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Capítulo 9

Autor: Leslie g
last update Data de publicação: 2026-03-06 19:42:39

Cerrar la puerta de mi habitación fue como activar el modo pánico.

Apoyé la espalda contra la madera, cerrando los ojos un segundo, respirando hondo como si eso pudiera reorganizar todo lo que acababa de pasar al otro lado del pasillo.

Me había acostado con mi jefe.

Mi jefe.

El mismo hombre que apenas recordaba mi nombre correctamente y que ahora, muy probablemente, estaba decidiendo la forma más elegante de despedirme durante el desayuno.

Perfecto.

La vida realmente estaba superando todas mis expectativas últimamente.

Caminé hasta la cama todavía envuelta en la bata del hotel y me dejé caer, mirando el techo como si en algún punto fuera a darme respuestas. No recordaba cada detalle, solo fragmentos: el vino, su mirada distinta, la forma en que todo dejó de ser lógico.

Solté una risa sin humor.

—Claro… tenía que ser él.

Me incorporé de golpe, pasando las manos por mi cara.

No era solo vergüenza.

Era miedo.

Porque esta vez no se trataba de orgullo ni de un corazón roto. Se trataba de algo mucho más simple… y mucho más grave.

Mi trabajo.

Había perdido mi boda.

Había perdido mis ahorros.

No podía perder eso también.

—Ok —murmuré, levantándome—. Solución. Necesitas una solución.

Me vestí con más rapidez de la habitual, como si arreglar mi apariencia pudiera compensar el desastre absoluto de mis decisiones. Cada botón, cada movimiento, era automático, pero mi mente no dejaba de repetir lo mismo una y otra vez.

No me despida.

No me despida.

No me despida.

Cuando salí de la habitación, el pasillo parecía demasiado tranquilo para lo que estaba en juego. Caminé hacia el restaurante sintiendo cada paso más pesado que el anterior, repasando mentalmente todas las versiones posibles de la conversación.

En ninguna salía bien.

Cuando lo vi, ya estaba sentado.

Impecable.

Tranquilo.

Como si no hubiera pasado nada.

Y eso… fue peor.

Porque si para él no había significado nada… entonces despedirme sería aún más fácil.

Respiré hondo y me acerqué.

—Buenos días, señor.

—Vega —respondió, señalando la silla frente a él—. Siéntese.

Me senté con la espalda demasiado recta, como si la postura pudiera protegerme de lo que venía.

Adrián tomó un sorbo de café antes de hablar, con la misma calma de siempre.

—Creo que debemos aclarar lo ocurrido anoche.

Ahí estaba.

El inicio de mi fin.

—En mi empresa existe una política muy clara respecto a—

—¡No me despida!

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Me incliné sobre la mesa, atrapando su mano entre las mías en un acto de puro pánico.

—Por favor, no me despida —continué sin respirar—. Este trabajo es lo único que tengo ahora mismo. Perdí todos mis ahorros con la boda, en un mes tengo que dejar mi apartamento y si también pierdo el trabajo voy a terminar viviendo en un parque, y no creo que tenga habilidades para eso.

Intentó hablar.

No lo dejé.

—Además, fue un error compartido —seguí—. Yo tampoco tenía planeado acostarme con mi jefe en Bali, no estaba en mi itinerario emocional.

Otra vez intentó interrumpir.

—Y prometo que no volverá a pasar. Ni siquiera lo miraré raro en la oficina. Puedo fingir que usted es una lámpara. Una muy… eficiente.

Fue entonces cuando algo tocó mis labios.

Me quedé quieta.

Muy quieta.

Bajé la mirada.

Pan.

Adrián me estaba callando con pan.

Parpadeé, completamente descolocada, mientras él sostenía la cesta con absoluta calma.

—No sabía que podía hablar tanto —dijo.

Masticé lentamente.

Porque cuando tu jefe te calla con pan… es momento de reevaluar tus decisiones de vida.

—No iba a despedirla —añadió.

Parpadeé.

—¿Qué?

—No iba a despedirla.

Soltó la cesta con tranquilidad.

—Fue un error de ambos.

Mi cerebro necesitó unos segundos para procesarlo.

—Entonces… ¿no estoy despedida?

—No.

El alivio fue inmediato, casi físico.

—¡Gracias! —exclamé, dejando caer los hombros—. Prometo que será como si nada hubiera pasado.

—No —dijo.

Me quedé en silencio.

Algo en su tono cambió.

No era duro.

Pero tampoco era neutral.

—No será como si nada hubiera pasado —añadió, mirándome directamente por primera vez desde que me senté.

Mi respiración se detuvo un segundo.

—¿…Perdón?

Apoyó la taza con calma.

—Lo que ocurrió anoche… no fue profesional. Y no voy a fingir que no tiene consecuencias.

Ahí estaba otra vez.

El control.

Pero ya no era el mismo de siempre, frío y distante, sino uno más consciente, más medido… más personal, como si ahora cada gesto suyo tuviera un peso distinto, como si ya no pudiera separarme del todo de lo que había pasado entre nosotros.

—Entonces… —tragué saliva— ¿qué significa eso?

Sostuvo mi mirada un segundo más.

—Significa que a partir de ahora usted trabajará directamente conmigo durante este viaje.

Fruncí el ceño.

—¿Eso no es… peor?

Una mínima curva apareció en su expresión.

—Probablemente.

Eso no ayudaba.

—Necesito que este trato con el inversionista funcione —continuó—. Y usted es la única persona que puede seguirme el ritmo.

Eso me tomó por sorpresa.

No era un cumplido abierto, no había suavidad en sus palabras, pero tampoco era indiferencia, y en alguien como él… eso significaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Además —añadió—, después de lo ocurrido, no voy a dejar esto en una zona ambigua.

Mi corazón dio un pequeño salto incómodo.

—¿Zona ambigua?

—No soy un hombre que repita errores sin control —dijo—. Pero tampoco soy uno que ignore lo que pasó.

El aire cambió.

Sutil.

Pero lo suficiente.

—Entonces… ¿qué somos ahora? —pregunté antes de poder detenerme.

—Jefe y secretaria por supuesto —respondió finalmente.

Pero no sonó del todo convincente.

No fue la palabra, sino la forma en que la dijo, la manera en que su mirada permaneció fija en mí un segundo más de lo necesario, como si lo que acababa de ocurrir entre nosotros no pudiera borrarse tan fácilmente como él pretendía.

—Y fuera de eso… mantendremos distancia —añadió con calma.

Asentí.

—Claro. Distancia.

—Sin excepciones.

—Sin excepciones —repetí, aunque incluso a mis propios oídos sonó menos firme de lo que debería.

El silencio que siguió no fue cómodo ni neutral, sino denso, cargado de algo que ninguno estaba dispuesto a nombrar. Intenté recuperar algo de control inclinándome ligeramente hacia atrás, buscando aire, espacio, cualquier cosa que me devolviera a terreno seguro, pero en lugar de aliviar la tensión, eso pareció hacerla más evidente, porque él hizo lo contrario.

Se inclinó hacia adelante.

Sin prisa.

Sin duda.

Lo suficiente para que el espacio entre nosotros dejara de ser neutral.

—Clara —dijo en voz baja.

Mi nombre, pronunciado correctamente, se sintió más íntimo de lo que debería.

Lo miré, intentando no reaccionar.

—Si vamos a trabajar juntos estos días… necesito que sea completamente honesta conmigo.

Tragué saliva antes de responder.

—Lo soy.

Su expresión no cambió, pero su mirada sí, como si evaluara cada palabra, cada gesto, como si no terminara de creerme o, peor aún, como si estuviera buscando algo más profundo.

Sus ojos descendieron apenas, rozando mis labios por un instante antes de volver a los míos, demasiado rápido para ser casual, demasiado claro para ignorarlo.

—Entonces dígame… —continuó con una calma que no coincidía con la tensión en el ambiente— ¿se arrepiente?

La pregunta se quedó suspendida entre nosotros.

No había suavidad en ella.

Tampoco escape.

Sentí mi pulso acelerarse, pero no aparté la mirada.

—No.

El silencio que siguió fue más corto, pero más intenso, como si esa respuesta hubiera cambiado algo que ninguno estaba preparado para enfrentar.

Una leve variación cruzó su expresión, casi imperceptible, pero suficiente para que entendiera que mi respuesta no le había resultado indiferente.

—Eso complica las cosas —murmuró.

—Usted dijo que fue un error —respondí, sosteniendo su mirada.

—Lo fue —replicó, pero no había la misma firmeza.

Ni la misma distancia.

—Y aun así… no lo parece.

El aire se volvió más pesado, como si cada palabra abriera un espacio del que ninguno podía retroceder del todo.

—Señor—

—Adrián.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Fuera de la oficina —añadió—, puede llamarme Adrián.

Por un segundo no supe qué decir, porque eso no era un detalle menor, ni un simple cambio de formalidad; era una línea moviéndose, una distancia reduciéndose de una forma que contradecía todo lo que acababa de decir.

—No creo que eso ayude con la distancia —respondí finalmente.

Una leve sonrisa apareció en su rostro, sutil, casi contenida, pero lo suficientemente clara como para cambiar el ritmo de todo.

—No —dijo—, probablemente no.

Se recostó ligeramente en la silla, pero no fue una retirada, sino una pausa calculada, como si necesitara ese espacio para no acercarse más de lo debido.

—Desayune —añadió finalmente—. Tenemos mucho que hacer.

Asentí, pero no me moví de inmediato.

Porque en ese momento ya no se trataba solo de conservar mi trabajo.

Se trataba de algo mucho más complejo, más inestable, algo que no encajaba en ninguna regla ni en ningún plan que yo hubiera tenido antes de llegar a Bali.

Y lo más peligroso de todo…

era que ninguno de los dos parecía realmente interesado en evitarlo.

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