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Capítulo 97 Tras fachadas

Autor: Zero Lux
last update Fecha de publicación: 2026-05-08 13:52:18

Esa misma tarde, después de que regresaran a la residencia, Oliver se encerró en su estudio a resolver asuntos de la empresa. Sin mucho que hacer, Alina se dedicó a revisar el expediente sobre Damián Huerta que Tito le había conseguido.

El joven cantante provenía de una familia humilde. Su padre había fallecido años atrás y su madre, que padecía problemas crónicos de salud, pasaba la mitad de su tiempo en el hospital. Para sobrevivir, la mujer atendía un pequeño puesto ambulante de comida, pero
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    Despertó con el sabor del óxido en la boca. Lo primero fueron las muñecas: el peso de los grilletes, el hierro mordiéndole la piel en carne viva. Después la espalda, contra una pared de roca húmeda que rezumaba agua. Después el dolor —un dolor que conocía hasta el último matiz, el dolor de un cuerpo que ha sido golpeado con método, con paciencia, por alguien que sabe exactamente cuánto puede soportar antes de romperse. Su cuerpo. El suyo. El verdadero. Largo, fuerte, entrenado, cubierto de cicatrices que contaban una vida entera de violencia. El cuerpo de Noelia, el cuerpo de Noe, el cuerpo que había muerto en esta misma selva hacía… ¿cuánto? ¿Una vida? ¿Un sueño? ¿Un suspiro? Abrió los ojos. Un calabozo. Roca negra, una sola antorcha, una reja de barrotes gruesos. Por las rendijas del techo se filtraba una luz verdosa, filtrada por mil capas de follaje. Conocía ese lugar. Era el sótano de la base de Brenda Carrillo, en lo más profundo de Azmar, el último lugar que había visto an

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    Todo pasó en menos de lo que dura un latido. Cheeto se lanzó hacia la pasarela; cayó antes de dar tres pasos. Kato disparó hacia la pantalla, hacia las luces, hacia cualquier cosa, gritando. Alina giró, se arrojó sobre Oliver con los brazos abiertos, dispuesta a recibir en su propio cuerpo lo que viniera. No la dejaron. Dos hombres la sujetaron por detrás y la arrancaron de él, y ella pataleó, mordió y aulló como un animal, pero su cuerpo no tenía la fuerza que su voluntad exigía, y por primera vez en su existencia esa debilidad la condenó. —¡Oliver! —gritó—. ¡Oliver, mírame! ¡Mírame a mí! Y él la miró. Entre el caos, las luces y el ruido, Oliver Parker la buscó con los ojos y la encontró, y en medio de todo aquello le sonrió. Una sonrisa serena, increíblemente serena, la sonrisa de un hombre que ya ha hecho las paces con lo que viene. —Está bien —leyó ella en sus labios, porque el estruendo se había tragado su voz—. Está bien. Yo te conocí y te amaré siempre. Con eso me basta.

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    Mientras Kato rastreaba la ubicación, el teléfono de Cheeto vibró. Era un mensaje de Cristina, desde Cashland. Lo leyó dos veces antes de pasárselo a Alina sin decir nada. “Señorita, perdóneme por molestarla en este momento. Llegaron unos abogados con la señora Mariza. Dicen que tienen una orden. Están sacando sus cosas de la casa. Don Martín discutió con ellos y la señorita Cindy llamó a la policía contra él. No supe a quién más avisarle”. Alina leyó el mensaje con la cara inmóvil. Adentro, algo se desprendió en silencio, como una piedra que cae al fondo de un pozo sin tocar nunca el agua. Apenas enterrado el abuelo, ni siquiera se habían marchitado las flores de su sepelio, y ya estaban repartiéndose lo que quedaba como perros en una mesa con sobras. —Jefa —dijo Cheeto con cuidado—. ¿Quiere que mande a alguien a Cashland? —No. —Guardó el teléfono—. Las cosas no importan. Una casa no importa. Un apellido no importa. —Levantó la vista hacia la pantalla, hacia el punto rojo que K

  • ASESINA PERVERSA mi reencarnación es tu pesadilla   Capítulo 212 ¿Tarde hasta para creer en Él?

    Kato llegó antes del amanecer al hotel donde se refugiaban Alina y Cheeto. Tenía el mismo rostro anguloso de siempre, aunque ahora una cicatriz le partía la ceja en dos y los ojos le habían perdido esa chispa de muchacho que Noe recordaba. Se quedó parado en el umbral, mirándola como quien mira un fantasma al que no termina de creerle. —Jefa —dijo al fin, con la voz quebrada—. De verdad es usted. Alina no se levantó de la silla. No habría podido; su cuerpo seguía siendo más débil de lo que su mente toleraba, y los últimos tres días le habían cobrado factura. Pero le sostuvo la mirada con esa firmeza que jamás había necesitado palabras para imponerse. —Cierra la puerta y siéntate. No tenemos tiempo para llorar. El hombre obedeció. Cheeto le sirvió un café cargado y los tres se inclinaron sobre la laptop prestada como en los viejos tiempos, cuando una sola pantalla decidía quién vivía y quién no. —Repíteme lo que sabes —ordenó ella. Kato tragó saliva. —La gente que se llevó al se

  • ASESINA PERVERSA mi reencarnación es tu pesadilla   Capítulo 211 ¡¿Tú eres Noe?!

    Cuando Alina recuperó el conocimiento, fue por el impacto de un balde de agua que le echaron encima. Sacudió la cabeza. Tenía las manos atadas, así que tuvo que levantar ambos brazos con dificultad para secarse la cara. Inhaló un par de veces. Llevaba muchos años sin recibir un trato como ese. —¡Alina! La voz de Cheeto se escuchó cerca. Con las manos amarradas al frente, palpó a su alrededor para intentar adaptarse a la oscuridad antes de hablar. —¿Cheeto? —Soy yo. ¿En dónde estamos? Negó en medio de la penumbra. —No tengo idea, ni siquiera sé quién nos trajo aquí. Con lo bueno que eres peleando, ¿cómo es que te atraparon a ti también? Contestó con obvia resignación. —Fui al baño, olí algo raro y perdí el conocimiento. Cuando desperté, ya estaba aquí. Analizó la situación. Probablemente la responsable era Cindy. Aparte de esa actriz, nadie más tendría tanta urgencia por deshacerse de ella. De pronto, se escuchó el clic de un interruptor. La luz de la habitación se encendió.

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    Un grito potente interrumpió el enfrentamiento. —¡Ya basta, suéltala! Cindy apenas logró entreabrir los ojos para mirar hacia la entrada. Uriel corría en su dirección. Ella extendió una mano temblorosa hacia él, suplicando auxilio. El recién llegado tuvo que aplicar toda su fuerza para destrabar los dedos que aprisionaban el cuello de su hermana. Alina cayó empujada hacia un lado. Cindy se tiró al suelo, tosiendo con desesperación; acababa de ver de cerca a la muerte. —¡Estás completamente enferma! —escupió entre accesos de tos—. ¡Eres una maldita loca! Uriel se acercó para intentar levantar a la joven. —Alina, ¿qué diablos estás haciendo? Ella apartó la mano del muchacho con desprecio. —¿Qué estoy haciendo? ¿Acaso estás ciego? ¡Quería matarla! ¡Quiero que se mueran todos ustedes! Escúchame bien, Uriel, ¿no acabas de salir de un accidente de tráfico? El abuelo sufrió su crisis cardíaca de tanto preocuparse por ti. ¿Por qué no te moriste de una vez en ese hospital? La expresió

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