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Capítulo 7: Intoxicada

Autor: Sathara
last update Fecha de publicación: 2025-08-08 11:26:21

TANYA RHODES

Vi acercarse ese par de ojos azules, curiosos y desconfiados, intentó tomarme del brazo, pero apenas su piel rozó la mía, todo explotó dentro de mí. Sentí un escalofrío que me sacudió los músculos. 

La vergüenza me atravesó como un rayo. Quise soltarme, gritarle, pero no tenía fuerzas. Sabía lo que me estaba pasando. Sabía que estaba drogada y que estaba perdiendo el control de mí misma. No tenía sentido seguir negándolo.

No era debilidad. No era estrés. No era ansiedad. Era un maldito efecto químico que me estaba robando el control de mi cuerpo. No quería que él pensara mal de mí. No quería que nadie lo hiciera y, sin embargo, en ese momento, ya no podía seguir fingiendo. No podía hacer esto sola.

Levanté el rostro. Mis ojos debían verse desesperados, húmedos… suplicantes.

—Por favor… —Tragué saliva con dificultad, buscando las palabras indicadas—. ¿Puedes… puedes hacerme un favor?

Su expresión cambió de curiosidad a cautela.

—¿Qué necesitas? —Se hincó ante mí, observándome con atención. Sentí como hundía sus dedos en mi muñeca, buscando mi pulso y al mismo tiempo acelerándolo con su cercanía.

—Creo que… me pusieron algo en la comida, en mi pastel. Me siento muy mal. —Mi voz se quebró, porque me sentía estúpida y desesperada, porque no había nadie que me pudiera ayudar, porque lo único a lo que aspiraba era que este hombre y su padre se apiadaran de mí, sabiendo que no tenían por qué hacerlo—. Solo necesito… un lugar para estar. Solo un rato. No quiero volver a casa así. Por favor.

—¿Está intoxicada? —preguntó el señor en la silla de ruedas, apoyándose sobre sus rodillas para ver mejor la situación, con el ceño fruncido y su boca convertida en una línea recta. En cuanto nuestras miradas se encontraron, noté como entornó los ojos y yo solo traté de sonreírle, buscando algo de piedad.

—No es nada, solo necesito que el malestar pase, me duele mucho, por favor… solo necesito tiempo —supliqué con ojos llorosos. Me sentía como un perro pidiendo un rincón para lamer mis heridas y esperar a que la enfermedad pasara o simplemente acabara conmigo. 

—No lo sé… —respondió el chico de ojos azules, viéndome con desconfianza—. Puede convertirse en un problema para nosotros. Lo mejor sería llevarla al hospital y que se hagan cargo de ella ahí. Llamarán a sus padres y…

—¡No! ¡Por favor! —exclamé aferrándome a su mano—. Por favor, no me hagan eso, no me lleven al hospital. 

De pensar en lo que pasaría se me helaba la sangre. Mi madre no podría ir por mí y mi padrastro… ¡solo Dios qué me haría si seguía con esta droga en mi sistema! Además, no teníamos el dinero suficiente para pagar una posible hospitalización. 

—Por favor, prefiero que me saquen de regreso a la calle y a la lluvia —supliqué con ambas manos apoyadas en la elegante alfombra mientras las lágrimas se me formaban en el párpado inferior.

El silencio se asentó y se volvió cálido. Mientras el chico de ojos azules no parecía muy convencido, su padre mantuvo su vista fija en mí, feroz y al mismo tiempo piadosa. No preguntó más. No me interrogó. Solo asintió con gravedad y dijo:

—Puedes pasar la noche en una de las habitaciones de invitados, mañana por la mañana retomaremos la entrevista —dijo con un suspiro apesadumbrado. 

—¿Estás seguro, papá? —preguntó su hijo aún hincado frente a mí, pellizcando mi mentón para verme con más atención, entornando los ojos como si ya sospechara lo que me estaba pasando en realidad. Eso solo me hizo sonrojar más. 

—Noah, por favor, llévala a la habitación más cómoda y asegúrate de que esté estable —pidió el hombre en la silla de ruedas, con un destello de piedad en los ojos—. Eres doctor, atiéndela.

Conmovida, pero débil, me acerqué casi a gatas hacia el hombre en silla de rueda y tomé sus manos entre las mías, agradecida. Su tacto era cálido, aunque sus manos eran ásperas. Mi cuerpo no se sentía de la misma manera, era como si la droga actuara diferente cuando estaba tan cerca de él. Levanté la mirada para encontrarme con sus ojos grises que por un momento lucieron desconcertados. 

—Gracias… Muchas gracias —susurré casi sin aire, mientras mi corazón se aceleraba, brincando dentro de mi pecho y mis labios hormigueaban, cuando bajé la mirada hacia su boca supe por qué, tenía ganas de besarlo. 

De pronto, Noah me levantó en brazos y me sentí sofocada. Apreté mis manos contra mis costados, abrazándome a mí misma mientras salíamos al pasillo. 

—¡Madre mía! ¿Qué pasó? —preguntó la sirvienta siguiendo a Noah de cerca, mientras que en mi mente no dejaba de darle vueltas a esa mirada profunda y gris del hombre en silla de ruedas. Había algo en él que parecía tan diferente. Una calma gentil envuelta en hierro. 

—Alguien la intoxicó —dijo Noah entrando por fin a una habitación amplia que parecía digna de una princesa. 

— Consíguele algo cómodo para pasar la noche —susurró casi para sí mismo antes de levantar la mirada hacia la sirvienta.

—Sí, señor —respondió la mujer con un leve asentimiento, desapareciendo de nuestras vistas. Cuando Noah regresó su atención hacia mí, posó su mano en mi frente, haciendo que me retorciera, disfrutando su breve tacto, pero también queriendo huir de él.

—Todo estará bien… —dijo con una mirada llena de incertidumbre y el ceño fruncido, como si el rubor de mis mejillas y la manera en la que me retorcía lo estuvieran incomodando. Bajó su mirada por mi cuerpo y su mano siguió el mismo camino hasta que se detuvo sobre mis caderas, quitándola abruptamente como si se hubiera quemado—. Ponte cómoda mientras yo tomo algo de aire. 

Se levantó del borde de la cama sin voltear atrás, dejándome por fin a solas en esa enorme habitación. 

Tiré del cuello de mi blusa, sintiendo que me asfixiaba. El roce de las sábanas, por muy suaves y finas, me molestaba, escocía mi piel. Me levanté de la cama, jadeando. Me quité la chamarra dejándola caer al suelo y me apoyé con ambas manos en la puerta de lo que parecía el baño. Mi cuerpo temblaba como si tuviera frío, aunque en verdad estaba ardiendo. 

Me saqué los zapatos y entré. El mármol me refrescaba y calmaba un poco mis dolencias. 

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