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El Doctor Más DURO
El Doctor Más DURO
Autor: Viejo Verde

Capítulo 1

Autor: Viejo Verde
Me llamo Hugo Salinas, soy ginecólogo en un hospital, y ese día estaba atendiendo en el consultorio.

De pronto, doña Yolanda, la mejor amiga de mi mamá, se apareció buscándome, convencida de que tenía menopausia precoz, y me pidió que le recetara algo.

¿Menopausia precoz? ¿Doña Yolanda?

Eché un vistazo a ese par lleno y firme que doña Yolanda traía en el pecho. Esa talla tenía que ser por lo menos 38F, ¿no?

Estaba a punto de cumplir cuarenta y todavía conservaba esos pechos así de firmes y alzados; seguro que no le había faltado quién le diera su pasadita.

Con esa pinta de calenturienta y sexy, ¿cómo iba a tener menopausia precoz?

Me acomodé los lentes y le pregunté qué síntomas tenía.

Doña Yolanda contestó vagamente que había buscado en internet, que lo que ahí decía era menopausia precoz, y que no le hiciera tantas preguntas, que solo le recetara algo.

Cuando terminó de hablar, en mi cabeza se me prendieron las alertas: “está buena pero no tiene cerebro”.

Casi llegué a sospechar que el cerebro se le mudó a las tetas. ¿Cómo era posible que se creyera todas esas estupideces de internet?

Sonreí y le expliqué que los doctores no podemos recetar nada sin antes entender bien la situación específica del paciente.

—Señora, cuénteme, ¿qué síntomas tiene exactamente? Déjeme analizar si en serio es menopausia precoz.

Bajé la mirada hacia ella; cuando nuestros ojos se cruzaron, los suyos se enturbiaron un poco, nerviosos, y su rostro se puso rojo.

—...Huguito, es que yo... yo...

Al ver que tartamudeaba sin atreverse a decirlo, me dio curiosidad y la animé con la mirada a seguir.

A doña Yolanda se le encendió todavía más la cara. No se atrevía a verme; bajó los ojos, dudó un momento y, en voz bajita, dijo:

—...Es que, allá abajo está muy seca, cuando me lo hacen raspa y duele, y por más que sigan no me mojo...

Me quedé paralizado; tardé en reaccionar y le pregunté a qué se refería con “allá abajo”.

Doña Yolanda alzó la cabeza; al ver que parecía no haber entendido, se desesperó. Roja como tomate, soltó un “¡Ay!” y dio un par de pisotones, y dijo que se refería a ese lugar, pues.

Tardé un buen rato en caer en la cuenta y solté un “ah”...

Si me costó tanto reaccionar fue porque no podía dejar de mirar ese par lleno y firme que tenía en el pecho.

Hace un momento, cuando dio los pisotones, no sé si fue por lo enérgico del movimiento o porque el escote era demasiado bajo, pero esos meloncitos, expuestos casi por entero al aire, se le salían de un brinco; cuando alcancé a ver un destello sospechoso de color rosa, me puse tan tenso que se me olvidó respirar...

Menos mal que traía puesta la bata blanca, holgada; si no, doña Yolanda iba a verme tremendo bulto levantando la entrepierna, y eso sí habría sido un papelón...

Me chupé los labios, la miré con intensidad y, con una sonrisita, le dije:

—Señora, su problema es algo complejo, no me atrevería a aventurarme con un diagnóstico... Mire, hagamos esto: pase detrás de la cortina y déjeme revisarla a fondo con el instrumento, a ver qué es exactamente lo que tiene... Ah, y acuérdese de quitarse los pantalones también.

Al escuchar lo de quitarse los pantalones, doña Yolanda se sonrojó y, incómoda, preguntó:

—...Huguito, ¿en serio... en serio tengo que quitármelos?

Le respondí con seriedad:

—Señora, no se sienta apenada. Soy un médico profesional; en mis ojos, los pacientes no tienen género ni belleza ni fealdad.

Al ver que doña Yolanda seguía dudando, y como temía presionarla demasiado y espantarla, suavicé el tono y le hablé con amabilidad.

—Bueno, señora, si todavía no se siente lista, primero le reviso la respiración y el pulso.

Cuando doña Yolanda escuchó que de momento no tenía que quitarse los pantalones, soltó el aire, aliviada.

Tomé el estetoscopio y me acerqué a ella; doña Yolanda me preguntó si necesitaba acostarse.

—...Sí, también está bien.

Aparté la vista de su escote y, una vez que se acostó, fingiendo toda la profesionalidad del mundo, le apoyé el estetoscopio en el pecho.
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