Ricardo sonrió y asintió.—Bien.Mateo salió rápido. Aun así, seguía sintiendo la mirada de Ricardo clavada en la espalda, quemándolo.Como no podía entender qué estaba pensando Ricardo, tampoco se atrevía a hablar con él de frente. Era mejor así por ahora: ir paso a paso y ver qué demonios quería hacer Ricardo.***Yo no sabía qué diablos había pasado, pero esa noche no dormí nada bien; tuve una pesadilla tras otra.En el sueño, unos perros negros gigantes me perseguían para morderme.Corría para salvarme, corría y corría… y de repente vi a Mateo de pie, justo enfrente.Me estiró la mano y me sonrió.—Aurora, ven. Yo te llevo a casa.Corrí hacia él, emocionada, pero abracé el aire.Y entonces me desperté. Cuando abrí los ojos, me quedé rígida en la cama, empapada en sudor. Esa sensación de ansiedad y miedo del sueño no se quedó en la pesadilla; ahí seguía, apretándome el pecho.Solo reaccioné cuando Henry vino a buscarme para practicar tiro con arco.Él, desde que la señorita Alma lo
Leer más