INICIAR SESIÓN
Doña Yolanda se asustó muchísimo y, temblando, se puso a redactar el mensaje de ruptura; incluso, frente a mí, bloqueó al tipo y lo eliminó de sus contactos.Yo, satisfecho, la dejé irse.Unos días después, volví a sondear con rodeos a mi mamá para enterarme de cómo estaba doña Yolanda. Quería confirmar si terminó con ese tal Daniel Aguirre, y mi mamá me lo confirmó.Al final de la conversación, mi mamá murmuró que sospechaba que doña Yolanda de seguro tenía un nuevo novio. Porque la había notado más radiante; con solo verla saltaba a la vista que no le faltaba quien la atendiera.Casi le solté a mi mamá: adivinaste, sí tiene un hombre nuevo, y ese hombre soy yo. Pero las palabras se me atoraron en la boca y me las tragué; no es que no quisiera decirlo, era que sería demasiado repentino y temía asustar a mi mamá.Además, doña Yolanda tampoco me dejaba decirlo, me lo había advertido con toda seriedad. Si yo le contaba a alguien más lo nuestro, ella no me volvería a dirigir la palabra nu
En el instante en que entré, un placer cosquilleante se me extendió desde abajo hasta todo el cuerpo. La sensación era tan deliciosa que se me erizaba hasta el cuero cabelludo.Después de embestirla un rato, no pude contenerme y le dije:—Señora, usted me gusta...—...Mmm, ¿te gusto?Lo único que me respondió fue una respiración entrecortada y una serie de gemidos.Mirando a doña Yolanda debajo de mí, con deseo, sentí que la sangre me hervía por todo el cuerpo, como si tuviera fuerzas inagotables... Le di sin saber por cuánto tiempo, y en el transcurso dejé a doña Yolanda desmayada varias veces.Yo estaba demasiado excitado, una vez que arrancaba sentía que no podía frenar. También era culpa de doña Yolanda, demasiado seductora: no solo tenía el cuerpo suave y delicado, sino que además sabía cómo prenderle el motor a un hombre.Un joven como yo no había manera de controlar el deseo de metérsela. Cuando doña Yolanda volvió a quedar desmayada de nuevo, me contuve aunque seguía sin estar
Después de hacer todo esto, mi mamá también acababa de terminar sus pendientes. Le ayudé con la maleta de manera servicial y la acompañé hasta la entrada del fraccionamiento.Cuando el taxi desapareció en la esquina, regresé apurado a la casa, dejé la puerta entreabierta y me puse a esperar a que llegara doña Yolanda.Quince minutos después, doña Yolanda llegó hecha un torbellino. Yo me escondí detrás de la puerta. En cuanto entró, cerré la puerta a toda prisa y la abracé por detrás.Doña Yolanda se quedó tiesa del susto, estiró el cuello y preguntó quién era. Sonriendo, me acerqué a su oído y le dije:—Soy yo...Doña Yolanda soltó el aire, pero enseguida reaccionó y, mientras se agitaba, me pidió que la soltara.Saqué la lengua y le lamí el lóbulo de la oreja. Al sentir el ligero estremecimiento de su cuerpo, con tono pícaro, le dije:—Mmm, señora, la extrañé mucho. ¿Usted me extrañó?Y, a propósito, le di un empujón con la cadera contra las nalgas.La respiración de doña Yolanda se d
—Mmm, ¿muy buena gente? ¿Se le hace bueno que se revuelque con cualquier tipa que se le ponga enfrente? En la preparatoria casi embarazó a una compañera de mi salón. ¿Eso le parece muy buena gente? De no ser porque pagó ochenta mil dólares para arreglarlo, ya lo habrían metido a la cárcel desde hace mucho.Doña Yolanda sonrió incómoda.—Es que... es que… de seguro es un malentendido. Daniel... él no es así.Hice una mueca con los labios y dije:—¿Desde cuándo lo conoce? ¿En serio sabe quién es?Al ver que yo no paraba de hablar mal de Daniel, doña Yolanda se molestó. Terminó de acomodarse la ropa y, sin despedirse siquiera, jaló la puerta y se fue. Quise gritarle que esperara, pedirle su número, pero cuando salí corriendo detrás de ella ya no había rastro suyo por ningún lado.De vuelta en el consultorio, repasé en mi cabeza lo que acababa de pasar y, mientras más lo pensaba, más me hervía la sangre.Esta cosa, mientras no la pruebas, todo bien; pero una vez probada, se siente que ya n
—...Mmm... mmm, no... no más adentro... aaah...Resoplé y le pregunté en voz baja:—Mmm, señora, ¿se siente rico?—...Sí... se... mmm... siente... rico...Saqué la mano, me quité la bata y los pantalones en un dos por tres, y me subí encima de doña Yolanda...—Ya que se divirtió, ahora es mi turno, que ya no aguanto...Sin esperar su respuesta, le subí las piernas a mis hombros de un movimiento brusco, sostuve mi fierro tieso y, de una, arremetí hacia adelante...—...Sssh... mmm... oh, mmm... aaah...Al principio doña Yolanda se mordía los labios sin querer dejar escapar ningún sonido, pero después de que la embestí con un poco más de fuerza unas cuantas veces, empezó a quejarse sin palabras claras.Varias veces hasta me reclamó por ser muy lento. Yo había pensado en irme con calma, pero al ver la situación me solté y empecé a metérsela con todo. Después de varias arremetidas, doña Yolanda gritaba que ya no podía, me suplicaba que parara, que me detuviera.Pero me había costado tanto q
—Y ni siquiera he tenido la oportunidad...Doña Yolanda me miró sin poder creerlo.—Huguito, tú... ¿no me digas que todavía eres virgen...?Suspiré y, resignado, asentí. Le dije que sí. Doña Yolanda se quedó muda. Al ver que pasaba un buen rato sin decir nada, se me calentó la cabeza y, como si el diablo me moviera la mano, le dije:—Señora, en serio me gustaría saber qué se siente. ¿Me podría ayudar?Doña Yolanda me miró asombrada.—Huguito, tú... ¿tú sabes lo que estás diciendo?Asentí con una sonrisa y le dije que sí lo sabía.—¿No dijo que tenía un tamaño de campeonato? ¿No quiere probarlo?Hice un gesto, dolido, y agregué:—¿O era que solo me estaba consolando hace rato, dándome por mi lado?Doña Yolanda se apuró a explicarme que todo lo que había dicho era cierto, que no me estaba mintiendo.—Sí, le creo, sé que no me miente, así que... —La miré con esperanza—. ¿Eso quiere decir que acepta?Doña Yolanda volvió a quedarse callada. Podía ver el deseo en sus ojos, pero también se ve







