INICIAR SESIÓNDebajo de la mesa, Eloísa jugueteaba nerviosa con la servilleta, no sabía qué había sido ese beso, no había sido solo un beso.Había sido… una promesa que nadie había dicho en voz alta.Le molestaba que su corazón latiera tan rápido.Le molestaba que quisiera volver a mirarlo.Le molestaba, sobre todo… que no quisiera que terminara la noche.—¿Todo bien, hija? —susurró su madre, inclinándose hacia ella con una sonrisa demasiado inocente para ser real.—Sí… claro… ¿por qué?——Por nada… solo tienes cara de “acabo de besar al amor de mi vida frente a toda mi familia”.—Eloísa casi se atraganta con el agua.—¡Mamá!——¿Qué? Soy una mujer observadora.— respondio su madreLas tías, al otro lado de la mesa, levantaron discretamente los pulgares.El padre carraspeó fuerte.—¿Pasa algo? —preguntó.—Nada —respondieron las cuatro mujeres al mismo tiempo.Sebastián sintió un escalofrío recorrerle la espalda, ese tipo de coordinación femenina… nunca significaba nada bueno.Cuando llegó el postre, la
La tía Clara fue la primera en verlo.Alzó apenas la vista, con ese talento casi sobrenatural que tienen algunas mujeres para detectar oportunidades románticas incluso en medio de una guerra… o de una cena familiar.Sus ojos brillaron.Una sonrisa lenta, peligrosa, comenzó a dibujarse en su rostro.—Oh… miren el muérdago —dijo con una inocencia tan exagerada que resultaba casi artística—. Con razón Omar dijo que tenían que besarse…—El efecto fue inmediato.Como si alguien hubiera presionado un botón invisible,todas las miradas subieron al mismo tiempo por encima de las cabezas de Sebastián y Eloisa.Y sí, ahí estaba, pequeño verde, inofensivo en apariencia, el muérdago, colgado justo donde tenía que estar.Silencio.Un silencio corto…pero cargado de expectativa, curiosidad y esa emoción peligrosa que solo aparece cuando toda una familia presiente que algo importante está por suceder.Omar abrió la boca con entusiasmo.—¡Se tienen que besar! —susurró, aunque lo dijo lo suficientemen
La hora de la cena llegó con la solemnidad de los grandes acontecimientos…y con el peligro silencioso de los planes familiares bien organizados.La mesa estaba servida.Las luces navideñas brillaban con una intensidad sospechosamente romántica.Y el aroma de la comida flotaba en el aire como si intentara distraer a las posibles víctimas.La madre de Eloisa acomodó la última servilleta con una precisión casi militar…y entonces levantó la vista.Buscó a sus hermanas.Seña mínima, casi imperceptible, pero suficiente, las tres tías entendieron de inmediato.Plan en marcha.Sebastián, que en ese momento estaba ayudando a Omar a contar cuántas aceitunas podía robar sin ser descubierto, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.Otra vez.Más fuerte que antes.Miró alrededor con cautela.Todo parecía… normal.Demasiado normal.Eloisa apareció a su lado.—¿Otra vez cara de “presiento mi muerte”? —susurró.—No es mi muerte lo que me preocupa —respondió él en voz baja—. Es algo peor.——¿Qué
La puerta de la cocina se cerró con un clic suave, casi inocente.Pero dentro… la atmósfera cambió de inmediato.Las cuatro mujeres se miraron en silencio durante un segundo solemne, como si estuvieran a punto de iniciar una reunión secreta de altísimo nivel estratégico.La madre de Eloisa tomó aire.—Bien —dijo—. Tenemos poco tiempo y mucho trabajo.—Una de las tías miró el reloj.—¿Cuánto es “poco tiempo”?——La cena de esta noche.—Las tres tías abrieron los ojos al mismo tiempo.—Perfecto, me encantan los desafíos cortos.——Presión navideña, mi especialidad.——¿Ya podemos empezar a manipular emocionalmente a alguien?——Todavía no —respondió la madre—. Primero, lluvia de ideas.—Se acomodaron alrededor de la mesa como generales preparando una batalla.—Objetivo —continuó ella—: que Eloisa y Sebastián avancen en esta relación.——Subobjetivo —añadió una tía—: compromiso formal visible.——Sub-subobjetivo —dijo otra—: boda.——Sub-sub-subobjetivo —susurró la tercera, emocionada—: nietos.
El abuelo Becket seguía mirándose en el reflejo de la ventana como si acabara de descubrir una nueva versión de sí mismo.Se acomodó el pelo —todavía un poco erizado—, giró la cabeza a un lado y luego al otro, evaluando el daño con una seriedad casi científica.—No estoy tan mal —murmuró—. Un poco tostado… pero con carácter.Detrás de él, sin embargo, el reflejo no coincidía del todo.Donde debía estar la imagen tranquila de Sebastián, había otra cosa.Una silueta más alta, con la tunica de la parca, Becket parpadeó una vez… y sonrió.—Ah —dijo en voz bajaSimplemente siguió acomodándose el pelo y le resto importancia al reflejo de Sebastian.—Interesante Navidad —concluyó.En la casa, mientras tanto, el ambiente había vuelto al caos festivo habitual, las tías contaban la historia de la electrocución con versiones cada vez más exageradas.—¡Saltó un metro en el aire!——¡Dos metros!——¡Se le prendió fuego el pantalón!——¡ESO NO PASÓ! —protestó Becket desde la ventana.—Dejalo, queda mej
Después de que Sebastián y Eloisa convencieran a Omar de guardar el secreto, sellado con un juramento solemne al dinosaurio verde y una promesa de helado, Sebastián chasqueó los dedos con discreción. El aire vibró apenas, como cuando una luz parpadea antes de estabilizarse, todo volvió a la normalidad. —Listo —murmuró Sebastián. —Gracias, me acabo de ganar diez canas.— dijo Eloisa El almuerzo transcurrió sin sobresaltos, hubo risas, platos que se pasaban de mano en mano, discusiones innecesarias sobre si la ensalada llevaba demasiada cebolla y el clásico “comé un poco más, estás flaca” dirigido exclusivamente a Eloisa. Sebastián observaba todo con atención, no intervenía demasiado, pero sonreía cuando correspondía, incluso comió. No porque lo necesitara, sino porque era parte del papel. —Come bien, eh —comentó un tío—. Buen muchacho.— Sebastián asintió, serio.—Me esfuerzo.— Terminada la comida, como dictaba una tradición no escrita pero obligatoria, las mujeres se que







