Negué con la cabeza y susurré:—Estoy bien.Simón no necesitaba saber que estaba a punto de irme.Pareció relajarse.Con la voz cargada de arrepentimiento, se disculpó:—Yoana, lo siento. No sabía que eras alérgica al mango.Pero sí lo sabía. Antes recordaba todo sobre mí, hasta el más mínimo detalle. Luego, esos recuerdos simplemente desaparecieron.Cerré los ojos, sin ganas de hablar.Al rato se fue, llamado por Sofía. Cuando terminó el suero, pedí el alta y regresé sola a casa.Era el último día de la cuenta regresiva, y empecé a empacar.Al abrir el clóset, encontré toda la ropa que había elegido con tanta ilusión para el bebé. Ropa que ya no hacía falta.La guardé en cajas, junto con algunas de mis cosas y los regalos de cumpleaños que Simón me había dado a lo largo de los años—tesoros, en otro tiempo.Luego, sin pensarlo dos veces, tiré todo al contenedor de basura del edificio.Esa tarde, Simón volvió a un departamento vacío, con la confusión escrita en la cara.—¿Por qué la cas
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