INICIAR SESIÓNAnabell
No debería sentirme así.
No debería importarme que la camisa me quede ajustada cuando debería quedarme enorme, que apenas me cubra los muslos y que cada movimiento me recuerde lo absurdamente fuera de lugar que estoy. Mucho menos debería importarme que el dueño de esta casa sea Gael Thompson, el jugador de hockey que aparece en todas partes, el hombre al que llaman el rey del hielo.
Y, sin embargo, aquí estoy.
Caminando descalza por un pasillo que ya no es mío, con una camiseta ajena pegada a la piel, preguntándome qué demonios debe estar pensando de mí.
Porque seamos honestas: yo no soy el tipo de mujer que suele aparecer en sus fotos.
No soy delgada.
No soy estilizada.
No tengo ese aire perfecto de portada.
Soy grande. De curvas evidentes. De muslos que rozan. De caderas que no pasan desapercibidas. Y ahora mismo estoy en la casa de un hombre famoso, usando solo una camisa suya, como si fuera una escena ridícula sacada de una historia que no me corresponde.
—Esto es patético —murmuro frente al espejo del pasillo.
Sacudo la cabeza. No vine aquí para castigarme. Vine para sobrevivir.
Y para entender qué demonios pasó después de la comida.
Porque Gael se levantó de la mesa como si hubiera recordado algo urgente, algo que no podía esperar, y desapareció en lo que ahora llama su estudio. El estudio de mi padre, aunque prefiero no decirlo en voz alta.
Nada de eso encaja con el hombre que la prensa vende.
Desde el piso superior no llega ningún ruido. Gael está encerrado. Evitándome. O evitándose a sí mismo.
Quiero ir a la cochera a ver las cosas de mi padre, pero no se si debo avisarle, al final decido que si está ocupado mejor no lo interrumpo.
No debería importarme.
Él dijo que podía ver las cosas de mi padre. Dijo que no las había botado. Y ahora que lo pienso, no sé si ese permiso vaya a durar mucho.
La cochera está al fondo, separada de la casa principal por un pasillo estrecho que siempre me pareció más largo de lo que realmente es. Al abrir la puerta, el olor me golpea de inmediato: polvo, madera vieja, metal. Un olor familiar que me aprieta el pecho.
La luz entra en franjas cuando subo la persiana.
Las cajas están ahí. Exactamente donde mi padre las dejó la última vez que reorganizó el lugar. Algunas tienen su letra escrita con marcador negro. Otras están cubiertas con lonas grises.
Me arrodillo frente a la primera caja sin pensar demasiado. Mis dedos tiemblan cuando levanto la tapa.
El reloj está ahí.
Siento el nudo formarse en mi garganta cuándo recuerdo que esto era lo que pensaba darle a Marcelo, cuando creía que seguiamos siendo un equipo….
—Fui una tonta… una ideota que creyó que sería suficiente.
Lo tomo entre las manos y se me nubla la vista.
—Papá… —susurro.—Si estuvieras aquí todo sería distinto.
Recuerdo cómo me decía que no me encogiera, que no pidiera permiso por ocupar espacio. “El mundo es suficientemente grande, Ana. El problema es que a veces la gente se siente incómoda cuando otros no se disculpan por existir.”
Trago saliva.
Saco más cosas. Un cuaderno viejo con anotaciones. Una pluma. Un libro subrayado. Fragmentos de una vida que no se vendieron aunque la casa sí lo hiciera.Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y respiro hondo.
No voy a llorar más hoy.
Cuando termino de revisar las cajas, el cielo ya está más oscuro. Me pongo de pie con el reloj bien guardado en el bolso, como si llevarlo conmigo pudiera protegerlo del mundo.
Regreso a la casa y me detengo al pie de las escaleras.
La puerta del estudio está cerrada.
Dudo.
No voy a tocar. No voy a molestar. No voy a meterme donde no me llaman.
Subo a la habitación de invitados rezando porque mi celular quiera revivir y para mi sorpresa esta vez cuando lo prendo si funciona.
—Al menos una pequeña victoria—me digo.
Me dejo caer sobre la cama. El cansancio me cae encima de golpe. No solo físico. Emocional. Como si el cuerpo recién ahora entendiera todo lo que pasó en los últimos días.
Cierro los ojos y entonces de inmediato escucho el sonido de una llamada entrante y el nombre de Mel.
No dudo un segundo, la tomo.
—¡Mel, por Dios al fin! No sabes lo que me ha pasa…
—Anabell, ¿dónde demonios estás? Dime que estás bien—la desesperación con la que mi amiga me interrumpe que deja callada por unos segundos.
—E-Estoy bien, Mel ¿Qué pasa?
—¿Qué qué pasa? ¡, es que acaso no has entrado a internet!? ¡ESTÁS EN TODAS PARTES!
¿Qué?
—¿De qué hablas? No entiendo nada, ¿dónde se supone que estoy?
El suspiro desesperado llena la línea t un segundo después siento mi celular vibrar antes de que mi amiga me diga:
—Ponme el altavoz y revisa esto… Tu tienes mucho que contarme querida.
Cada vez más confundida hago lo que me dice y voy al chat, pero Dios amado, hubiese preferido no haberlo hecho, porque entonces siento que el mundo se mueve bajo mis piel al ver mi cara en primera plana de al menos una docena de medios.
Pero eso no es lo peor… No. Lo peor son los titulares:
“Nueva conquista del rey del hielo”
“Gael Thompson tiene un nuevo amor y es… nada de lo esperado”
“Cambian los gustos del rey del hielo”
—No…—la palabra sale sola y en grito de mi amiga me trae de regreso.
—Siii, necesito que empieces a hablar, Anabell Granger, porque…
—Mel te llamo luego—la interrumpo y antes de que pueda insultarme cuelgo la llamada.
Ahora mismo debo arreglar esto. Esto no puede estar pasando.
Salgo de la habitación prácticamente corriendo, sin pensar en nada más que en encontrarlo. Subo las escaleras de dos en dos, el teléfono apretado contra la mano, la rabia y el miedo mezclándose en el pecho.
No toco la puerta del estudio.
La abro de golpe.
—¿Qué demonios está pasando?
Gael está de pie, con el teléfono en la mano, el ceño fruncido y el cuerpo tenso como si estuviera a punto de romper algo. Levanta la cabeza de inmediato, furioso.
—¿Se puede saber qué haces? —espeta—. ¿No sabes tocar una maldita puerta?
No me detengo.
Camino directo hacia él y le pongo el celular frente a la cara.
—Explícame esto —digo, con la voz temblando de rabia—. Está por todas partes. Dime ¿Por qué todo el mundo cree que estamos juntos?
Hola hola, bienvenidas a una nueva aventura! antes que nada, sepan que este mes si o si termino la historia de : El regreso de la amante despreciada, solo le quedan unos 3 o 5 caps, pero debido a que tuve que ausentarme tanto tiempo, por mi separación, mi mudanza y demás temas personales, no he podido conectar nuevamente, pero estoy trabajando en ello. Ahora esta historia es mi nuevo respiro, espero que le den una oportunidad, gracias por todo.
AnabellEl sonido del mazo resuena en la sala, seco, firme, definitivo, y por un instante todo se queda suspendido en un silencio que parece más grande que el lugar mismo. Estoy de pie, con la mirada fija al frente, pero no estoy sola. Ya no. Siento la mano de Gael entrelazada con la mía, cálida, firme, sosteniéndome sin necesidad de palabras, y al otro lado Mel aprieta suavemente mi brazo como si temiera que en cualquier momento todo esto pudiera desaparecer. Pero no desaparece. Esta vez no.El juez habla, pero durante unos segundos no logro procesar lo que dice. Mi mente se escapa, como si necesitara recorrer el mismo camino que me trajo hasta aquí para poder entender lo que está a punto de pasar. Recuerdo la primera vez que estuve en una sala como esta, el peso en el pecho, la sensación de estar completamente sola, de que todo ya estaba decidido antes de que yo abriera la boca. Recuerdo el miedo, la humillación, la impotencia. Recuerdo sentir que no importaba lo que hiciera, porque
GaelHay algo extrañamente tranquilo en el silencio antes de que todo empiece.No es el mismo silencio de hace unas semanas. No tiene peso. No asfixia. No está cargado de incertidumbre ni de todo lo que no sabía cómo enfrentar. Este es distinto. Este es… ligero.Como si por fin todo estuviera donde debe estar.Apoyo una caja sobre el suelo y me enderezo, observando el interior del lugar con una mezcla de satisfacción y algo más difícil de describir. Orgullo, tal vez. O alivio.O ambas.Han pasado semanas desde la entrevista.Semanas desde que decidí dejar de huir.Y en ese tiempo… todo se ha movido más rápido de lo que esperaba.La demanda contra John avanza. No como un espectáculo, no como un circo mediático… sino como lo que siempre debió ser: un proceso legal serio, contundente. Las pruebas han salido a la luz poco a poco, y con cada documento, con cada filtración controlada… su imagen se ha desmoronado.Ha perdido contratos.Clientes.Credibilidad.Prácticamente todo.Y por primer
AnabellEl ruido regresa de golpe cuando las cámaras se apagan.Los aplausos, las voces, el movimiento del equipo técnico llenan el espacio, pero todo me llega amortiguado, como si estuviera bajo el agua. No aparto la mirada de él mientras se levanta de su asiento, mientras intercambia un par de palabras con la entrevistadora y agradece con una sonrisa que, aunque leve, es real.Y entonces… me busca.Lo sé en el instante en que sus ojos recorren el estudio hasta encontrarme.Y cuando lo hacen…todo lo demás deja de importar.No espero.Me pongo de pie casi de inmediato y avanzo hacia él, esquivando cables, personas, luces, todo lo que se interpone en el camino, con el corazón latiéndome en la garganta.Cuando llego hasta él, no digo nada.No lo pienso.Solo lo abrazo.Fuerte.Con todo lo que llevo dentro.Siento cómo sus brazos me rodean de inmediato, apretándome contra él como si también lo necesitara, como si ambos estuviéramos descargando en ese gesto todo lo que acaba de pasar.Y
AnabellEl pasillo se siente más largo de lo que debería.Camino a su lado mientras salimos del camerino, con el sonido amortiguado del estudio filtrándose a través de las paredes, mezclándose con el latido constante de mi corazón. No es miedo exactamente… pero tampoco es calma. Es una tensión distinta, más consciente, como si cada paso que damos nos acercara a algo que va a cambiarlo todo.Porque lo va a cambiar.Lo sé.El productor nos intercepta a mitad del pasillo, hablando rápido, con esa energía característica de quien vive en medio del caos organizado de la televisión en vivo.—Gael, en un minuto entramos —dice—. Anabel, puedes ubicarte en la primera fila, lado derecho. Tendrás buena vista desde ahí.Asiento, aunque apenas registro sus palabras completas.Mi atención está en Gael.En la forma en que asiente con la cabeza, en cómo mantiene la postura firme, en cómo responde con seguridad… pero yo lo veo. Veo lo que otros no notarían.La ligera tensión en su mandíbula.La forma en
GaelEl silencio del camerino no es tranquilo.Es denso.Pesado.Como si el aire mismo supiera que lo que va a pasar después de que esa puerta se abra… no tiene marcha atrás.Estoy sentado frente al espejo, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, mirando mi reflejo sin verlo realmente. La pantalla del televisor en la pared está encendida, pero en volumen bajo, mostrando el programa en el que en cuestión de minutos voy a salir… a decir todo.Todo.Respiro hondo.Y el aire no es suficiente.Hoy es el día.Después de semanas de ruido, de rumores, de titulares que han dicho más de mí de lo que yo mismo he dicho jamás… hoy voy a hablar. Hoy voy a ponerle voz a lo que otros han manipulado a su conveniencia.La entrevista no fue fácil de concretar. No porque no quisiera hacerla. Sino porque sabía lo que implicaba.La esposa de Josh aceptó desde el principio, pero dejó algo claro: no iba a ser un espectáculo armado. Quería la verdad. Quería que yo confiara en ella par
AnbellNo pensé que volvería a sentarme frente a un abogado por esto.Mientras observo la carpeta que tengo entre las manos, con todos los documentos que durante meses evité mirar siquiera, siento cómo algo se remueve en mi interior con una mezcla incómoda de nervios y determinación. No es solo un trámite. No es solo una reunión. Es… enfrentar algo que durante mucho tiempo decidí enterrar.Y ahora estoy aquí.De nuevo.Pero esta vez… no huyo.Levanto la mirada cuando Gael se inclina ligeramente hacia mí, apoyando su mano sobre la mía con una firmeza que no es invasiva, pero sí suficiente para hacerme sentir acompañada.—¿Estás bien? —pregunta en voz baja.Asiento.Aunque no del todo.Aunque una parte de mí sigue temblando.—Sí… —respondo, dejando salir el aire con lentitud—. Solo… es raro volver a esto.Él no suelta mi mano.Y eso… me da más estabilidad de la que quiero admitir.Cuando la puerta del despacho se abre, el abogado nos invita a pasar con una sonrisa profesional que no log







