Harry se quedó mudo por un instante; abrió la boca, pero no le salió ni una palabra.Los altos cargos y sus familias, reunidos en el salón, estaban igual de desconcertados, sin saber cómo reaccionar.En medio de esa tensión, el llanto de un bebé rompió el silencio y todos se sobresaltaron.Fátima tomó al niño con rapidez para calmarlo y, al segundo siguiente, me gritó sin rodeos:—¡Raquel! ¡Estás loca! Ya estás divorciada de mi hijo, ¿cómo te atreves a venir a armar escándalo? Si tienes un poco de sentido común, lárgate ahora mismo. ¡Si ofendes a algún alto cargo, acabarás en la cárcel!La esposa del subcomisario también intervino, severa:—Aunque seas la exesposa del agente Heredia, no puedes golpear a alguien en público. ¡Esto es un delito grave, es agresión a un agente!Al enterarse de quién era yo, el salón estalló en murmullos. La multitud comenzó a gritar que me arrestaran, que me dieran una lección.Fruncí el ceño, agarré a Harry del cuello de la camisa, a punto de exigirle una
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