LOGINLa luz del amanecer se filtraba suavemente a través de las cortinas de la mansión, tiñendo la habitación de tonos dorados y rosados. Natasha abrió los ojos lentamente, sintiendo que el cansancio le pesaba en los huesos. Había pasado la noche abrazada a Mateo, sin soltarlo ni un momento, como si temiera que, si lo soltaba, él se desmoronaría. Y quizás era verdad. Quizás, si lo soltaba, Mateo se rompería en mil pedazos.Mateo estaba despierto. Lo supo porque su respiración no era la de alguien que duerme. Era la de alguien que ha pasado la noche en vela, con los ojos abiertos y la mente en un torbellino de pensamientos. Natasha se incorporó ligeramente y lo miró. Su rostro estaba marcado por el cansancio, y sus ojos verdes, que normalmente brillaban con fuerza, ahora estaban apagados, llenos de una tristeza que le partía el alma.—Amor —dijo Natasha, con voz suave, acariciando su mejilla—. ¿Cómo te sientes?Mateo la miró, y por un momento, sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no lloró
Natasha condujo como una autómata. Las luces de Miami pasaban a su lado como destellos borrosos, y sus manos, aferradas al volante, temblaban ligeramente. No sabía a dónde iba. No sabía qué iba a decir. Solo sabía que tenía que encontrar a Mateo. Tenía que estar con él. Porque lo amaba. Porque era su familia. Porque, en ese momento, él la necesitaba más que nunca.Llegó a la mansión y estacionó el auto con prisa. Entró corriendo, y el silencio de la casa la golpeó como una ola. No había luces encendidas. No había ruido. Solo el eco de sus pasos en el mármol. Subió las escaleras de dos en dos, y encontró a Mateo en la habitación. Estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos y los hombros temblando. No lloraba. Pero su cuerpo entero parecía estar conteniendo un mar de emociones que amenazaba con ahogarlo.—Mateo —dijo Natasha, con voz suave, acercándose a él—. Amor.Mateo levantó la vista, y en sus ojos vio una mezcla de dolor, rabia y confusión que le partió el
Adam seguía de rodillas en el suelo del estacionamiento, con el rostro bañado en lágrimas y los ojos fijos en la nada. Natasha estaba arrodillada frente a él, sosteniendo sus manos, sintiendo que el corazón se le partía al verlo así. Nunca lo había visto tan roto. Tan vulnerable. Tan humano. El hombre frío, el CEO implacable, el esposo ausente que había conocido años atrás, ya no existía. En su lugar había un hombre destrozado, con el alma en jirones y el corazón hecho pedazos.—Adam —dijo Natasha, con voz suave pero firme—. Tenemos que ir. Tenemos que contarle a Mateo.Adam levantó la vista, y en sus ojos vio una mezcla de miedo y desesperación. Sus ojos verdes, aquellos ojos que alguna vez la habían mirado con amor y luego con indiferencia, ahora brillaban con lágrimas que no podía contener.—No —dijo, con voz quebrada—. No puedo. No puedo decirle esto. No después de todo lo que hemos pasado. No después de todo lo que hemos peleado.—No importa —insistió Natasha, apretando sus manos
Adam, que había estado escuchando en silencio, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las palabras del médico resonaban en su cabeza como un eco. Abandonó a su madre. Su padre biológico lo abandonó. Abandonó a su madre. Recordó a su propio padre. Antonio Sterling. Y entonces su rostro cambio.Se levantó de la silla de un salto. Su rostro estaba pálido, y sus ojos verdes brillaban con una mezcla de incredulidad y miedo.—Adam —dijo Natasha, notando su cambio de expresión—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?Adam no respondió. No podía responder. Las palabras se le atascaban en la garganta. Solo podía mirar a Mateo, y sentir que el mundo se le venía encima. Sentir que la verdad, esa verdad que siempre había estado escondida, por fin salía a la luz.—Adam —insistió Natasha, levantándose también—. ¿Qué pasa? Estás pálido. ¿Qué pasa?Adam la miró, y en sus ojos había una mezcla de emociones que no podía describir. Miedo. Confusión. Dolor. Pero también algo más. Algo que se parecía a la verdad.—
La sala de extracción era pequeña y estéril, con paredes blancas y una camilla en el centro. El aire olía a alcohol y a desinfectante, y el zumbido de las luces fluorescentes llenaba el silencio incómodo. Natasha fue la primera en pasar. Se sentó en la camilla, con las manos temblorosas y el corazón latiéndole con fuerza. La enfermera le tomó el brazo y le buscó la vena. Natasha cerró los ojos, sintiendo el pinchazo de la aguja, y luego el frío del tubo que se llenaba con su sangre.Por favor, pensó, sintiendo que las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos. Por favor, que sea compatible. Por favor, que pueda salvar a mi hijo.—Listo —dijo la enfermera, con una sonrisa amable—. En unos minutos tendremos los resultados.Natasha asintió y se levantó, sintiendo que las piernas le temblaban. Caminó hacia la sala de espera, donde Mateo y Adam la esperaban. Los dos hombres estaban sentados en extremos opuestos, en silencio, con el rostro tenso.—¿Todo bien? —preguntó Mateo, levantándose
El médico los guió por el pasillo hasta una pequeña sala de juntas, lejos de la habitación de Mati. Era un lugar frío, con paredes blancas y una mesa de metal en el centro. El aire olía a desinfectante, y el zumbido de las luces fluorescentes llenaba el silencio incómodo. Los tres se sentaron, con el rostro tenso y el corazón en un puño.Natasha tenía las manos entrelazadas sobre la mesa, y sus dedos temblaban ligeramente. No podía dejar de pensar en Mati. En su carita pálida. En sus ojos cansados. En la forma en que le había dicho "mami, no tarden". Sentía que el corazón se le partía en mil pedazos, y la culpa la carcomía por dentro. ¿Y si hubiera hecho algo antes? ¿Y si hubiera escuchado a Adam? ¿Y si mi terquedad hubiera puesto en peligro a mi hijo?Mateo estaba a su lado, con los brazos cruzados y la mirada fija en el médico. Su mandíbula estaba tensa, y sus puños, escondidos bajo la mesa, estaban apretados con tanta fuerza que los nudillos se le habían blanqueado. La rabia lo con







