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Capítulo 3

Autor: Mangonel
Cuando estaba a punto de bajarse las pantaletas, la Directora Sandra Rivas se acercó a toda prisa taconeando fuerte.

En una fracción de segundo y con el corazón en la garganta, empujé a Camila hacia el piso del auto y me cubrí rápidamente la entrepierna con una chamarra que tenía a la mano.

La directora se acercó a mi ventana y se inclinó hacia adentro. El escote de su blusa se abrió, dejando ver que todavía trae muy buenos faros.

—¿Cómo va mi hija con las clases?

No podía decirle la verdad de lo que acababa de pasar, así que improvisé preso del pánico:

—Camila todavía no llega, jefa, aquí sigo esperándola.

—Esa niña, a saber dónde se metió otra vez en lugar de venir a su clase —se quejó la Directora Rivas, molesta.

Su mirada bajó y notó que me cubría con la ropa.

—¿Y tú por qué te tapas con la chamarra con este calorón?

Empecé a sudar frío, aterrado de que notara raro, y solté la primera excusa que se me ocurrió:

—Ah, es que el aire del auto me pega y me da frío en las piernas. Por eso me tapo.

La explicación pareció convencerla por el momento, y pude respirar un poco más tranquilo.

Pero en ese momento, sentí cálido y suave allá abajo, envolviéndome con delicadeza.

No necesitaba ser un genio para saber qué pasaba: Camila estaba usando la boca…

Una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo, un hormigueo intenso que atacaba mis nervios.

Hice un esfuerzo sobrehumano para no moverme y controlar la reacción de mi cuerpo ante semejante estímulo.

Al ver mi rigidez, la Directora Rivas preguntó preocupada:

—¿Qué tienes? Estás temblando mucho.

—No, nada, ha de ser que el aire está muy frío —respondí con la voz entrecortada.

Pero Camila, lejos de detenerse, le echó más ganas. Se la metió toda de golpe y empezó a succionar con un ritmo frenético.

Una oleada de placer inmenso me golpeó, casi haciéndome gritar. Tuve que cerrar los ojos con fuerza y pegarme al respaldo del asiento, luchando contra esa sensación tan rica para no delatarme.

A la directora le pareció muy extraño. Extendió la mano y me tocó la frente.

—No tienes fiebre... ¿qué te pasa?

Ya no pude soportar más y se me escapó un gemido de placer, aunque traté de disimularlo como un quejido.

La Directora Rivas lo malinterpretó, pensando que mi reacción era por tenerla a ella tan cerca…

Lo que dijo después me dejó helado:

—Ay, pícaro, ya sabía que se te antojaba, pero no pensé que estuvieras tan urgido.

Se acomodó el cabello con coquetería, dejando un hombro al descubierto a propósito.

—Cuando termines la clase, ven a mi casa en la noche. Mi esposo no está.

Dicho esto, se dio la media vuelta y se alejó meneando esos amortiguadores de forma hipnótica.

En cuanto se fue, ya no pude más y levanté la chamarra. Camila seguía dándole duro, sin parar.

Levantó la cara, me miró con una sonrisa traviesa y le dio unas últimas lamidas.

—Sabe delicioso.

Sentía el cuerpo aguado de tanto placer. Al ver esa cara de inocencia fingida, la cargué de un jalón y la senté en mis piernas, sobre mí.

Nuestros cuerpos quedaron pegaditos. Yo estaba hinchado y sensible.

—Qué tremenda eres. Con tu mamá ahí enfrente y tú haciendo esas cosas…

Camila rio divertida.

—Así se siente más rico, ¿no?

Luego se lanzó sobre mí y me abrazó con fuerza.

Sus curvas suaves se amoldaron a mi cuerpo y su aroma dulce me llenó la nariz; ese olor inconfundible de jovencita.

—Ya no aguanto, ayúdeme por favor —me susurró al oído con deseo.

Tragué saliva, sintiendo el corazón latir a mil por hora.

Hace un momento Sandra me invitó a su casa… ¿Madre e hija quieren conmigo?

Antes de que pudiera decir nada, Camila empezó a besarme el lóbulo de la oreja, como una gatita, provocándome cosquillas.

La presión en mi cuerpo llegó al límite. La recosté en el asiento del copiloto.

Levanté sus piernas largas y blancas; llevaba tiempo queriendo echármelas al hombro.

Le quité despacio los zapatos, dejando al descubierto sus pies blanquitos, envueltos en unas medias negras que brillaban con la luz.

Aspiré cerca de ella, llenándome los pulmones con su perfume.

—Hueles riquísimo.

Abrió las piernas por instinto y apoyó los pies en el quemacocos del auto.

Sostuve sus piernas, con la mirada clavada en esa zona prohibida, dudando un segundo. A fin de cuentas, era la hija de la Directora Rivas.

—Arranque —gimió Camila con la cara roja y la voz de urgencia.

Sentía la columna tensa y el cuerpo ardiendo.

Mandé todo al diablo, le hice a un lado la ropa interior y la vista me terminó de volver loco.

¡Era preciosa, tan suavecita!

Camila estaba recostada en el asiento, y aquello palpitaba invitándome a entrar.

Arqueé la espalda y metí el cambio con fuerza…
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