—...Mmm... mmm, no... no más adentro... aaah...Resoplé y le pregunté en voz baja:—Mmm, señora, ¿se siente rico?—...Sí... se... mmm... siente... rico...Saqué la mano, me quité la bata y los pantalones en un dos por tres, y me subí encima de doña Yolanda...—Ya que se divirtió, ahora es mi turno, que ya no aguanto...Sin esperar su respuesta, le subí las piernas a mis hombros de un movimiento brusco, sostuve mi fierro tieso y, de una, arremetí hacia adelante...—...Sssh... mmm... oh, mmm... aaah...Al principio doña Yolanda se mordía los labios sin querer dejar escapar ningún sonido, pero después de que la embestí con un poco más de fuerza unas cuantas veces, empezó a quejarse sin palabras claras.Varias veces hasta me reclamó por ser muy lento. Yo había pensado en irme con calma, pero al ver la situación me solté y empecé a metérsela con todo. Después de varias arremetidas, doña Yolanda gritaba que ya no podía, me suplicaba que parara, que me detuviera.Pero me había costado tanto q
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