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Capitulo 5 Muros

Autor: L. Alejandra
last update Fecha de publicación: 2025-12-28 09:42:33

—De tu falta de visión, Gárgola. ¡Es de manual! —caminé hacia el borde del muelle, ignorando las señales de peligro—. Quieres construir una fortaleza, no un edificio. Columnas de mármol, techos altos... ¡qué original! Es el diseño de alguien que tiene miedo de que no lo tomen en serio. Es aburrido, es predecible y es, francamente, un desperdicio de este espacio.

—Es un diseño sólido, Casey. Transmite seguridad —respondió él, acercándose a mí.

—Transmite que eres un tipo de treinta y tantos años con el corazón de un contable de ochenta —le espeté, dándome la vuelta para quedar frente a frente—. Mira este lugar, Spencer. Tienes el Támesis justo ahí. Tienes la luz del este golpeando directamente por la mañana. Y tú quieres poner... ¿columnas? Lo que este sitio necesita es transparencia. Necesita que el agua parezca fluir hacia el interior del edificio. Necesita luz, no muros de piedra que digan "manténgase alejado".

Me acerqué a él, invadiendo ese espacio que él protegía con tanta ferocidad. Le puse una mano en el pecho, justo donde ayer había derramado el café. Sentí el latido de su corazón, un poco más rápido de lo que su rostro impasible sugería.

—Te da miedo la luz, ¿verdad? —susurré, dejando que la ironía desapareciera por un momento para dar paso a una percepción más profunda—. Te da miedo que, si construyes algo con ventanas demasiado grandes, la gente pueda ver que dentro de toda esa estructura de acero no hay nada más que un hombre que no sabe cómo divertirse. Tu diseño no tiene carácter porque no te permites tenerlo fuera de tus hojas de cálculo.

Spencer se tensó bajo mi mano. Sus ojos azules se oscurecieron, bajando de mis ojos a mi boca y volviendo a subir con una intensidad que me cortó la respiración. Me sujetó por los antebrazos, no con fuerza, pero con una firmeza que me hizo ser consciente de lo solos que estábamos en ese muelle desierto.

—Te pasas el día burlándote de mí, Donovan. Te burlas de mi ropa, de mi horario, de mi visión... ¿Crees que eres la única persona en este mundo con "alma"? —su voz era un susurro ronco que vibraba en mis oídos—. Quizás mi diseño es cerrado porque el mundo exterior no es tan amable como tú crees. Quizás prefiero la piedra porque la piedra no cambia, no te traiciona y no te pide que seas algo que no eres.

—La piedra también es estéril, Spencer —respondí, sin apartarme—. Y tú estás tan obsesionado con no ser traicionado que te has olvidado de lo que es estar vivo. Mi diseño para este edificio tiene curvas porque la vida no es una línea recta. Tiene vidrio porque la honestidad es más poderosa que el mármol.

Nos quedamos así, bajo la lluvia fina de Londres, en un duelo de voluntades que nada tenía que ver con la arquitectura. Podía sentir la tensión sexual estallando entre nosotros como cables pelados en una tormenta. Estábamos discutiendo sobre vigas y presupuestos, pero en realidad estábamos hablando de las barreras que él levantaba y que yo estaba decidida a derribar.

Él soltó mis brazos de repente, como si se hubiera quemado.

—No voy a cambiar el concepto de la entrada —dijo, recuperando su tono frío y profesional, aunque su respiración seguía siendo algo errática—. Es ineficiente y demasiado caro.

—Es brillante y lo sabes —le grité mientras él caminaba de regreso al coche—. ¡Lo sabes, pero te aterra admitir que una mujer con un casco lleno de pegatinas tiene mejores ideas que todo tu consejo de administración!

Spencer se detuvo junto a la puerta del Bentley y me miró por encima del hombro. Por primera vez, vi una sombra de algo que se parecía a una sonrisa, aunque fue tan rápida que podría haber sido un espejismo.

—Súbete al coche, Donovan. Tienes que redactar el informe de costes de esa "honestidad transparente" que tanto predicas. Y más te vale que los números sean tan buenos como tus insultos.

—Oh, serán mejores, Gárgola —murmuré para mí misma, subiendo al asiento del copiloto—. Mucho mejores.

Mientras nos alejábamos del muelle, el silencio en el coche ya no era incómodo. Era un silencio cargado de promesas y de un peligro que ninguno de los dos quería nombrar. Yo seguía burlándome de sus ideas rígidas y él seguía respondiendo con sarcasmos cortantes, pero ambos sabíamos que la estructura que estábamos construyendo no era solo de acero y cristal. Estábamos construyendo algo que, una vez que terminara de fraguar, no habría forma de demolerlo sin destruirnos a los dos en el proceso

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