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4 —La inquietud de Verónica

Autor: Alicia Books
last update Fecha de publicación: 2024-12-27 08:42:09

Capítulo 4— La inquietud de Verónica

El bar había quedado en silencio, salvo por el murmullo lejano de la música y el sonido de los vasos chocando en la bandeja de Marta. Pero en la cabeza de Verónica, el eco de la conversación con Emanuel seguía retumbando como un grito mudo, como una herida abierta que se negaba a cerrarse.

No era una charla más. Lo supo desde el momento en que él apoyó los codos en la barra y bajó la mirada.

Había atendido a muchos hombres dolidos, muchos que buscaban ahogar sus penas en alcohol y palabras arrastradas por el whisky. Pero Emanuel Ferreira no era como los demás. Había algo en su historia que la golpeó con una intensidad inesperada, que la dejó inquieta, con un nudo en el estómago que no podía ignorar.

No hablaba como alguien que solo había sido engañado. Hablaba como alguien que estaba a punto de perder algo más grande.

Su hijo.

No era solo el engaño lo que lo destrozaba, sino la traición en su forma más cruel. Verónica lo había visto en sus ojos, en la forma en que apretaba los puños sobre la barra, conteniendo una rabia que amenazaba con devorarlo desde dentro. No le dolía solo la infidelidad, sino la posibilidad de que su hijo estuviera involucrado con la misma mujer que él había amado.

Y peor aún: la culpa de haber sido él quien abrió esa puerta.

Qué clase de mujer hacía algo así.

El desprecio se revolvió en su pecho, encendiéndole la sangre. Sabía que existían mujeres sin escrúpulos, mujeres capaces de destruir sin parpadear, sin remordimientos. Mujeres como la que alguna vez le destrozó la vida a ella, haciéndola sentir que no valía nada.

Mujeres que no seducían por deseo, sino por control.

Y ahora, Emanuel estaba ahí, al borde del abismo.

Verónica había querido decirle algo más, algo que lo hiciera frenar antes de cometer una locura, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Lo único que pudo hacer fue mirarlo, con esa impotencia de saber que algunas heridas no se cierran con frases amables.

Había visto ese mismo brillo peligroso antes.

Solo podía imaginarse el asco que debía sentir, la repulsión al saber que había compartido su vida con alguien capaz de algo tan repugnante. Y lo peor de todo: la culpa de haber permitido que su hijo quedara atrapado en esa red.

Porque Emanuel no hablaba como un hombre engañado. Hablaba como un padre aterrorizado.

Eso era lo que más lo estaba destruyendo.

Verónica lo había visto en su expresión. No era solo dolor; era una crisis de esas que empujan a los hombres a tomar decisiones de las que no hay retorno. Y eso la inquietaba. Porque Emanuel no se veía como alguien que se dejaría vencer.

Se veía como alguien que podía cruzar un límite.

—Verónica, ¿estás bien? —la voz de Marta la sacó de su ensimismamiento.

Verónica parpadeó, sintiendo que sus manos seguían apretando con fuerza el paño húmedo con el que limpiaba la barra.

Lo soltó recién entonces, como si quemara.

—Sí… solo estaba pensando.

Marta la observó con una ceja en alto, pero no insistió. Sabía que cuando Verónica decía “solo estaba pensando”, significaba que algo no estaba cerrado.

Cuando finalmente cerraron el bar, Verónica salió a la calle. El aire fresco de la noche no logró aliviarla. Emanuel se había ido, y con él, algo se había desacomodado.

No podía sacarse de la cabeza la forma en que él había dicho el nombre de su hijo.

Sacó la tarjeta personal de Emanuel del bolsillo del delantal y la sostuvo entre los dedos.

La giró una vez. Luego otra.

Pensó en llamarlo en ese mismo instante.

Pensó en no hacerlo.

Pensó en las consecuencias.

¿Y si estaba dormido?

¿Y si estaba borracho otra vez?

¿Y si no quería hablar?

No.

Verónica tomó una decisión.

Guardó la tarjeta en su bolsillo y sacó su celular.

Marcó un número.

Lo borró.

Volvió a escribir.

El mensaje quedó en la pantalla durante varios segundos antes de enviarlo.

Apretó los labios.

Mañana no iba a preguntarle si estaba bien.

Mañana iba a asegurarse de que no se destruyera solo.

Guardó el celular sin mirar la pantalla.

No porque fuera su responsabilidad, sino porque nadie merecía estar en el lugar en el que Emanuel estaba ahora. Porque él, con esa mirada noble y quebrada, no merecía ser aplastado por alguien sin alma.

Ni cargar solo con una culpa que todavía no sabía si era real.

Y porque, en el fondo, había algo en él que la había tocado de una forma que no podía —ni quería— explicar.

Algo le decía que esa historia recién empezaba.

Y que ella ya estaba dentro.

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Comentarios (2)
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Alicia Books
gracias por leerme
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Elsa
Que espanto de mujer
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