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Capítulo 25

Autor: Chelencho
last update Fecha de publicación: 2026-03-25 12:54:10

El teléfono de Ana vibró sobre la mesa de la sala de Rocío como una serpiente que despierta. El nombre en la pantalla bastó para que el aire se volviera hielo: Diego.

Ana lo miró sin atreverse a contestar. Alberto, todavía de pie en la puerta, dio un paso adelante, pero ella levantó una mano temblorosa.

—Contesta —susurró Rocío, pálida.

La voz de Diego llegó clara, calmada, casi dulce. La misma voz que una vez le había prometido el mundo entero.

—Hola, esposa. Te extraño. Y creo que tu amiguita
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    Seis meses después, el otoño había teñido las calles del centro viejo con un oro viejo y melancólico, como si la ciudad misma supiera que algo importante estaba a punto de suceder.La cafetería Efímero olía a café recién molido, a canela tibia y a esa paz laboriosa que se construye cuando ya no queda nada más que reconstruir. Ana llevaba el delantal negro con el nombre bordado en hilo blanco, el mismo que se ponía cada mañana como una armadura suave. El cabello recogido en una trenza suelta dejaba ver algunas canas prematuras que ya no escondía; eran marcas de supervivencia, no de derrota. Sonreía a los clientes habituales, servía lattes con corazones dibujados en la espuma —a veces torcidos, a veces perfectos— y conversaba sobre libros con las señoras del barrio que ya la llamaban “la de los cuentos tristes que terminan bien”.Pero por las noches, cuando la campanilla dejaba de sonar y el local se quedaba en silencio, el hueco en el pecho seguía ahí: un vacío que ninguna taza de café

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    Ana se quedó de rodillas en el suelo del departamento durante casi una hora después de que la puerta se cerrara.El eco del cerrojo aún vibraba en el aire como un disparo que no termina de morir. Era un sonido pequeño, insignificante, pero dentro de su pecho resonaba como el final de todo. Las flores que Alberto había dejado olvidadas sobre la mesa —las mismas amapolas rojas que él le había regalado una vez bajo la lluvia del puente— empezaban a marchitarse. Sus pétalos caían uno a uno, silenciosos, como lágrimas que ya no necesitaba derramar. Ella las miró sin verlas. El llanto había pasado de sollozos guturales, de esos que arrancan el alma, a un silencio húmedo y pesado, como si hasta las lágrimas se hubieran cansado de luchar.Se levantó al fin, tambaleante, las rodillas marcadas por el frío del piso. Recogió la sudadera gris que aún olía a él —a cuero, a whisky lejano y a esa piel que había sido su refugio— y se la puso sobre el cuerpo desnudo, como si pudiera abrazarlo una vez m

  • Tan efímero como un beso   Capítulo 30

    La puerta del departamento se cerró con un clic suave, casi tímido, como si hasta el aire tuviera miedo de romper el frágil silencio que había quedado entre ellos. Afuera, el sol de la tarde se filtraba por la ventana en rayos dorados que parecían burlarse de la escena: habían ganado. Alberto estaba libre. Y sin embargo, el aire pesaba como plomo, denso de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.Ana dejó las llaves sobre la mesa y se giró hacia él con una sonrisa que aún temblaba de alivio, frágil como cristal recién soplado.—Se acabó —susurró, dando un paso hacia él para abrazarlo—. Por fin podemos…Alberto no se movió. Se quedó de pie en medio de la sala, manos hundidas en los bolsillos, mirada fija en el suelo. La venda del costado se marcaba bajo la camiseta limpia que le habían dado en el juzgado. Parecía más pequeño, más lejano, como si ya hubiera empezado a alejarse antes de pronunciar una sola palabra.—Ana —dijo, y su voz fue una grieta que se abrió en

  • Tan efímero como un beso   Capítulo 29

    Las esposas se cerraron alrededor de las muñecas de Alberto con un chasquido metálico que resonó como una sentencia definitiva. Dos oficiales lo empujaron contra el capó del BMW destrozado mientras las luces rojas y azules pintaban la noche de urgencia y condena. Marina observaba desde las sombras, con esa sonrisa satisfecha que parecía tallada en hielo.—No es justo —susurró Ana, dando un paso adelante, pero un agente la detuvo con suavidad.—Procedimiento, señorita. Está detenido por la pelea en el puente y por violar los términos de su libertad condicional.Alberto giró la cabeza. Sus ojos oscuros encontraron los de ella a través de la distancia. No había miedo en ellos, solo una súplica silenciosa: No me sueltes.—Te espero —articuló Ana sin voz, las lágrimas ya rodando por sus mejillas.Lo metieron en el patrullero. La puerta se cerró con un golpe seco. Y el auto se alejó, llevándose el corazón de Ana con él.Esa noche fue la más larga de su vida.El pasillo de la cárcel olía a h

  • Tan efímero como un beso   Capítulo 28

    La carretera se convirtió en un río de asfalto negro y furia desatada. El BMW rugía como una bestia herida, devorando la línea blanca mientras la camioneta de Diego los perseguía como un lobo rabioso. Las luces de sus faros cortaban la noche, acercándose cada vez más, implacables.Alberto apretaba el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La herida del costado latía con cada curva, un fuego que le subía por las costillas, pero no disminuía la velocidad ni un ápice.—Agárrate fuerte —gruñó, sin apartar los ojos del retrovisor.Ana se sujetó al asiento, el corazón en la garganta. La camioneta ganaba terreno. Un disparo rasgó el aire; la bala rebotó contra el guardafango trasero con un sonido metálico que les heló la sangre.—¡Más rápido! —gritó ella.Alberto sonrió con esa sonrisa peligrosa que solo aparecía cuando todo estaba perdido.—Ahora verás por qué me llaman el rey de las sombras.Dio un volantazo brusco a la derecha, metiéndose por un camino de tierra que apenas

  • Tan efímero como un beso   Capítulo 27

    La carretera se extendía como una cinta negra bajo la luna, infinita y sin testigos. Alberto conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de Ana, como si soltarla equivaliera a perderla para siempre. El BMW devoraba kilómetros en silencio al principio, hasta que ella rompió el hielo con una risa suave, casi incrédula.—¿Sabes qué es lo más loco? —dijo, mirando las estrellas que se colaban por el techo solar—. Que por primera vez en mi vida no estoy huyendo… estoy yendo hacia algo.Alberto la miró de reojo. Una sonrisa cansada pero genuina curvó sus labios.—¿Y hacia qué vas, Ana?—Hacia ti —respondió ella sin dudar—. Hacia un futuro donde no tenga que mirar por encima del hombro.Él soltó una risa baja, ronca, que llenó el auto como una melodía antigua.—Entonces soñemos en voz alta. Yo quiero una casa pequeña, con un taller atrás. Arreglar motos viejas, no correr para escapar. Y tú… ¿qué sueñas tú?Ana se recostó en el asiento, dejando que el viento entrara por la

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