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Capítulo 1

Autor: Chelencho
last update Fecha de publicación: 2025-08-12 14:48:37

La noche se derramaba sobre el Hotel Le Ciel como un manto de terciopelo rasgado, y sus luces tenues se reflejaban en los espejos de los pasillos como promesas que nadie había cumplido jamás. Ana corría. El vestido de novia se enredaba entre sus piernas como una cadena de encaje y tul, faro blanco que delataba cada paso. Sus golpes contra las puertas resonaban como tambores de guerra, gritos mudos que nadie respondía. Nadie, hasta que llegó a la habitación 312.

Dentro, Alberto yacía en un mausoleo que él mismo había construido. Un hombre fracturado por un amor que lo había destrozado. Su cuerpo, esculpido antaño por disciplina y ahora castigado por el exceso, reposaba entre botellas vacías que contaban su rendición en silencio. Whisky, tequila, vino: testigos mudos de su intento por ahogar un nombre que se había prohibido pronunciar. Sus ojos, oscuros como pozos sin fondo, se abrieron al oír los golpes, arrancándolo de un sueño inquieto.

—¡Ya voy! —gruñó, voz rasposa por el licor y el desuso.

Se levantó. Los pantalones colgaban flojos de sus caderas, el torso desnudo revelaba una belleza salvaje, erosionada por el tiempo y por sí mismo. Al abrir la puerta, el mundo irrumpió con la fuerza de un huracán.

Ana era un torbellino de tul y terror. El vestido de novia parecía tejido con promesas rotas. Lo miró con ojos desorbitados, el maquillaje corrido formando ríos negros sobre sus mejillas. Sin una palabra, se deslizó dentro y cerró la puerta con un chasquido que sonó a disparo. Alberto, aturdido, apenas alcanzó a balbucear:

—¿Quién eres tú?

—Ayúdame, por favor —susurró ella. Su voz temblaba como una cuerda a punto de romperse. Antes de que él pudiera responder, otro golpe en la puerta los congeló. Ana alzó un dedo tembloroso a sus labios.

—Shh…

Alberto, con el corazón latiéndole como un tambor de guerra, la apartó con suavidad y entreabrió apenas la puerta. Frente a él, un hombre de traje negro y un clavel rojo en el ojal —burla cruel del destino— lo escudriñó con mirada afilada.

—¿Has visto a mi novia? Vestido blanco, cabello revuelto. No puede estar lejos.

Detrás de la puerta, Ana contuvo un sollozo. Sus manos temblaban contra su rostro. El terror la paralizaba, como si el suelo pudiera abrirse y tragársela. Alberto, captando el pánico en sus ojos, mintió con una calma que no sentía.

—La vi correr hacia las escaleras de servicio.

El hombre entrecerró los ojos, sonrisa cortés torcida por desconfianza.

—¿Por ahí?

Sin más palabras, se alejó. Sus pasos resonaron como un veredicto.

Alberto cerró la puerta. Su corazón latía con una mezcla de alivio y duda. ¿Había hecho lo correcto? ¿O acababa de invitar a su propio infierno? Se giró hacia Ana, que emergió de su escondite. El vestido arrugado, los ojos brillantes de gratitud teñida de miedo.

—Gracias —susurró ella—. No sabes lo que significa esto.

—Sal de mi habitación —respondió él, aunque las palabras carecían de fuerza, erosionadas por el peso de sus propios fantasmas.

Ana intentó disculparse, voz titubeante.

—Lo siento por irrumpir en tu… —Se detuvo. Sus ojos captaron el naufragio de botellas, el caos que narraba la ruina de Alberto—. …diversión —terminó, con un hilo de ironía que se deshizo en tristeza.

—No es diversión —gruñó él—. Y no soy un héroe. Solo quiero que te vayas.

Pero Ana no se movió. Sus manos retorcían el tul, sus ojos lo miraron con una intensidad que lo desarmó por completo.

—Necesito tu ropa —dijo, urgente—. Me están buscando. Con este vestido me encontrarán en segundos.

Alberto arqueó una ceja. Un destello de humor amargo cruzó su rostro.

—¿Quieres quitarme los pantalones? —señaló su torso desnudo, músculos definidos bajo la luz tenue.

Ana enrojeció, desviando la mirada.

—¡No! Dios, no —exclamó, atrapada entre vergüenza y desesperación—. Este vestido es un faro.

Él sacudió la cabeza, avergonzado de su propio coqueteo.

—Bromeo —murmuró, suavizando el tono.

Del armario sacó una sudadera gris y pantalones de ejercicio.

—Ponte esto. Ahí —señaló el baño, arrojándole la ropa con un gesto que ocultaba su propia tensión.

Ana tomó las prendas. Sus dedos rozaron los de él un instante. Una chispa eléctrica atravesó el aire viciado.

—Gracias —susurró, y se dirigió al baño, levantando el vestido para no tropezar.

Alberto buscó un trago entre las botellas, desesperado por olvidar. Encontró una de whisky, pero se detuvo. En el reflejo del espejo, la puerta entreabierta del baño dejaba ver los moretones en la espalda baja de Ana: oscuros, crueles, un mapa de violencia que gritaba su verdad. El whisky quedó olvidado en su mano. Aquellos moretones lo cambiaron todo. No era solo una fugitiva. Era una sobreviviente. Y su dolor resonaba como un eco del suyo propio.

Ana salió del baño. La sudadera gris y los pantalones colgaban holgados sobre su figura delgada. Los tenis negros con cordones blancos marcaban su transformación. Frente al espejo, se lavó el rostro; el agua salpicaba como lágrimas de tela.

—Oye —dijo sin girarse—. Unos minutos más y desapareceré. Lo prometo.

Alberto dio un paso hacia ella.

—Yo te ayudo —las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.

Ana se enderezó, sorprendida.

—¿Qué?

Sin responder, él la giró suavemente hacia el espejo, obligándola a enfrentar su propio reflejo: cabello revuelto, rostro limpio, ojos que brillaban con miedo y desafío a la vez.

—Te ayudaré a escapar de él —juró, voz firme—. ¿Cuál es tu nombre?

—Mi nombre es Ana —susurró ella.

Sus miradas se entrelazaron en el cristal, y en ese instante, algo invisible pero irrevocable se rompió entre ellos.

El comienzo de un amor tan intenso que solo podía ser efímero… o eterno.

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