LOGINNoelia era la asesina más temida de la Organización Janus, una mujer implacable, brillante e invencible. Hasta que el amor la traicionó. Su jefe y amante, Edgar Orbán, la entregó a los pies de Brenda Carrillo, quien la torturó, asesinó a su hermano y la dejó morir en la selva de Azmar. Pero la muerte no fue el final. Noelia despierta en el cuerpo de Alina Quiroga, una chica obesa de veintidós años, cuerpo débil, familia que la desprecia y ningún poder real. Sin embargo, dentro de esa chica que todos subestiman vive la mente más peligrosa del mundo criminal. Con paciencia de depredadora, Alina reconstruye su cuerpo, conquista la voluntad de su abuelo y teje una red de lealtades en silencio, mientras se acerca a sus enemigos, Brenda y Edgar. En el camino aparece Oliver Parker, heredero del poderoso Grupo Sion, un hombre atractivo, magnético e imposible de ignorar. Lo que comienza como una coincidencia se convierte en una conexión que ninguno de los dos sabe cómo manejar. ¿Podrá Alina cobrar su venganza sin perder la nueva vida que, sin quererlo, ha empezado a amar?
View MoreDespertó con el sabor del óxido en la boca. Lo primero fueron las muñecas: el peso de los grilletes, el hierro mordiéndole la piel en carne viva. Después la espalda, contra una pared de roca húmeda que rezumaba agua. Después el dolor —un dolor que conocía hasta el último matiz, el dolor de un cuerpo que ha sido golpeado con método, con paciencia, por alguien que sabe exactamente cuánto puede soportar antes de romperse. Su cuerpo. El suyo. El verdadero. Largo, fuerte, entrenado, cubierto de cicatrices que contaban una vida entera de violencia. El cuerpo de Noelia, el cuerpo de Noe, el cuerpo que había muerto en esta misma selva hacía… ¿cuánto? ¿Una vida? ¿Un sueño? ¿Un suspiro? Abrió los ojos. Un calabozo. Roca negra, una sola antorcha, una reja de barrotes gruesos. Por las rendijas del techo se filtraba una luz verdosa, filtrada por mil capas de follaje. Conocía ese lugar. Era el sótano de la base de Brenda Carrillo, en lo más profundo de Azmar, el último lugar que había visto an
Todo pasó en menos de lo que dura un latido. Cheeto se lanzó hacia la pasarela; cayó antes de dar tres pasos. Kato disparó hacia la pantalla, hacia las luces, hacia cualquier cosa, gritando. Alina giró, se arrojó sobre Oliver con los brazos abiertos, dispuesta a recibir en su propio cuerpo lo que viniera. No la dejaron. Dos hombres la sujetaron por detrás y la arrancaron de él, y ella pataleó, mordió y aulló como un animal, pero su cuerpo no tenía la fuerza que su voluntad exigía, y por primera vez en su existencia esa debilidad la condenó. —¡Oliver! —gritó—. ¡Oliver, mírame! ¡Mírame a mí! Y él la miró. Entre el caos, las luces y el ruido, Oliver Parker la buscó con los ojos y la encontró, y en medio de todo aquello le sonrió. Una sonrisa serena, increíblemente serena, la sonrisa de un hombre que ya ha hecho las paces con lo que viene. —Está bien —leyó ella en sus labios, porque el estruendo se había tragado su voz—. Está bien. Yo te conocí y te amaré siempre. Con eso me basta.
Mientras Kato rastreaba la ubicación, el teléfono de Cheeto vibró. Era un mensaje de Cristina, desde Cashland. Lo leyó dos veces antes de pasárselo a Alina sin decir nada. “Señorita, perdóneme por molestarla en este momento. Llegaron unos abogados con la señora Mariza. Dicen que tienen una orden. Están sacando sus cosas de la casa. Don Martín discutió con ellos y la señorita Cindy llamó a la policía contra él. No supe a quién más avisarle”. Alina leyó el mensaje con la cara inmóvil. Adentro, algo se desprendió en silencio, como una piedra que cae al fondo de un pozo sin tocar nunca el agua. Apenas enterrado el abuelo, ni siquiera se habían marchitado las flores de su sepelio, y ya estaban repartiéndose lo que quedaba como perros en una mesa con sobras. —Jefa —dijo Cheeto con cuidado—. ¿Quiere que mande a alguien a Cashland? —No. —Guardó el teléfono—. Las cosas no importan. Una casa no importa. Un apellido no importa. —Levantó la vista hacia la pantalla, hacia el punto rojo que K
Kato llegó antes del amanecer al hotel donde se refugiaban Alina y Cheeto. Tenía el mismo rostro anguloso de siempre, aunque ahora una cicatriz le partía la ceja en dos y los ojos le habían perdido esa chispa de muchacho que Noe recordaba. Se quedó parado en el umbral, mirándola como quien mira un fantasma al que no termina de creerle. —Jefa —dijo al fin, con la voz quebrada—. De verdad es usted. Alina no se levantó de la silla. No habría podido; su cuerpo seguía siendo más débil de lo que su mente toleraba, y los últimos tres días le habían cobrado factura. Pero le sostuvo la mirada con esa firmeza que jamás había necesitado palabras para imponerse. —Cierra la puerta y siéntate. No tenemos tiempo para llorar. El hombre obedeció. Cheeto le sirvió un café cargado y los tres se inclinaron sobre la laptop prestada como en los viejos tiempos, cuando una sola pantalla decidía quién vivía y quién no. —Repíteme lo que sabes —ordenó ella. Kato tragó saliva. —La gente que se llevó al se


















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