Se levantó, caminó hacia mí y me miró a los ojos.—Uriel, divorciémonos.Me quedé paralizado. Creí que lloraría, que armaría un escándalo, que incluso me golpearía; pero no: lo dijo con una calma total, y esas pocas palabras me quitaron el aire de golpe.—¿Por qué? —logré preguntar al fin.—Porque ya no le queda lugar a este hogar en tu corazón —respondió. Y sin agregar nada más, se dio la vuelta, entró al cuarto y cerró la puerta.Esa noche no dormí. Me quedé sentado en la sala fumando, un cigarrillo tras otro.Recordé lo bien que estábamos durante el Año Nuevo, cuando ella me ponía una chaqueta encima por miedo a que tuviera frío.Pero ahora, todo había terminado.A la mañana siguiente, al despertar, me di cuenta de que Dayana ya se había ido. Sobre la mesa había una nota:“Me fui a casa de mis papás unos días. Piénsalo bien”.La leí y se me cayeron las lágrimas. Supe en ese momento que hay ciertas cosas que, una vez que ocurren, ya no tienen vuelta atrás.***Al tercer día de que Da
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