INICIAR SESIÓNLa brisa del invierno se hizo presente durante toda la mañana, una condición climática muy codiciada por los vampiros. El conde se encontraba en la sala de estar de la mísera casa de la familia Franco acompañado de su edecán Raymond, un hombre de estatura promedio, cabello negro y ojos de color pardo oscuro que se apreciaban bajo un par de cejas pobladas. Ambos hombres aguardaban, pacientes, arropados por la disminuida intensidad de la única lámpara que no lograba iluminar toda la estancia. El silencio no era inusual. Las palabras quedaban amarradas en un nudo cada vez que la monarquía asesinaba a miembros de su tribu. En el pasado, ya lejano, los inhumanos podían vulnerar la fortaleza del reino y salvar a su gente de la mortandad, pero luego de un tiempo era absurdo incluso fantasear con la posibilidad de hacerlo. La defensa del castillo se había consolidado. No tenían forma de penetrar al coliseo y salir airosos de una misión que se pudiera etiquetar como suicida.
El final de la espera se marcó cuando la dueña de casa se apareció por la sala de estar. Estela era una mujer de cuarenta años de edad, su cabello estaba teñido de gris y en su rostro se bordaban arrugas que la hacían ver un poco más longeva de lo que en realidad era. Estigmas de la vida que no se afanaba por ocultar.
-Lamento la demora. Acompáñenme. –Se disculpó la señora con voz temblorosa. A pesar de tener varios meses relacionándose con los vampiros, Estela no dejaba de temerles. Ambos hombres siguieron a la mujer por un extenso pasillo que los llevó hasta una habitación que no se apreciaba en mejores condiciones que el resto de la sombría morada. Los ojos de los caballeros se posaron sobre una chica, de no más de 16 años de edad, quien estaba acostada sobre su cama. La longeva enferma emitía suaves gemidos de dolor. Sonya padecía de una singular enfermedad desde hace algunos meses y su madre no contaba con los recursos suficientes para cotizar el gasto de su sanación, así que, desesperada, acudió al Conde quien se ofreció a sanarla sin ninguna remuneración a cambio. Era una medida osada, puesto que el régimen de la monarquía penalizaba a cualquier humano que tuviese contacto cercano con un vampiro y no lo reportaba a las autoridades.
-¿Qué le sucede? – Preguntó el conde a la madre de Sonya.
-Ha sentido dolor toda la madrugada. –Informó Estela, a bordo de las lágrimas. El conde tomó una butaca de madera desgastada que encontró en un rincón de la habitación y la acercó hasta un lado de la cama para luego sentarse. Raymond prefirió esperar de pie en una esquina, aparatado. Howard bien sabía lo mucho que a su edecán le disgustaba sus labores desinteresadas hacia los humanos, pero agradecía que aún así pusiese su compañía a disposición. El conde fijó su mirada en la joven quien apenas se podía mover de su postura, agarró su brazo y dejó salir sus afilados colmillos, seguidamente los clavó en la piel de la chica que se removió por breves segundos hasta que el dolor desapareció. La mordida de los vampiros liberaba una sustancia de principio activo, que en pequeñas cantidades actuaba como anestesiante. Si la dosis aumentaba se convertía en el letal veneno que los transformaba. Cuando terminó, el conde sacó de su abrigo un pañuelo y se limpió las pequeñas gotas de sangre que bajaban de su mentón. Después de millones de décadas coexistiendo con los humanos, era fácil controlar su deseo por la sangre. Sólo en situaciones muy excepcionales el conde perdía la cordura.
-Su afección aún no se ha desarrollado. –Comentó el vampiro. Hasta que la enfermedad de Sonya no termine de propagarse, el conde no podía hacer más que sólo aliviar sus síntomas. –Ordenaré a una amiga a que la vigile durante la noche, si no le importa.
-Por supuesto que no. –Dijo agradecida la señora.
Los vampiros abandonaron la morada, Howard, particularmente, con la satisfacción de haber sido de ayuda, una vez más, para la señora Franco y su hija.
-Todavía no termino de comprender el propósito de nuestra raza. –Habló el edecán, mientras ambos caminaban uno junto al otro sin ninguna prisa. –Por qué sanamos a nuestros adversarios, cuando simplemente podemos esperar que su condición de inmortalidad los libre de nuestro paso.
-Esa indefensa adolescente no es nuestra enemiga, tampoco su familia.
- ¿Qué me dices del senil purificador que en más de una ocasión nos amenazó con asesinarnos? También debemos mostrarte misericordia.
-Así es, Raymond. –Articuló el conde, pacifico. No era la primera vez que escuchaba los disgustos y contrariedades de su edecán. –Son sólo súbditos, manipulados a conveniencia de sus amos quienes exterminan la rebeldía para mantener en calma su sistema.
-Ellos deciden a sus amos, así como también eligen creer en lo que ellos dictan. –Dijo Raymond. Howard detuvo su andar y se puso frente a su compañero quien empezaba a mostrarse beligerante.
-Los súbditos son sólo peones que se mueven a donde dicte su rey, y la pequeña minoría que no corresponde a sus mandatos son clasificados como rebeldes. –Explicó con detenimiento Howard. –Los súbditos no son nuestros enemigos, sus líderes sí.
-¿Qué esperamos entonces? Acabemos con la falsa monarquía. –Pronunció Raymond. El conde se carcajeó suavemente y reanudó su andar.
-No te desvíes de nuestros principios. –Aconsejó a su compañero. El actual monarca era intocable hasta que su sucesor tomara las riendas del carruaje. A pesar de haber construido un falso régimen, los súbditos ya daban por sentado sus ordenanzas y no podían destruir lo que los humanos ya creían.
(…)
El santuario de los purificadores estaba colmado de sus más fieles creyentes quienes pronunciaban una plegaria en lengua muerta al unísono. Para los extremistas devotos, los vampiros eran demonios y la única manera de librar a la tierra de su calamidad era devolviéndolos a lugar del que escaparon, el averno.
Con poco más de siete décadas vividas, Cedric Franco era un devoto fiel a los principios del gremio y hubiese deseado que su hija compartiera sus mismos ideales, pero no fue así, aunque lo que más le dolía al anciano hombre era el atrevimiento de su única hija al desafiar sus ideales.
-Que la piedad del Clemente los redime. –Vociferó el prelado para dar por culminada la ceremonia del día. Todos los presentes se levantaron y se acercaron hasta el superior para recibir su bendición, Cedric fue uno de los primeros en hacerlo, luego se marchó del lugar que creía sagrado.
La morada del hombre no quedaba muy lejos del santuario al que asistía. Los desgastes de la edad no le permitían prolongar sus andares. Cruzó el deslucido jardín de la entrada, carente de flores coloridas y vida, hasta llegar a la puerta por la que penetró a su hogar. Esperó que su hija saliera a recibirlo, pero ésta nunca llegó, así que se aproximó a la habitación de su nieta donde tampoco la encontró. La curiosidad lo tomó de la mano sin embargo, Cedric la soltó justificando la ausencia de Estela con una vaga teoría como que tuvo que marcharse al mercado para hacer las compras. Se sentó en la butaca que figuraba a un lado de la cama en la que reposaba Sonya. Ella y su hija eran todo lo que el senil hombre podía presumir. En setenta años de vida, su familia fue lo único bueno que creó. El resto de sus hazañas se basaban en sus creencias extremistas que no dejaron huellas, ni ningún otro rastro firmado a su nombre. Los ojos de Cedric avistaron el brazo derecho de Sonya que se escapaba de la frazada que la cobijaba y no pudo ignorar las marcas que se pronunciaban en su antebrazo. Sus oídos advirtieron el sonar de la puerta principal abriéndose e inmediatamente abandonó la habitación de su nieta para recibir a Estela dominado por un gran enfado.
-Permitiste que esos demonios entrarán otra vez –Le reclamó el anciano a su hija.
-La vida de mi hija me importa más que tus absurdos ideales. –Respondió Estela con serenidad. No era la primera vez que su padre se quejaba por haber enlazado vínculos con los vampiros. Luego de varios meses tratando de apaciguarlo se dio cuenta que Cedric no iba a cambiar su arcaica manera de pensar, ni siquiera al ser consciente que la vida de su nieta estaba en riesgo.
-El día menos pensado esos demonios acabarán con esta familia.
- Sé cuánto los detestas, pero su tratamiento es realmente costoso y está es la única solución que me puede proporcionar. –Dijo Estela. Sabía que la siguiente noticia no le agradaría, pero era peor si lo tomaba por sorpresa. –Esta noche vendrá una amiga del conde para cuidar a Sonya. Te pido, por favor…
-¡Qué! –Se alarmó el longevo hombre. –Perdiste la cabeza por completo. No permitiré que mi nieta pase toda la noche al lado de un demonio chupa sangre.
-Lo lamento, pero no cambiaré mi decisión. –Vociferó con firmeza Estela sellando el final de la discusión. Cedric podía superar los límites de la obstinación con facilidad.
Se encaminó con tenacidad a su propia habitación, sacó de un viejo cajón una hoja de papel en blanco y se propuso a escribir. El purificador era fiel a sus principios y se creía lo suficientemente cuerdo como para cometer una locura.
(…)
La noche llegó acompañada de un ligero vendaval que hacía bailar las hojas de los árboles y vivificaba su propia melodía. Víctor yacía sentado en uno de los muebles de la sala de estar, junto a él estaba Venecia y frente a ellos Debora. Los tres platicaban animadamente sobre temas sociales, aunque los pensamientos del monarca estaban más lejos, que cerca, de la realidad. Los secretos que su conciencia guardaba seguían mortificándolo y la responsabilidad que pesaba sobre la corona no lo hacía más fácil.
-Lamento ser inoportuna, señor –Pronunció una mucama del servicio, luego de una rutinaria reverencia hacia los miembros de la realeza. La joven mujer informó que tenía con ella la correspondencia. Depósito en las manos del monarca los cinco sobres de papel y se encaminó a la salida hasta que la voz de Víctor la hizo volverse.
-Estas cartas son para Don modesto. –Le dijo el monarca, devolviéndole dos de los sobres a la mucama. –Por favor, llévaselas.
-Lo haría con mucho gusto, pero Don modesto se encuentra, ahora mismo, en su dormitorio. –Repuso la empleada.
-Yo las llevaré. –Se ofreció Debora, arrebatando de las manos de su hermano los recados. Don modesto era un hombre reservado y la privacidad de su dormitorio era inmune. Ahí escondía todo lo que en realidad era. Además de él, sólo los hermanos del trono tenían permitido entrar.
Los ojos del monarca acompañaron a su hermana hasta que ésta se perdió en el pasillo. Adoraba verla recompuesta luego de varios días en los que no tenía ni la menor idea de lo que sucedería con ella. Eran momentos que lo llenaban de una ilusoria esperanza. Víctor se dedicó a abrir una carta tras otra, descartando aquellas que no le concernían como comunicados de otras comarcas que lo referían como invitado de honor a algún evento. La última postal logró cautivar su atención y sería el señor Cedric Franco el único que recibiría una respuesta gratificante de parte del monarca y sus vigías.
Un conjunto de escaleras condujeron a Debora hasta la puerta de madera que limitaba el pasillo del interior de la habitación. La golpeó suavemente y aguardó con paciencia, mientras que jugueteaba con los sobres que tenía en las manos. La falta de respuesta que recibió la incitó a tocar nuevamente. Llegó a creer que el hombre a quien buscaba estaba ausente. Sus sospechas se disiparon cuando, por fin, la puerta se abrió con Don modesto asomando sólo su rostro por la pequeña apertura.
-Señorita, ¿puedo ayudarla? –Inquirió con su voz carrasposa y tono de sabiduría.
-Te he traído unas cartas. –Extendió los sobres en dirección del anciano quien se disculpó con la chica y le manifestó que sus manos no estaban en condiciones para recibir su encomienda. Cerró la puerta no sin antes solicitarle que aguardara por unos segundos, Debora así lo hizo. Siempre opinó que era un sujeto intrigante. Recordaba con diversión que la actitud del hombre llegaba a asustarla cuando cursaba su infancia. Advirtió ruidos extraños del otro lado y luego unos pasos que se acercaban a la puerta que en instantes ya veía abierta en su totalidad.
-Lamento mi falta de cortesía. –Habló Don modesto. La menor de los hermanos Rousseau no pudo ignorar que las manos de su compañero estaban húmedas.
-¿Estabas ocupado?
-Practicaba mi pequeño pasa tiempo, no es nada de vida o muerte. –Explicó el hombre. Le permitió a Debora el acceso a su dormitorio con la intención de que dejara las cartas sobre la mesita que figuraba a un lado de su cama. La joven mujer se aproximó hacia el lugar donde le fue indicado y allí depuso los sobres. Al volverse avistó que, en un rincón de la habitación, había una mesa de tamaño medio con varios objetos encima y una pequeña tela negra que, indudablemente, cubría algo. A este grado la curiosidad de Debora ya rebosaba su capacidad.
-¿Es eso lo que hacías? –Cuestionó señalando el espacio, el anciano asintió con la cabeza. La intriga de la mujer manipuló su andar hasta allá. Aún sabiendo que era una mala idea, Don modesto no la frenó. Debora, ya cerca de la mesa, detalló lo que bien podía distinguir como un bisturí de disección, sondas y tijeras, todo era instrumentos típicos de un especialista. Tomó con las puntas de sus dedos una esquina de la tela y despacio fue descubriendo lo que sea que hubiese abajo. La mujer nunca imaginó lo que sus ojos advirtieron: era el cadáver de un ave que estaba bañado en un destiló de color carmesí. El corazón de Debora empezó a latir con vertiginosidad y su respiración se dificultó. Padecía de lo que se conocía como el miedo irracional a la sangre. Inmediatamente soltó el trozo de tela y corrió a la salida sin medir una sola palabra. Don modesto no se inmutó de su posición, sabía cómo reaccionaría la chica, pero no deseo evitarlo. Suponía que la mejor manera de avivar su esencia natural era exponiéndola a todos sus disgustos y los miedos que su padre le había convencido tener.
Don modesto siempre creyó que Víctor no estaba preparado para hacerse cargo del reino, menos arrastrando con él el secreto de Debora, por esa razón se había abstenido de contarle acerca del significado de la herencia de sangre que corría en las venas de su hermana. Insipiente de tal información, creía exagerada la decisión de Debora al querer huir del reino. -Sabemos cómo ocultar está verdad como hasta ahora lo hemos hecho. No tienes por qué irte. -Se afanaba por tranquilizar el rey, viendo desde la entrada a su hermana empacando. -Es más grande de lo que crees, más grande de lo que podemos controlar. -Dijo Debora paseándose toda su habitación, buscando sólo objetos de importancia. -Ellos vendrán por mí. -No permitiré que te lastimen. -Y no querrán hacerlo, te lo aseguro. Es todo lo contrario, me van a veneran. -Escapó de la boca de la mujer. Víctor se vio obligado a acercarse y detener su andanza. -¿Qué quieres decir con eso? -Preguntó confundido. -Yo soy... -Un desgarrador grit
En un parpadeo la tribu había sido invadida por los guardas de la falsa monarquía, comandados por Don modesto. El Conde rescató a cuántos humanos y vampiros bisoños pudo y les ordenó que se marchara lo más lejos posible de la despiadada guerra. Los guardas usaban flechas y balas de plata para asesinar a los vampiros, mientras que ellos usaban sus dotes para reprimir a los soldados que vestían una armadura ordinaria, y fragmentaban las extremidades de aquellos cuya armadura era de plata. Desde la lejanía, Howard veía con desdén su tribu arder en llamas y a algunos vampiros que caían inertes en el suelo. No importaba cuántos siglos pasaran o cuántas guerras presenciara nunca era fácil ver cómo todo lo que él había construido, todo en lo que él creía se desmoronaba pedazo a pedazo. Su mirada tropezó con el hombre longevo que cobardemente guiaba a su tropa. No tardó en descender a su encuentro, dispuesto a asesinarlo. Caminó sigiloso camuflándose entre los arbustos y las sombr
El sol se ocultó cediéndole el paso a una noche fría y pletórica de oscuridad, ni una solitaria estrella brillaba en el cielo, existían razones para que fuera así. Ningún astro quería ser testigo de la guerra que se avecinaba entre especies. En el coliseo no había espectadores sólo el monarca, el verdugo y sus víctimas atadas a pilares como ya era habitual. -¿Dónde se esconde tu raza? –Exigía saber por enésima vez Víctor sin recibir respuesta. Ysnoa mantenía su cabeza agachada, levantándola en algunas ocasiones sólo para ver el revólver que sostenía el verdugo entre sus manso, tantas veces había visto la mortandad, pero nunca antes había visto que usaran un arma ordinaria. Desvió sus ojos carmesí a Kisha quien yacía a un lado, manteniéndole la mirada firme y desafiante al monarca que empezaba a impacientarse, si Kisha sentía temor lo disimulaba bastante bien. –Traté de ser indulgentes con ustedes, pero… -Dijo el monarca haciendo ademanes a dos guardias que se escabullían
Estela caminaba entre lápidas, arropada bajo una esencia lúgubre que no daba tregua a su alma desde la tragedia de su familia, sólo deseaba poder haber sepultado a su hija así como lo hizo con su padre. Se detuvo frente a su tumba con un rostro inexpresivo sintiendo el torbellino de emociones que movía su corazón, a veces la invadía la nostalgia al reconocer el inminente deceso de su padre, el hombre que le dio la vida y que siempre estuvo con ella aún después del abandono de su madre; y al mismo tiempo se manifestaba el odio al recordar que fue aquel señor quien asesinó a su única hija, la razón de su vida. Era una pesadilla que cercenaba hasta el último pedazo de su corazón; y de la que no sabía cómo despertar. -Lamento lo que sucedió con su padre, Estela. –Escuchó la mujer fijándose en el hombre de cabello canoso y frondosa barba que estaba a escasos centímetros de ella. -Conoció a mi padre. ¿Cómo?–Pronunció Estela sin inmutarse de su fría expresión. -Coincidimos en algunas reun
La percepción auditiva de Sonya se había intensificado por lo que las voces y ruidos del exterior la perturbaban aun estando dentro de la cabaña. La bisoña se retorcía en la cama siendo incapaz de entender dónde estaba o qué sucedía. De ahora en más su vida de sería completamente diferente. Su estadía en la tribu se había prolongado, al menos hasta que sea capaz de controlar sus instintos y pueda convivir con humanos sin ponerlos en riesgo. También debía aprender a dominar los infinitos dones que ahora poseía, pero sobre todo necesitaba saber cómo usar su sexto sentido, no era fácil manejar las emociones de los demás. Podía estar triste o feliz, incluso al mismo tiempo, todo dependiendo de los humanos a su alrededor. Aunque lo más trascendental era aceptar su transformación. -Ysnoa, tranquilízate. –Pidió Kisha quien la sostenía evitando que siguiera retorciéndose. La bisoña cubría sus oídos con sus manos en un vago intento por anular el ruido. –Escucha sólo mi voz, Ysnoa. - ¿Por qué
A las afueras de la casa Franco yacía estacionada una manola y en su interior estaban sentados Kisha y Howard, sin mencionar al cochero que se mantenía al margen de la situación. Sonya había solicitado un día para ver a su familia, y aunque el Conde prefería mantenerse lejos del anciano purificador, no podía negarle esa petición. Pasaba su mano sobre la cicatriz que lucía su cuello, una quemadura ocasionada por el colgante que Debora le clavó, mientras recordaba con frustración el cebo que siguió con su fragancia. Si hubiese logrado encontrarla, la hubiese asesinado tan atrozmente que nadie caería engañado en la suposición de un accidente. -¿Por qué la dejaste escapar? –Preguntó Howard, su aliada bajó la mirada a su regazo, nunca antes había desafiado a su líder y el haberlo hecho la llenaba de temor. -No tengo nada que ver en su huída. –Se defendió con talante sumiso. -Le pregunté a Sonya por su colgante y me dijo que tú se lo habías quitado. –Dijo Howard sin recibir reclamos de K