—¡Ay, ay! Me duele.Mientras me hundía profundamente en ella, Camila se aferró a mí con fuerza, clavándome las uñas en la espalda.Se sentía estrecha; jamás en mi vida había experimentado una sensación tan rica y apretada. No pude contenerme y empujé con todo el peso de mi cuerpo.Camila, sin embargo, gritó de dolor:—¡No, espérese! Padrino, ya pare, por favor....Se le quebraba la voz, casi a punto de llorar. Me detuve, quedándome quieto. Podía sentir cómo su interior palpitaba alrededor de mí, envolviéndome en un abrazo cálido y suave.Le acaricié con suavidad esos faros tan firmes que tenía, tratando de calmar su dolor.—¿Es tu primera vez? ¿Por qué te pones así?Arrugó la frente, con la cara encendida y respirando con dificultad.—Es que la tiene muy grande, Padrino, y lo hizo muy duro... Siento que me parte.Me rasqué la cabeza y sonreí como tonto.—Pues es que estás bien apretadita. No me aguanté las ganas y me pasé con la fuerza.Camila soltó un gemido tímido, pero luego me abra
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