Me encanta que rescates este tema: el matriarcado no es un tópico omnipresente en la novela española tradicional, pero aparece con fuerza en varias obras en lengua española y en novelas de España que ponen a la mujer en el centro del poder familiar o simbólico. Yo suelo pensar en dos planos a la hora de leer estas obras: el matriarcado como sistema explícito (familias donde las mujeres mandan) y el matriarcado como presencia simbólica o moral que sostiene generaciones. En la literatura hispanoamericana esto es más visible —y en varios casos es magistral— pero en novelas de España también hay retratos poderosos de mujeres que controlan el hogar, la memoria y el destino de su clan.
Si miro hacia América Latina, no puedo dejar de recomendar «Cien años de soledad», donde
úrsula Iguarán funciona como eje matriarcal de la saga Buendía: su capacidad de resistencia, de organizar la casa y conservar tradiciones marca el curso de la familia durante generaciones. De manera parecida, en «La casa de los espíritus» la línea femenina —Clara, Blanca, Alba— porta la memoria y la fortaleza que desafía a poderes externos; ahí el matriarcado es casi una forma de feminidad colectiva que gobierna la casa y la historia. En tonalidad más doméstica y con mucha textura culinaria, «Como agua para chocolate» muestra a Mamá Elena como una matriarca autoritaria cuya influencia controla emociones y destinos familiares.
En novelas escritas en España, lo interesante suele ser cómo las autoras (y algunos autores) describen micro-matriarcados dentro de hogares o aldeas. Autoras clásicas como Emilia Pardo Bazán dibujaron mujeres con fuerte poder moral y social en novelas que exploran la vida rural y la honra familiar; en el siglo XIX y principios del XX eso aparece más como una capacidad de gestión doméstica y de influencia indirecta que como una estructura matriarcal formal. También conviene leer a Lorca aunque sea teatro: «La casa de Bernarda Alba» expone una matriarca que impone un orden represivo, y su mensaje sobre la autoridad femenina es tan contundente que sirve como referencia inevitable.
En lo personal, disfruto leer estas obras alternando la mirada analítica y la emocional: unas veces me fascina la fuerza cotidiana de Úrsula, otras me indigna la tiranía de Mamá Elena. Si buscas novelas donde las mujeres no solo sobrevivan, sino que rijan el pulso familiar y simbólico, te recomendaría empezar por esas cuatro y luego explorar autoras como Ana María Matute o Emilia Pardo Bazán para matices más sutiles. Al final, el matriarcado literario puede ser guardianes de memoria, poder doméstico o control autoritario, y cada libro lo propone de una manera distinta; eso es lo que me sigue atrapando.