él.
"Por favor, sálvame..." susurró, su voz quebrándose con un terror que reflejaba el suyo. "Sálvame..."
Ella era una chica a punto de perder su feminidad por la ambición de su padre, y él era un niño a punto de perder su vida por el prejuicio de su padre.
Ahora, ese mismo niño estaba de pie frente a ella tomando órdenes de su padre como si fuera un Alfa.
"Por aquí, Alfa Vance," dijo Silas suavemente mientras señalaba hacia la gran escalera, pero al acercarse para guiar el camino, Elara percibió su aroma. No era el dulce y empalagoso olor de un niño Omega. Era algo más profundo, enmascarado por pesados supresores.
Lo siguió escalera arriba, sus ojos fijos en su espalda ancha.
Entró en su habitación, sus ojos abarcando todo el espacio que había rechazado hace doce años. La habitación era amplia, un museo de una vida que había intentado borrar. Los altos techos estaban adornados con intrincados molduras doradas, y las pesadas cortinas de terciopelo estaban recogidas para revelar las vistas panorámicas de la capital que solía soñar con escapar.
Cada rincón que sus ojos alcanzaban se sentía como un fantasma. Allí estaba su escritorio de caoba donde había escondido sus mapas de viaje, y la estantería seguía alineada con manuales tácticos y libros de historia. El aire estaba denso con su propio aroma, una manta sofocante de nostalgia que hacía que su corazón temblara terriblemente. Se sentía como una intrusa en su propia piel. Sin decir una palabra, se lanzó sobre la enorme cama cubierta de sábanas de seda, la suavidad le resultaba extraña contra su espalda, que se había acostumbrado al colchón de resortes bultosos que había compartido con Greene.
Cerró los ojos, y como si una represa se rompiera, los últimos diez años comenzaron a reproducirse en un bucle cruel y desgarrador.
"¡No eres más que una debilucha!" La voz de su suegra resonaba en su cabeza, aguda y venenosa. "¡No eres más que algo que Greene decidió ayudar! ¿Quién te crees que eres si no una huérfana que Greene está alojando? ¿Por qué siquiera se casó contigo?"
"Lo siento, madre," escuchó su propia voz susurrar en el recuerdo. Sonaba patética. Recordaba cómo se encogía, inclinando el cuello, suprimiendo el fuego Alfa en su sangre hasta que casi la ahogaba. Alguien como ella, que nació para liderar naciones, había pasado una década inclinándose ante seres indignos que no eran aptos para limpiar sus botas.
El recuerdo cambió, volviéndose más frío.
"¡Echémosla de esta casa!" La voz de su cuñada atravesó el aire. "¡Va a dormir en las calles hasta que Greene regrese!"
Elara sintió el empujón fantasma contra sus hombros. Recordó la sensación de sus rodillas golpeando el pavimento mojado, la lluvia cayendo en una noche de luna llena de sangre. Era su celo Alfa, un momento en que su cuerpo era un horno de poder y necesidad y había sido forzada a soportarlo en un callejón oscuro, temblando en el barro, casi muerta de frío mientras su "familia" estaba sentada dentro de la casa que ella había pagado.
Jadeó, sus ojos se abrieron de golpe mientras se giraba en la cama, solo para encontrar a Silas todavía de pie allí, su silueta oscura contra el lujoso papel tapiz, observándola con una expresión inescrutable.
"¿No vas a irte?" le espetó, su voz temblando con los restos de su pesadilla.
"Debo vigilarte," respondió él, su voz firme, sin moverse ni un centímetro de donde estaba cerca de la puerta.
Se sentó, su cabello corto desordenado. "Manda a las sirvientas. No quiero verte. Así que vete."
"Alfa Vance..." comenzó Silas, sus ojos azules bajando por un instante.
"Solo vete. Manda a las sirvientas. Estoy bien," respondió ella, cortante.
Se levantó de la cama y se dirigió hacia el baño, sus pasos silenciosos sobre la alfombra suave. Al abrir las pesadas puertas de mármol, encontró todo relucientemente limpio. Era inquietante; nada había cambiado. El baño era un mar de mármol blanco de Carrara y accesorios dorados, centrado por una bañera hundida que parecía más una pequeña piscina.
Se despojó de su ropa gastada y barata y se sumergió en el baño ya preparado. El agua estaba perfectamente caliente, infusionada con aceites que olían a jazmín y cedro. Se sumergió hasta la barbilla, el calor comenzando a penetrar en sus músculos cansados, acariciando su piel como un amante perdido hace mucho tiempo. No podía creer que el divorcio fuera una forma de despedirse del sufrimiento. ¿Cómo podía comparar una vida en un hogar tan amplio como este con lo que se había dado a sí misma con Greene?
De repente, se levantó y salió de la bañera, su mirada encontrando a Silas mientras caminaba desnuda hacia su propia habitación.
"Necesito que encuentres a alguien para mí, su nombre es Greene."
Las semanas pasaron, y los días se convirtieron en meses.La condena de alto perfil de Calvin, Beatrice y el Primer Ministro Aldric dominó los titulares durante lo que pareció una eternidad. No hubo absolutamente ninguna indulgencia por parte del sistema de justicia estatal; despojados de sus títulos, de sus riquezas y de su blindaje político, fueron conducidos al sector estatal de máxima seguridad junto a los seis ministros corruptos que habían intentado huir por las fronteras.En línea, el discurso público era un implacable y zumbante hormiguero que no se calmó en meses. Millones de comentarios inundaban las redes a diario, analizando primero las monstruosas celdas subterráneas de Calvin, pasando luego a la patética y fatal obsesión de Beatrice y, finalmente, extendiéndose a la podredumbre sistémica dentro de todo el gobierno en general. Los ciudadanos estaban enfurecidos, pero también sumamente despiertos.Reconociendo que los viejos cimientos estaban completamente intoxicados, el
—Y bien, ¿quién crees que ganó? —preguntó Silas, con una sonrisa burlona dibujándose en sus labios mientras miraba directamente a los ojos frenéticos de Calvin—. Aprieta el gatillo. No creo que seas capaz...—¡¡¡Está aquí!!!Un fuerte grito resonó en el pasillo de concreto fuera de la celda, seguido por el golpeteo de botas tácticas.Calvin entró en pánico. Al darse cuenta de que su tiempo se había agotado por completo, se lanzó hacia adelante, intentando agarrar a Silas para usarlo como rehén.Pero Silas era ágil. Era un experimentado comandante militar, acostumbrado a la tortura, al hambre y sumamente consciente de la mecánica de su cuerpo incluso en su estado más débil. Se deslizó con facilidad por debajo del torpe alcance de Calvin, utilizando el propio impulso del hombre en su contra. Silas le enganchó la pierna detrás de la rodilla a Calvin y lo azotó contra el húmedo suelo de piedra.No es que Calvin nunca hubiera sido fuerte, sino que Silas había anhelado este momento durante
No pasó mucho tiempo antes de que la prensa se viera completamente convulsionada por la noticia del envenenamiento de Elara, su embarazo y, luego, la explosiva tendencia que confirmaba que Beatrice era la responsable detrás de todo.Como si eso no fuera suficiente, otra ola devastadora golpeó el panorama mediático: se filtró oficialmente que Elara llevaba en su vientre al bebé de Silas.Silas era el compañero predestinado de Elara. Silas era el mismísimo omega al que Elara había aludido públicamente. De hecho, cada verdad que la prensa necesitaba saber les fue entregada en bandeja de plata.El internet estalló en una absoluta anarquía mientras los ciudadanos y los analistas políticos luchaban por procesar la magnitud del escándalo:@LupineObserver: ESPEREN. ¡¿Así que la Alfa Elara, nuestra futura presidenta, está embarazada del cachorro de un OMEGA?! ¡¿Y ese omega es Silas, el excomandante militar que todos pensaban que era un alfa dominante?! Mi cerebro literalmente está haciendo cor
Beatrice intentó limpiarse las lágrimas que se derramaban por las comisuras de sus ojos. —Ella lo empezó. Elara empezó esto.—¿Empezó qué? —La voz de Vance descendió a un tono grave.—¡Se estaba acostando con mi prometido, con Silas! Le dije que se detuviera, pero se burló de mí. Seguía tentándolo, seguía haciendo cosas para ponerme de los nervios. ¡Le dije que SE DETUVIERA! Pero en lugar de eso, siempre iba a mis espaldas y hacía cosas con Silas.Vance giró lentamente la mirada hacia el Primer Ministro Aldric, quien tragó saliva con dificultad bajo la presión sofocante, mientras su piel se tornaba grisácea.—¿Y por eso envenenaste a mi hija? —preguntó Vance, volviéndose hacia Beatrice, con su imponente postura dominando el espacio—. ¿Por eso envenenaste a la Alfa Elara? ¿A la futura presidenta de este país? ¿Tienes idea de lo grave que es tu delito, Beatrice?—No me importa... —gritó ella, hundiendo las uñas en la mullida alfombra—. Con tal de que aprenda su lección y deje en paz a S
—¿El Primer Ministro Aldric, dices? —Silas saboreó el nombre en su lengua, con una sonrisa abriéndose paso a través de sus labios partidos y sangrantes—. Siempre me pregunté por qué eran tan extrañamente cercanos. ¿Investigaste a los niños huérfanos que sacaron de la casa después de que se confirmó su sexualidad secundaria?—Bueno, tal como sospechabas, Calvin los estaba usando para su propio beneficio personal —respondió Darren—. No quería mencionarte esto todavía, Silas... pero Calvin usó a esos niños para crear un ejército privado.—¿Un ejército privado? —Los ojos de Silas se entrecerraron.—Quién sabe lo que realmente está planeando a estas alturas —mutó Darren con tono sombrío—. Tal como están las cosas, podría estar pensando en un golpe de Estado o algo peor. Nadie sabe qué trama de verdad.Silas sonrió con malicia, y una risa baja y peligrosa vibró en su pecho. Calvin se arrepentiría de haber tocado un solo cabello de su cabeza. Lamentaría profundamente haber creído que podía c
El ala médica privada del palacio se vio sumida en un caos absoluto.—¡Despejen el pasillo! ¡Traigan los monitores de oxígeno ahora! —gritó un jefe médico mientras trasladaban a Elara a toda prisa a través de las puertas dobles en una camilla, con el rostro mortalmente pálido y el sudor pegándole el cabello a la frente.Vance y un tenso y calculador Calvin la siguieron de cerca, escoltados por un pesado destacamento de guardias. El rostro del Presidente era una máscara de severa preocupación y profunda frustración mientras observaba al equipo médico conectar a su hija a una ráfaga de tubos y monitores cardíacos.Tras lo que parecieron horas agonizantes de pruebas y frenéticos susurros amortiguados entre los especialistas, el médico jefe finalmente salió de la unidad de cuidados intensivos, sosteniendo un historial digital. Su rostro era sombrío, desprovisto de cualquier consuelo.Vance dio un paso al frente de inmediato. —¿Qué le ocurre? ¿Por qué se desplomó de esa manera? ¿Es una rea






