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Capítulo 16

Autor: T.gaitán
last update Fecha de publicación: 2026-05-29 02:12:13

El tintineo de los cubiertos de plata contra la vajilla de porcelana fina era el único sonido que competía con el murmullo de Central Park a través del inmenso ventanal del ático.

Arthur Pendelton masticaba su filete con una lentitud exasperante, como si cada bocado fuera un análisis de riesgo corporativo. A sus setenta años, sus ojos oscuros y hundidos mantenían la misma agudeza con la que había devorado empresas en Wall Street durante décadas.

Carter estaba sentado en la cabecera de la mesa,
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Último capítulo

  • Te salvé Sterling   Agradecimiento.

    Saludos cordiales de su autora favorita T.Gaitán.Primero que nada, quiero agradecer de corazón a todos.A cada persona que se tomó el tiempo de leer mis escritos, a quienes con sus palabras, sus reacciones y su apoyo constante hicieron que volviera a creer en mí.Hubo momentos en los que dudé, en los que sentí que mi voz no era suficiente o que mis ideas no llegarían a nadie.Pero ustedes, con cada lectura, cada comentario y cada mensaje, me recordaron que sí vale la pena seguir soñando, que sí vale la pena escribir desde el alma.Gracias por ayudarme a reencontrarme con mi talento, por darme la confianza que en algún momento creí perdida y por impulsarme a seguir adelante.Cada palabra que han dejado en mis historias ha sido más que un simple comentario ha sido una motivación, una caricia al corazón y una razón más para no rendirme.Ustedes no solo leen, ustedes sienten conmigo, crecen conmigo y hacen que cada historia cobre vida de una manera única.También quiero agradecer profund

  • Te salvé Sterling   Capítulo 63

    El murmullo de la tormenta de nieve contra los inmensos ventanales se transformó en un zumbido blanco, sordo, que terminó por aislar el penthouse del resto del mundo. Por primera vez en meses, el silencio que se instaló en el apartamento no se sentía como la tregua tensa de un tablero de ajedrez, sino como una pausa real. La calidez de la madera clara y el aroma a vainilla que Carter había traído del pasado parecieron ablandar, por fin, las armaduras que nos habían estado asfixiando.Dejamos los abrigos y los trajes de lino tirados en el vestíbulo, como si con ellos estuviéramos despojándonos de los títulos, los rangos y los resentimientos que casi nos destruyen en el Caribe. Carter caminó hacia el gran sofá junto a la chimenea y se sentó, estirando sus piernas largas. Juliet Vance se había marchado en silencio hacia la planta baja de la torre, dejándonos completamente solos.Analía, ajena al frío de Nueva York y a las guerras de sus padres, parpadeaba con pereza desde su manta de lin

  • Te salvé Sterling   Capítulo 62

    El calor húmedo del mediodía de San Juan nos golpeó con la fuerza de un impacto físico en cuanto cruzamos las puertas automáticas de cristal del Hospital Presbiteriano. El aire de la calle apestaba a asfalto caliente, a combustible y a ese salitre denso del Atlántico que ahora se me pegaba a la piel como el remordimiento de una quiebra absoluta. Mis pasos eran torpes, lentos, arrastrados sobre las losas de la acera. Sentía las marcas de los dedos de Carter ardiendo en mis costados bajo la seda de mi blusa, y mis muñecas, liberadas de las ataduras de cuero de la casona, mantenían un latido rítmico y doloroso que me recordaba la rapidez de mi capitulación biológica.A menos de cinco metros de la escalinata de la clínica, la Cadillac Escalade negra de Carter permanecía estacionada con el motor encendido, un bloque de acero obsidiana que bloqueaba el carril de emergencias. Los dos escoltas de Manhattan abrieron las portillas traseras de forma sincrónica, manteniéndose firmes como gárgo

  • Te salvé Sterling   Capítulo 61

    El olor a antiséptico y cloro de la sala de espera del Hospital Presbiteriano del Condado se me pegó a la garganta como un pasivo indeseado. Las luces fluorescentes del techo titilaban con un zumbido sordo que me taladraba las sienes. Me encontraba sentada en un banco de metal galvanizado, con las rodillas pegadas al pecho y las manos cubiertas por los restos de harina que aún quedaban en las mangas de mi sastre de lino azul marino.Carter permanecía a mi lado. Su anatomía alta y musculosa ocupaba la mitad del espacio, con las piernas largas estiradas y una mano grande, cálida y posesiva firmemente apoyada sobre mi nuca, dictando mi inmovilidad. Sus dedos largos presionaban sutilmente mi piel, un recordatorio físico de que, incluso en mitad de un pasillo de emergencias, yo seguía estando bajo su custodia.Las puertas dobles de la entrada principal de la clínica se abrieron con un golpe seco. El tío Luis cruzó el umbral a zancadas violentas, con el traje de sastre de Hato Rey desal

  • Te salvé Sterling   capítulo 60

    Mis dedos temblaban tanto que me costó tres intentos encajar el primer botón de mi blusa de seda blanca. Tenía la piel encendida, sensible al más mínimo roce de la tela, y las marcas rojas de las manos de Carter en mis costados se sentían como un recordatorio físico y violento de mi total capitulación. Me miré en el espejo del tocador colonial, con el labio inferior aún hinchado por sus besos hambrientos y la mirada completamente desprovista de la gélida suficiencia de Wall Street. La Directora Financiera había sido desmantelada; lo único que quedaba en el reflejo era una mujer sumisa al asedio oscuro del apellido Sterling.Carter permanecía de pie junto al ventanal roto, observándome con una fijeza obsesiva y territorial mientras se abrochaba un reloj de pulsera de platino. Su torso desnudo aún reflejaba la adrenalina de la posesión, y sus ojos del azul de su hielo ártico me devoraban con una parsimonia que me oprimió el pecho.—Muévete, Evans —dictó con su habitual voz ronca, una

  • Te salvé Sterling   Capítulo 59

    La rejilla metálica de la panadería de mi padre no cedió. El chasquido seco del cerrojo interior resonó en el callejón de la calle San Justo como una sentencia judicial irrevocable. Golpeé la madera vieja con la palma de la mano, sintiendo que el lino azul marino de mi saco se impregnaba del polvo de los adoquines.—¡Papá! ¡Abre la puerta! —le grité, con la voz quebrada por el cansancio físico de una madrugada que me había devorado las variables—. Tengo a Analía en el cochecito, papá. ¡Déjanos entrar!A través de los cristales opacos de la entrada, la silueta de Víctor Evans se materializó de forma difusa. No se acercó al picaporte. Permaneció estático, a dos metros de distancia, con los brazos cruzados sobre su delantal manchado de harina. Su respiración pesada movía el contorno de sus hombros.—Te vi salir de esa casona colonial, Mila —su voz cruzó la madera con una vibración de absoluta decepción, desprovista de cualquier calor filial—. Vi cómo le seguías el juego al sastre de Ma

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