LOGINCaminamos un rato por el centro comercial hasta llegar a un pequeño restaurante de comida italiana. El lugar es acogedor: mesas redondas con manteles de cuadros blancos y rojos, un florero de cristal con una flor amarilla en el centro y paredes rojas decoradas con pósters de pizzas que le dan un aire casero.
Nos sentamos sin siquiera revisar el menú; ambas pedimos ravioles y refrescos, como si fuera un ritual aprendido de memoria.
Cuando nuestros padres vivían, solíamos ir una vez al mes a un restaurante italiano. Danae y yo siempre pedíamos raviolis. Mi padre nos llamaba las “niñas raviolas” y se reía de su propio chiste. Después de que ellos fallecieron, dejamos de hacerlo tan seguido, aunque a veces los cocinamos en casa para sentirnos un poco más cerca de ellos.
—¿Estás emocionada por tu salida con Cristian? —pregunta en cuanto empezamos a comer.
—No voy a negar que sigue siendo muy guapo —admito—, pero me sorprende que no esté casado. Siempre tuvo mucha suerte con las mujeres.
—Tal vez no ha encontrado al amor de su vida —se ríe—. Hasta ahora, claro.
Su entusiasmo me provoca una sonrisa. Le hace ilusión que salga con alguien, como si fuera una victoria personal.
—Tampoco es que nunca haya tenido citas —digo, llevándome un ravioli a la boca.
Danae me mira levantando las cejas, con ese gesto que usa cuando está a punto de burlarse de mí.
—Tomar un café en nuestra cafetería con algún chico no cuenta como cita —detiene el tenedor antes de llegar a su boca—. Además, los dejabas solos mientras ibas a atender clientes. Por eso ninguno te invitó a salir después —asegura antes de saborear su bocado.
—Puede ser —concedo.
—Leah, a veces pienso que eres una anciana atrapada en el cuerpo de una mujer joven.
Me encojo de hombros. No puedo contradecirla; a veces yo también me siento así.
—Por cierto —digo, limpiándome los labios con una servilleta—, tengo que agradecerte por invitar a Yeimi a la boda. Tenía muchas ganas de verla.
—Siempre haces todo por ayudarme y complacerme. Esta vez quería darte una sorpresa —responde sin dejar de comer.
—Fue una sorpresa muy grata.
—¿Yeimi no tiene hijos? —pregunta mientras bebe un sorbo de refresco.
—No lo sé, no le pregunté. Estaba tan emocionada por verla que se me pasó.
Me siento un poco avergonzada. Ella se tomó el tiempo de preguntar por mí y yo olvidé algo tan importante.
—Su esposo es muy guapo —comenta Danae, sacándome de mis pensamientos.
—Es que ella también es hermosa —declaro—. Siempre lo ha sido.
Terminamos de comer y salimos del restaurante. Ya es algo tarde, así que aceleramos el paso para regresar pronto a la librería. Ahí quedé de verme con Cristian y, aunque esté cerrada, sé que Danae se sentirá más cómoda ahí que en la casa, parece que para ella también es un refugio.
—Mientras tú te das una ducha, yo preparo todo para maquillarte —anuncia Danae, subiendo las escaleras hacia el apartamento.
—Primero voy a llamar a Natty. No quiero que te quedes sola.
—Leah, ya no soy una niña. Puedo cuidarme —refuta, exasperada.
Vuelvo a marcarle a Natty, pero no contesta. Debí llamarle más temprano para pedirle que se quedara con Danae. Ahora me siento culpable por haber pasado por alto algo tan importante.
Subo y voy directo al baño. Me meto a la ducha y me aplico una crema exfoliante para dejar la piel más suave. Tener tanto tiempo sin una cita formal me pone nerviosa, aunque también me emociona. Cristian siempre ha sido de esos hombres que atraen miradas… y yo no soy la excepción.
Cuando salgo, encuentro la ropa perfectamente acomodada sobre la cama. Incluso escogió un conjunto de ropa interior bonito. Me siento en el borde de la cama y suspiro. ¿Por qué tengo esta sensación extraña en el estómago? Tal vez no debí aceptar la invitación de Cristian. Tengo demasiadas cosas pendientes: dejar lista la cafetería para el lunes, preparar espacio para los libros nuevos que llegan, reorganizar las estanterías… Mi mente empieza a girar como un carrusel descontrolado.
—¿Aún no te cambias? —cuestiona Danae entrando con su bolsa de maquillaje.
Respiro hondo y empiezo a vestirme. Ella seca mi cabello con cuidado y luego hace unas ondas suaves. Después me maquilla de forma sencilla, resaltando mis ojos, que parecen más oscuros por el color del enterizo.
—¡Ya estás lista! —exclama orgullosa.
Me miro en el espejo y me sorprende el resultado. No soy la Leah de todos los días. Incluso mis mejillas están sonrojadas… por los nervios, claro.
—Gracias, pequeña —le digo, dándole un beso en la frente.
Bajamos a la cafetería para esperar a Cristian. Es algo tarde y con los locales cercanos a punto de cerrar, las calles están casi vacías.
—Natty no me contestó —le digo, preocupada—. Si algo se ofrece, me llamas, por favor.
—No se va a ofrecer nada —rueda los ojos—. Mejor disfruta la velada, te estaré esperando ansiosa para que me cuentes todo.
En ese momento, un coche deportivo se detiene frente a la cafetería. Es moderno, brillante, opulente. La puerta se abre y Cristian baja. Lleva un traje azul marino y lentes oscuros. Parece salido de una telenovela y por supuesto, es el protagonista.
—¡Se ve tan guapo! —suspira Danae, con las mejillas encendidas—. Pero ya no hay sol para que traiga lentes.
—Danae —la regaño, pero sonrío ya que tiene razón.
Estoy por salir cuando mi teléfono vibra. Es Natty devolviendo la llamada.
—Hola, Leah, ¿me marcaste?
—Natty, sí, qué bueno que me devuelves la llamada —respiro aliviada—. Voy a salir con el hermano de mi amiga Yeimi y…
—Pero qué excelente noticia —me interrumpe—. Por fin, hija.
—Natty, no quiero que Danae se quede sola.
—No te preocupes, ya voy para allá, estaba pensando en pasar para ayudarlas a dejar todo listo para el lunes.
—Gracias, Natty.
—Nada que agradecer —se ríe—. Disfruta tu cita.
Colgamos y guardo el teléfono en mi bolso.
—Natty viene en camino —le informo a Danae.
—Perfecto, me pondré a practicar con ella mis maquillajes —sonríe—. Ahora ve, que te están esperando —señala la puerta con una sonrisa cómplice.
Le doy un beso y respiro hondo antes de acercarme a la puerta. Mis nervios me regresan varios años atrás, cuando Cristian era el sueño de todas mis compañeras y suspirábamos solo con verlo pasar, imaginando que algún día nos haría caso.
Abro la puerta y él me sonríe.
—Te ves muy guapa —me halaga, dándome un beso en la mejilla.
—Gracias —respondo, sintiendo cómo la voz se me quiebra un poco.
Cristian siempre me ha impuesto; saber que es abogado me hace imaginarlo como alguien serio, inalcanzable y seguro de sí mismo.
Me abre la puerta del coche y, al subir, me sorprende el interior: asientos de piel, impecables, con ese olor a nuevo que todavía flota en el aire. Él se sienta, enciende el motor y sonríe con orgullo.
—Es mi última adquisición —comenta, con entusiasmo.
—Es muy bonito —asiento.
—Tengo muy buenos gustos —bromea, riéndose.
—Ya veo —continúo con su broma.
La familia de Cristian siempre ha tenido una buena posición económica. Al verlo tan elegante, en ese coche tan moderno, me siento un poco cohibida, como si yo perteneciera a un mundo más sencillo.
—¿Te parece si vamos a un concierto de ópera? —pregunta mientras conduce.
—Claro —respondo, aunque mi voz suena nerviosa.
Nunca he ido a la ópera, solo espero que sea una buena experiencia.
—¿Tienes novio? —interroga de pronto.
—No —contesto, sorprendida ante su pregunta—. Si tuviera novio, no habría aceptado tu invitación.
—Tienes razón —asevera—. Solo me sorprende que sigas soltera.
—Yo podría decir lo mismo de ti —replico.
—Para ser sincero, dedico demasiado tiempo al trabajo —confiesa—. A la mayoría de mis parejas no les agrada eso, creo que sienten que las dejo en un segundo plano.
Su comentario me resulta familiar, casi como si hablara de mí.
—Te entiendo —afirmo—. Yo me he dedicado a mis hermanas y a la librería desde que fallecieron mis padres. No me he dado tiempo para mí.
Llegamos a un teatro muy reconocido en Nashville, aquí se presentan artistas de todo el mundo. Siempre quise venir a ver a Beyoncé cuando era más joven, pero conseguir boletos era imposible, sin decir que eran demasiado caros.
Cristian deja el coche con el valet parking y me toma de la mano para entrar.
Recuerdo una ocasión en la universidad, cuando me ayudó a bajar un escalón muy alto y sentí una electricidad recorrerme el cuerpo. Ahora, extrañamente, no siento nada o serán mis nervios los que me tienen bloqueada.
Entramos al teatro y me impresiona ver a tantas personas tan elegantes; parece que la crema y nata de Nashville decidió reunirse esta noche en el mismo lugar.
De pronto entiendo por qué Danae insistía tanto en un vestido más formal. Cristian pudo haberme dicho sus planes… ahora me siento un poco fuera de lugar, además de que todas las miradas se posan en mí, mirándome como si fuera un bicho raro, y es probable, Cristian lleva un traje que parece hecho a su medida y yo… suspiro resignada.
Toma dos copas y me ofrece una.
—Es champagne —explica antes de beber.
Doy un sorbo. Las burbujas explotan en mi boca de una forma extraña, aunque agradable. Es la primera vez que lo pruebo; en la boda compramos champagne para brindar y ni siquiera tuve oportunidad de probarla.
Anuncian que el concierto está por comenzar. Dejamos las copas y entramos. El teatro es impresionante: elegante, majestuoso, con tres pisos de palcos ocupados por familias que claramente pertenecen a otro nivel social.
Nos sentamos en la segunda fila, justo frente al escenario, miro a Cristian y está sonriendo, parece estar en el mundo al que pertenece y en el cual se desempeña con soltura.
A los pocos minutos, la música empieza. Es espectacular, pero por alguna razón me dan ganas de llorar. La interpretación remueve cosas que creía guardadas: mi piel se eriza, mi corazón late más rápido, siento una mezcla de nostalgia y vulnerabilidad difícil de explicar.
La obra termina dos horas después. Cristian me ofrece la mano para ayudar a levantarme. Al caminar, coloca su mano en mi cintura y nos dirigimos hacia la salida del teatro.
Hola mis bella, no hagan tantos corajes con Hayleen, recuerden que apenas estamos empezando y no quiero que nadie sufra válgames, jajaja. Nos vemos mañana, un abrazo.
—Jamás voy a olvidar aquel día. Rubén y yo llevábamos horas trabajando y el cansancio ya nos pesaba en los hombros. Justo entonces entró una llamada: una emergencia en una librería. Al llegar, encontramos a una chica con dificultad para respirar. La estabilizamos rápido, guiados por la rutina y la adrenalina. Estábamos por salir cuando apareció su hermana.Y ahí… ahí todo cambió —tomo una gran bocanada de aire—. Era la chica más linda que había visto en mi vida. Estaba preciosa, aunque lucía pálida, asustada, temblando, pero aun así, había algo en ella que me atrapó al instante. Nos acompañó durante el trayecto al hospital, sentada a mi lado, intentando mantener la calma. Recuerdo perfectamente el momento en que tomé su mano para tranquilizarla. Fue un gesto instintivo, profesional, eso me dije. Pero en cuanto su piel rozó la mía, sentí un cosquilleo leve, inesperado… extraño, sí, pero también increíblemente agradable. Como si algo dentro de mí hubiera despertado sin previo aviso —suspi
𓏲ּ𝄢⋆༺Natty༻⋆𓏲ּ𝄢La vida suele darnos oportunidades inesperadas. Hoy, a mis cuarenta y ocho años, estoy en un lugar que jamás imaginé habitar.Mi padre murió cuando yo tenía dieciocho. Se quitó la vida, ahogado por las deudas del juego, nos dejó a mi madre y a mí enfrentando un mundo que se volvió demasiado grande de un día para otro. Abandoné mi carrera, trabajamos dos turnos, hicimos lo que estaba en nuestras manos para sostener la situación, las amenazas de perder lo único que teníamos, nuestro hogar, eran demasiado latentes. Era hija única; no podía dejarla sola cuando más me necesitaba.Con el tiempo conseguí empleo en un periódico, como asistente del director: un hombre de treinta y ocho, atractivo, educado, seguro de sí mismo. Al principio, sus atenciones me deslumbraron. Me llevaba a viajes, reuniones, eventos… siempre tan atento, tan presente. Pero era un hombre casado, con tres hijos. Su esposa vivía más pendiente de su apariencia que de él; de la vida social, viajes const
La celebración continúa. Leah lanza el ramo y Natty lo atrapa casi por reflejo. Ella niega con la cabeza, avergonzada, pero las miradas que intercambia con Artur dicen otra cosa: todos sabemos que podría ser la siguiente.Compartimos con nuestros amigos, con nuestra familia. Adriel no deja de repetir que somos la pareja más bonita que ha visto; Danae y Hayleen se turnan para robarle bailes a Leah; y Natty llora cada vez que nos mira. Artur se ríe con cariño de ella, aunque también se limpia los ojos cuando cree que nadie lo está observando, en el tiempo que lleva trabajando con ellas, les ha tomado mucho cariño.Ya entrada la noche, nos despedimos de todos, agradeciendo a cada persona por acompañarnos, por ser parte de este día tan feliz para nosotros.En el trayecto a casa, entre el silencio cómodo y el cansancio dulce de la celebración, tomo la mano de Leah.—¿Estás contenta? —le pregunto.—Contenta no es una palabra que pueda describir lo que siento en este momento —responde, con la
La iglesia está tan silenciosa que puedo escuchar mi propia respiración. Estoy de pie frente al altar, con las manos entrelazadas detrás de la espalda para que no noten que me tiemblan, llevo un traje negro con un camisa beige y un corbatín que siento demasiado ajustado. Nunca pensé que este lugar pudiera intimidarme… hasta hoy. Porque hoy la espero a ella, hoy será el gran día en el que unamos nuestras vidas para siempre. Han pasado algunos meses y, poco a poco, todo ha vuelto a su curso. Leah trabaja ahora en una escuela, da clases a segundo grado y se le nota la felicidad. Verla llegar a casa con historias de sus pequeños alumnos es una de mis partes favoritas del día.Danae ha mejorado mucho con su nuevo tratamiento; aun así, sé que Adriel tiene gran parte del mérito. No la deja caer. La anima, la distrae, la hace reír. Es imposible no agradecerle en silencio cada vez que los veo juntos. Hayleen, en cambio, está más reservada. Se nota que libra su propia batalla interna, pero est
La estadía en Atlanta fue maravillosa, incluso más de lo que imaginábamos. Leah no alcanzó a conocer muchos lugares, ya que pasamos casi todo el tiempo en el hotel, pero aun así cada minuto valió la pena. Fue un viaje distinto, íntimo, de esos que no necesitan grandes recorridos para sentirse especiales. Hubo momentos en los que simplemente nos quedábamos mirando la ciudad desde la ventana, con su luz dorada filtrándose por las cortinas, y Leah apoyaba su cabeza en mi hombro como si ese lugar, ese instante, fuera suficiente. Y lo era. La cercanía, la calma, la forma en que sus dedos buscaban los míos sin pensarlo… todo tenía una intensidad tranquila, una pasión que no necesitaba prisa.Hablamos de la boda, de fechas posibles y coincidimos en que lo mejor sería hacerlo pronto, antes de que la rutina nos absorbiera y sobre todo ahora que Leah está por comenzar su nuevo empleo. Había una emoción tranquila en su voz, una ilusión que se mezclaba con nervios, pero también con esa certeza qu
Nos registramos, me entregan la tarjeta de la habitación y subimos al elevador.—Este lugar está increíble, pero no debiste gastar tanto, podríamos habernos quedado en uno más sencillo —menciona.—Quiero que estos días sean inolvidables.—A tu lado, ya lo son —asegura—. No necesito nada más que estar contigo. El elevador se detiene en el último piso. Bajamos, entramos a la habitación y una luz tenue nos recibe, junto con un suave olor a rosas que llena el aire. Un enorme ventanal deja ver la ciudad extendiéndose bajo nosotros, imponente y brillante.—Te excediste —sonríe, maravillada.Dejamos el equipaje y avanzamos hacia la habitación principal. Al abrir la puerta, un camino de luces cálidas en el piso nos da la bienvenida. Leah me mira, cruza el umbral y sigue el sendero cubierto de pétalos de rosas blancas y rojas. Al llegar a la cama, encuentra más pétalos formando un corazón. En el centro, hay chocolates y la tarjeta que pedí que colocaran.“Donde sea que estemos… mientras sea







