FAZER LOGINLILIANA CASTILLOPasamos cada punto de seguridad con calma, dejando identificaciones y siendo recibidos con calidez por los de seguridad y el doctor que había aceptado guiarnos por los pasillos.—Se ha portado bien, es una buena paciente —dijo el médico dejando que su bata blanca se ondeara con su paso presuroso—. A veces le cuesta tomar sus pastillas, y luego muerde a los enfermeros, pero no es nada que no se corrija con una inyección. Fruncí el ceño ante su explicación y conforme avanzábamos me sentía cada vez más vulnerable, viendo a través de las ventanas a los enfermos mentales con sus comportamientos erráticos. —No tiene nada de qué preocuparse, señora Castañeda —dijo el doctor al verme nerviosa—. Aquí están los pacientes que no son peligrosos. No hay nada que temer. Entonces abrió la puerta que daba hacia el pabellón y me aferré con ambas manos a Javier. —¿Qué hacemos aquí? —pregunté, aunque en el fondo ya lo suponía. —Ella dijo que te metería a un lugar así, que te romperí
LILIANA CASTILLOMe alejé de la pared, tambaleándome por el peso de mi vientre. Cuando me planté frente a Javier, vio el cuchillo encajado y la sangre aún cayendo. —No podrás quitarle jamás la mancha al vestido —dijo mientras ponía la mano sobre el mango del cuchillo y analizaba como sacarlo.—No importa, lo voy a tirar —contesté encogiéndome de hombros. —Es una tristeza, te veías muy linda con él —agregó sacando el cuchillo de la barriga falsa y retrocediendo para que la pintura roja no lo manchara. —Es el disfraz perfecto para Halloween —dijo Matt viéndonos desde la entrada mientras veía a Carmen tirada en el piso. Entonces Santiago le dio un manotazo. —¡¿Cuál Halloween?! ¡Aquí se celebra el día de muertos, perro! —sentenció ofendido mientras negaba con la cabeza—. Agárrala de arriba y yo de abajo.Entre los dos levantaron a Carmen para meterla a la camioneta donde ya los esperaba mi papá. —¿Te lastimó? —preguntó Javier tomando mi rostro entre sus manos, inspeccionándome—. Fue
LILIANA CASTILLOSentada en el pórtico, sobre una vieja mecedora, terminé de tejer un lindo suetercito, pequeño, color marrón, con una abejita bordada. Lo abracé con ternura antes de levantarme con dificultad. Con una mano apoyada en la espalda y caminando como pingüino, entré a la cocina y me planté frente al calendario. Mi dedo se movió por los días, hasta el que estaba rodeado con marcador rojo. Suspiré agotada mientras frotaba mi mano sobre mi abdomen abultado. Habían pasado ya dos años. Dos años desde que luchamos en esa mansión. Dos años desde que la pequeña Anna y Alondra habían nacido. Ahora eran unas niñas encantadoras. Una de ojos tan azules como los de su padre y la otra, como bien había querido Santiago, la fiel copia de su madre. Ya habían pasado dos años desde que habíamos decidido mudarnos de casa de mi padre y aún recibía sus mensajes que preguntaban si volvería a vivir con todos. Había aceptado que tanto Matt como Santiago invirtieran construyendo en su terreno, re
LILIANA CASTILLO—Me estás rompiendo el corazón… —susurró mi padre en cuanto se enteró. Había esperado el tiempo suficiente para que Julia y Matt regresaran a casa con la bebé y todos nos volviéramos a acomodar.—Creo que necesitarán una habitación. Mateo no puede seguir durmiendo con Julia y Matt, además, la bebé va a crecer y… —Esta es tu casa, Liliana —soltó con firmeza—. Aunque aprecio a todos, tú eres mi hija. Si es una cuestión de espacio, entonces prefiero sacar a todos y que tú estés cómoda. —No se trata de espacio, papá —susurré tomando sus manos. No quería que se sintiera culpable o triste—. Hay algo más que necesito resolver en soledad, no puedo hacerlo aquí. —¿Qué? —preguntó entornando los ojos. —No puedo decirte. No aún —contesté apenada—. Por favor, solo será por un tiempo, lo juro. —¿Qué es lo que ocurre? —insistió tomándome por los hombros—. ¿Javier está obligándote?—¿Crees que Javier lo haría? —pregunté divertida, haciendo que torciera los ojos. —No… —contestó
LILIANA CASTILLOY Matthew tenía razón. Un día lo encontré plácidamente viendo las noticias con el pequeño Mateo jugando a sus pies con sus juguetes. Entre las noticias internacionales hablaban de la bancarrota de la empresa que pertenecía a su familia. Al parecer un virus había entrado a su sistema de por sí ya endeble, y había logrado sacar el dinero que tenían tanto de ganancias como de inversionistas. Contrataron a los mejores programadores para encontrar donde estaba el problema, pero nadie lograba nada, siempre que abrían una computadora, los direccionaba a una página para adultos, llenando cada oficina con gemidos. De esa manera la empresa quebró, no pudieron encontrar el dinero robado, pero yo supuse donde estaba.—¿No te sientes culpable? —pregunté recargándome en el respaldo del sillón, mientras veía el rostro apacible de Matt. —No, ese dinero servirá para conseguir algo más grande y dejar de molestar a tu padre, además, también podremos solventar el gasto del hospital ta
LILIANA CASTILLOEl amanecer nos encontró cansados, pero satisfechos. Los militares recogían los cuerpos del piso y apagaban el fuego. Poco a poco el caos estaba cediendo. Volteé hacia Matt y Julia, estaban abrazados, en medio de ellos Mateo, que parecía no poder respirar por la fuerza con la que lo estrujaban, pero estaba feliz. Entonces una gotita cayó del cielo, justo en mi mejilla. Cuando levanté la mirada noté la enorme nube negra que nos cubría y la lluvia cayó, cálida, suave, sin relámpagos, solo limpiando todo el desastre. Cerré los ojos y me quedé ahí, en medio del jardín, queriendo que el agua limpiara la sangre que manchaba mi piel, la culpa por todo lo que hice, porque cada muerte venía acompañada de remordimiento y la sensación de que me perdía a mí misma, poco a poco. Mi padre tenía razón, esta no era la vida que yo quería, de soldado. Agradecía lo que había hecho, agradecía el entrenamiento y todas las enseñanzas, pero era difícil cargar con las consecuencias. De pront







