LOGINEl pasillo del ala privada era silencioso, las paredes, de un blanco cálido, estaban adornadas con cuadros caros, neutros, sin rostros y las puertas eran gruesas, de madera se sentía, en cada detalle, la mano de alguien a quien no le gustaba dejar cabos sueltos.
Martin se detuvo frente a una puerta en particular, no tenía ningún adorno, salvo un pequeño oso de peluche colgando del picaporte, con un lazo rosa al cuello, Ava extendió la mano, pero Martin la detuvo un segundo.
—Antes de entrar… —bajó un poco la voz— necesito que entienda algo, el señor Moore… es un hombre que vigila, hay cámaras en casi todas las áreas clave de la mansión, más en la habitación de Amy. — Martin desvió la vista hacia uno de los osos de peluche en una repisa cercana— No se ven, pero están, y es muy probable que él esté observando en este momento.
Ava sintió un leve escalofrío, pero asintió, no era tan diferente al orfanato, pensó, siempre había ojos, aunque no los vieras.
La habitación era amplia, con paredes en tonos suaves, una cama pequeña junto a la ventana, una alfombra mullida, estanterías llenas de muñecas, animales de peluche, bloques de colores, todo ordenado, todo demasiado perfecto se dijo Ava, antes de ver que, en la cama, sentada con la espalda contra el cabezal y las piernas tapadas hasta la cintura, estaba Amy, era más pequeña de lo que Ava había imaginado, tenía el pelo oscuro, algo revuelto, los ojos enormes, oscuros, fijos en ella con una dureza impropia de un niño, con los pómulos marcados, brazos delgados asomando por la manga de la camiseta, “Delgada”, pensó Ava. “Y tan triste.” Lo reconoció como si se mirara en un espejo antiguo, porque la mirada de Amy tenía un nombre, y se llamaba soledad.
Ava se acercó un poco, sin invadir demasiado, no sonrió ampliamente, no alzó la voz con un tono aniñado falso, simplemente… habló.
—Hola, pequeña.
Amy la miró, afilando aún más la mirada, como si evaluara a otro adulto más que iba a decirle qué hacer, y Ava sintió que algo se le removía muy hondo en el pecho, esa expresión no era de rabia, solo era de defensa, mientras desde el marco de la puerta, Martin entró con una bandeja de metal encima de otra más fina de plata, donde había un plato con puré de papas cremoso, trozos de carne al punto, un vaso de jugo, y un pequeño pan, y de inmediato Amy se tensó al verlo, Ava lo noto el cuerpo entero se le puso rígido, como si el simple olor a comida fuera un arma apuntada a su cara.
Ava frunció el ceño y pudo imaginar la escena repetida diez veces, con diez niñeras distintas, voces suplicando “come por favor”, manos acercando cucharadas, quizás una enfermera en el hospital intentando forzar la cuchara contra sus labios, aquello… no estaba bien y se lo hizo saber.
—Gracias, Martin —dijo, tomando la bandeja con ambas manos— Yo me encargo.
El mayordomo la miró con una mezcla de esperanza y miedo.
—Estaré afuera —murmuró, y se retiró, dejando la puerta entornada.
Ava se volvió hacia la niña, aunque no se sentó en la cama, ni le habló de inmediato, solo colocó la bandeja sobre una mesilla baja, a la altura de los ojos de Amy, pero no demasiado cerca de ella, espero a que el aroma al puré y a la carne se esparciera suave por el cuarto.
—Tranquila, pequeña —dijo entonces, con naturalidad— Nadie te va a obligar a comer.
Amy no parpadeó, pero sus manos se aferraron un poco más fuerte a la manta, como sino creyera las palabras de Ava, entonces la mayor se sentó en una silla al lado de la cama, tomó la cuchara y la hundió en el puré, la levantó despacio, dejando que la papa gotease un poco, espesa, cremosa.
—De hecho… —añadió, llevando la cuchara hacia sí, no hacia la niña— creo que lo mejor que podemos hacer aquí, es que tú me cedas tu comida.
Amy frunció apenas el ceño, confundida.
—Después de todo… —prosiguió Ava, abriendo la boca y llevándose la cuchara con deliberada lentitud— hace muchos días que no como bien, y esto se ve… completamente delicioso.
Cerró los ojos al tragar, aunque por desgracia no fingió el hambre; pues Ava tenía de sobra, pero sí exageró un poco el gesto.
—Madre de todos los santos —murmuró, teatral— Esto está… increíble, hay que felicitar al cocinero, o a la cocinera.
En el pasillo, Martin, que observaba desde la rendija de la puerta, palideció, no tanto porque Ava se estuviera comiendo la comida de Amy… sino porque sabía, con la certeza de quien ha visto demasiadas cosas en esa mansión, que su jefe estaba viendo lo mismo, en tiempo real, desde alguna parte, y lo supo en el instante en que, a lo lejos, empezó a escuchar el timbrazo insistente de los teléfonos internos de la mansión, uno, dos, tres teléfonos sonando al unísono, y eso solo podía significar que el señor Moore había visto a la nueva niñera llevarse a la boca la comida de su hija… la va a matar, pensó Martin.
—Oh, por Dios —siguió Ava dentro de la habitación, ajena al coro de timbres— Este trozo de carne… está en su punto justo, y este aroma…
Cortó un pedazo pequeño y lo llevó a la boca, cerrando los ojos de nuevo, exageró un leve suspiro de placer, y sobre la cama, Amy movió apenas la cabeza, sus ojos, que habían permanecido clavados en el rostro de Ava, bajaron lentamente hacia el plato, el puré, la carne, el jugo, y Ava que vio el movimiento, con una calma que no sentía, deslizó la bandeja unos centímetros… más lejos de la niña, casi fuera de su alcance visual, “Los niños son como yo era,” pensó. “Si les dices que algo es suyo, lo rechazan, si creen que se lo estás quitando…” Tomó otro trozo de carne con el tenedor y Amy se incorporó un poco, las sábanas se arrugaron bajo sus manos pequeñas.
—Es mi comida —dijo con voz ronca, como si le costara salir.
El sonido cortó el aire de la habitación y los teléfonos de la mansión dejaron de sonar de golpe, Martin se quedó congelado en el pasillo, con la mano a medio camino hacia el intercomunicador, y la boca entreabierta, mientras que en una oficina de cristal, varios kilómetros más allá, dos monitores mostraban en tiempo real la imagen de la habitación de Amy, uno enmarcaba la cama y parte de la niña, el otro, el ángulo contrario, captaba a la joven niñera sentada con la bandeja.
La mano de Owen, que estaba posada sobre el escritorio, se cerró en puño sobre nada... La voz de Amy, esa vocecita que no escuchaba desde hacía meses, resonó por los altavoces ocultos con una claridad insoportable.
“Es mi comida.”
No recordaba cuándo había sido la última vez que su hija había dicho algo con tanta determinación, en verdad él no lo recordaba, Owen parpadeó, y algo cálido le rodó por la mejilla, aun confuso, se llevó los dedos al rostro y los descubrió húmedos.
Lágrimas, Owen Moore, el hombre del que se decía que tenía el corazón más duro que un diamante, el que decidía vidas y muertes con la misma calma con que elegía rutas de vuelo, estaba llorando frente a una pantalla.
Mientras tanto dentro de la habitación, Ava sostuvo la mirada de Amy.
—Puede que tengas razón —concedió, inclinando un poco la cabeza— Pero si tú no la quieres, no es bueno que se desperdicie.
Hablaba con una suavidad que no era condescendiente, ella no parecía estar negociando con una niña, sino con alguien de su misma edad.
—En el lugar donde me criaron —continuó, acercando el plato un poco, pero sin invadir el espacio de Amy— la comida escaseaba, y se nos enseñaba a comernos todo, o cedérselo a alguien más, en especial… cuando era algo tan delicioso como esto.
Tomó un poquito de puré, apenas, y lo dejó caer de nuevo sobre el plato, y Amy apretó la manta entre sus dedos.
—Aunque pensándolo bien… —murmuró Ava— Creo que comer sola sería de mala educación.
Hubo un silencio breve, y luego, un susurro casi inaudible.
—Mi papá siempre come solo.
La frase flotó en el aire, y Ava sintió un pinchazo directo en el corazón.
—¿Tú no comes con él? —preguntó, fingiendo ignorancia, como si no supiera que el problema central de esa mansión radicaba en que Amy no comía y Amy negó despacio con la cabeza, mirando sus propias rodillas.
—Mi papá no está nunca en la casa —dijo, cada palabra un esfuerzo— Cuando llega… es muy tarde., y a mí me dan la comida más temprano... No me gusta comer sola.
En la oficina, Owen cerró los ojos un segundo, como si alguien le hubiera golpeado en el estómago, y las lágrimas eran ahora más que una corrió por sus mejillas, se acumularon en la línea de la mandíbula y cayeron sobre el escritorio, aunque no se limpió, Owen no se movió, solo escuchó.
—Bueno… —Ava se aclaró la garganta, porque sentía que se le cerraba— creo que eso ya no será un problema.
Amy levantó la vista, desconfiada.
—Si consigo que tu padre me contrate como tu niñera… —prosiguió Ava, apoyando el codo en la cama, acercándose un poco más, a su altura— prometo hacerte compañía, tanto para el almuerzo como para la cena. ¿Tú qué opinas?
Los ojos de la niña se abrieron un poco más, había algo allí que Ava reconoció al instante, esperanza mezclada con miedo, y el deseo de creer… chocado contra el terror a que le mintieran otra vez.
—Si mi papá te contrata… —susurró Amy, con la voz aún ronca— ¿estarás siempre conmigo?
La palabra, siempre, fue como un disparo en el pecho de Ava, porque la vio, y se vio, ese mismo brillo de niña que mira la puerta del orfanato esperando que, por fin, alguien entre preguntando por ella, entonces tragó saliva, y sintió cómo se le humedecían los ojos y, por primera vez desde que entró en la habitación, dejó que un poco de esa emoción se asomara en su rostro.
—Estaré siempre. —respondió, con la voz temblorosa, pero firme.
Y mientras lo decía, supo que en aquella frase estaba reflejado el anhelo que siempre cargo, el deseo de oír a alguien prometerle estar siempre solo para ella.
El primero en ponerse de pie fue Joaco, y en cuanto Joaco se puso de pie, Javier lo comprendió y sostuvo con fuerza la mano de Conall.—Andrea.El nombre de su hija adoptiva salió de sus labios con miedo, mientras que Arthur asintió lentamente.—Y una mierda, ¿quién me asegura que ella realmente es tu nieta?Conall podría haber estado a punto de infartarse nuevamente, al escuchar que Anastasia tendría trillizos, pero ahora la juventud retornaba a él, sentía el fuego recorrerlo al completo, y sentía que era capaz de asesinar a Arthur con sus propias manos antes de permitir que le arrebatasen a su hija, aunque sólo llevaba 5 años con ella, le era más que suficiente para tenerle un verdadero cariño.—Lamentablemente James fue cremado, pero Marcus… Marcus también hijo de James, aunque él no lo sabe. — Dijo Arthur.Tal parecía que aquella noche no solo Owen se había sincerado, y es que Arthur no estaba allí para iniciar una guerra.—¿Qué?preguntó incomodo Javier, con miedo a perder a su h
La noche había caído, los empleados al fin se habían retirado de las instalaciones de Moore S.A, y sólo fue necesario un mensaje, y a los pocos minutos Arthur Jackson ingresó en la compañía, a su lado iba un joven de 19 años, y un grupo de custodios, apenas ingresaron en la sala de juntas, Arthur se presentó.—Señor Owen, es un gusto conocerlo, mi nombre es Arthur soy el líder del clan Jackson, él es Marcus, mi nieto mayor y será quien en un futuro ocupe mi lugar.Owen extendió su mano dando un leve apretón al mayor y luego repitiendo la acción con el menor.—Bueno creo que al señor Javier y al señor Conall los conoce, por lo que creo conveniente presentarle a Joaco Bach, será quien tome mi lugar en un futuro.Aquello no solo era una presentación, era un aviso de sucesiones eso estaba más que claro.—Marcus, quédate afuera con nuestra gente.El joven que tendría unos 19 años al igual que Joaco no protestó, simplemente hizo un asentamiento de cabeza y se retiró, y fue en ese momento en
Cuatro horas después, el avión de Owen aterrizaba nuevamente en Nueva York.Apenas descendió por la escalerilla, ya lo esperaba un automóvil dispuesto por Javier, con un chofer que parecía conocer cada una de las rutinas del imperio Moore.Owen observó el vehículo por un instante antes de subir, ese era, quizás, uno de los costos más irritantes de seguir sosteniendo aquel monstruo empresarial, el tener que separarse de Anastasia, de Amy y de Cameron, aunque fuera por unas horas.Y, por supuesto, le pesaba más de lo que jamás admitiría en voz alta, porque ahora que tenía una familia a la que regresar, y el tiempo lejos de ellos se había vuelto una especie de condena silenciosa, ya no le interesaba mantenerse atado a cada decisión, a cada junta, a cada movimiento del negocio como antes. Si podía dejar los cimientos firmes y las riendas en manos confiables, lo haría. No por debilidad, sino precisamente por amor, porque por primera vez en su vida había comprendido que la verdadera riqueza
Owen y Anastasia apenas habían empezado a hablar de cómo darle la noticia a Amy, cuando el teléfono de Owen sonó con una insistencia que no prometía nada bueno.Al ver el nombre en la pantalla, contestó de inmediato.—Habla.La voz de Javier llegó grave, áspera, cargada de un peso que no necesitaba explicaciones.—Amigo mío, tengo noticias que darte.Owen no perdió la compostura, pero algo en su pecho se tensó de inmediato, aun así, miró de reojo a Anastasia, que seguía en la sala con esa serenidad que sólo ella podía sostener incluso en medio del caos, mientras que él todavía estaba tratando de acomodar la idea de que volvería a ser padre, de hecho, una parte de su mente ya empezaba a preguntarse si esta vez lograría convencer a Anastasia de aceptar ayuda en casa, claro que no porque dudara de ella, sino precisamente porque la amaba demasiado como para verla agotarse al ocuparse de todo ella sola.—Espero que sean buenas noticias —respondió Owen con una media sonrisa— porque yo tambi
Ninguno de los dos habló demasiado durante el camino de vuelta, Owen conducía como si estuviera hecho de vidrio y Anastasia iba en silencio, tratando de procesar todo, mientras que Owen tenía en la cabeza solo una imagen, el parto de Cameron, el caos, la tensión, el miedo, la certeza brutal de que cada nacimiento era una frontera entre la esperanza y el terror…. Y ahora eran tres.Tres bebés, tres veces más riesgo, tres veces más motivos para temblar y cuando entraron en la mansión, Owen no pudo sostenerlo más, y se derrumbó.—No, no, no… —murmuró, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado— Esto no puede ser, esto no puede ser.Anastasia lo siguió con la mirada, alarmada.—Owen...—No puede ser.—Siéntate.—No, no, no...Owen se pasó una mano por la cara, respirando demasiado rápido, mientras que el recuerdo del parto de Cameron se le vino encima sin permiso, la angustia, el miedo, la sensación de no poder hacer nada más que esperar y ahora la sola posibilidad de repetir alg
Cinco años podían parecer poco en la vida de otras personas, pero en la de Owen, habían sido una eternidad hecha de felicidad.Porque cinco años antes, su mundo todavía tenía bordes fríos, silencios demasiado largos y heridas que nadie veía, ahora, en cambio, la mansión respiraba vida, risas pequeñas y pasos corriendo por los pasillos, la voz de niños llamando “mamá” y “papá” con naturalidad absoluta, eso era presencia de hogar.Amy ya tenía diez años, y para Owen eso seguía siendo casi increíble, había crecido frente a sus ojos con una ternura tan suave que a veces lo sorprendía mirarla y descubrir en ella a una niña mucho más segura, más sensible y más suya de lo que jamás imaginó posible, aunque lo más conmovedor para él era otra cosa, y eso era que en todos esos años, Amy nunca había vuelto a mencionar a Dakota, nunca había pedido visitar una tumba, para ella, simplemente no existía en el presente de su vida, porque ante los ojos de Amy su madre era Anastasia, no por obligación, s







