LOGINDAMIAN
La mansión Moretti olía a desesperación vestida con perfume caro. He estado en suficientes habitaciones como esta para notar la diferencia entre el poder real y la simple puesta en escena. Candelabros de cristal, mármol importado y un cuarteto de cuerdas arrinconado en una esquina, como si estuviéramos en una época completamente distinta.
Zach Moretti había construido todo esto a base de miedo prestado y del silencio de los demás, y esta noche, ese silencio tenía un precio.
Me abrí paso por la fiesta sin detenerme; la gente se apartaba a mi paso sin necesidad de pedirlo. Siempre lo hacían, aunque yo había dejado de prestarle atención hacía años. La atención era simplemente el precio de ser quien yo era, y nunca me había parecido algo especialmente interesante. Matteo se puso a mi altura, manteniéndose medio paso por detrás, como siempre.
—Moretti dice que está listo para recibirte —me informó en voz baja.
—Bien —respondí con frialdad—. Qué bueno saber que valora su vida.
La vi antes de que ella me viera a mí.
Se movía por el extremo más alejado del salón con una bandeja equilibrada entre las manos, pegándose a la pared como hace la gente que lleva mucho tiempo perfeccionando el arte de ser invisible. Ella no pertenecía a este lugar, y no porque se viera inferior a ellos, sino porque era la única que no fingía ser algo que no era.
La vi salir cuando dos de los invitados hablaron sobre la otra hija de Moretti; su rostro la delató. Ella era la otra hija.
—Dame un momento —dije, y fui tras ella, dejando a un confundido Matteo de pie en medio del salón.
Estaba de pie justo al salir del pasillo principal, de espaldas a mí. La bandeja descansaba contra la pared y tenía los hombros ligeramente encogidos, sin temblar y sin hacer un solo ruido. Simplemente inmóvil. Ese tipo de inmovilidad que surge de años de práctica para contener el dolor sin darle a los demás la satisfacción de verlo. No me oyó acercarme, así que evité hacer ruido y me limité a observarla mientras lloraba en silencio.
Exhaló despacio y se enderezó antes de darse la vuelta y chocar de frente conmigo. Retrocedió de inmediato, pero yo no me moví. Me miró con el ceño un poco fruncido, justo antes de que su expresión se transformara en miedo. La reacción exacta que todos tenían al verme. La miré de la forma en que miro las cosas cuando decido su valor. Cabello oscuro y ondulado, ojos color avellana todavía húmedos por lo que fuera que esas mujeres habían dicho, un vestido sencillo que había sido lavado hasta el cansancio. Era dueña de una belleza silenciosa, casi inconveniente; el tipo de belleza que no tiene idea de que existe, lo que la convertía en la más peligrosa de todas.
Me di la vuelta y me alejé antes de que pudiera decir nada.
Zach Moretti ya estaba de pie cuando entré. Ese fue su primer error. Los hombres que se ponían de pie para recibirme eran hombres que necesitaban que supiera que me respetaban. Los hombres de verdad se quedan sentados y demuestran su poder con su sola presencia.
Me senté sin que me lo pidieran y los analicé. Su esposa estaba sentada cerca de él y su hija al otro lado. Ella no estaba aquí. La que me había cruzado antes.
Miré a la hija de nuevo y ella se reacomodó con una sonrisa; su padre debió haberla puesto al tanto, de ahí el gesto.
Miré a Matteo, que estaba de pie a mi lado, y asentí con la cabeza. Salió de la habitación.
Moretti abrió la boca dos veces antes de que las palabras lograran salir. —Sr. De Luca. Gracias por... es un honor tenerlo...
—Estás en deuda conmigo —dije en voz baja—. Setecientos millones. Ahora es tu turno de pagar.
—Sí, y... y por eso aceptaremos su oferta.
Apoyé las manos sobre la mesa con fuerza, y el golpe silenció la habitación. —Nunca fue una oferta, Moretti. Fue una exigencia.
Su nuez de Adán se movió. —Sí, por supuesto. —Hizo ademán de tomar el vaso de agua que tenía enfrente, pero se lo pensó mejor y dejó la mano quieta sobre la mesa. Le hizo una seña a su hija, quien se puso de pie con una sonrisa. Era hermosa, me di cuenta entonces. Hermosa de la manera en que lo son las cosas que han sido cuidada y deliberadamente mantenidas. Pero no me agradó. —Esta es mi hija, mi orgullo. Nos encantaría entregársela como esposa.
Emití un sonido vago y la observé durante unos segundos antes de dirigirme a Moretti.
—Corren rumores de que tienes otra hija —dije, y sus cuerpos se tensaron. Perfecto. —¿Por qué no está aquí?
Isabella se sentó.
Moretti tragó saliva. —Pens... pensamos que no sería necesario.
—Ella no es digna de su presencia —intervino de repente la esposa, y por primera vez desde que entré, la miré.
—Hmm, ¿y usted sí lo es? —pregunté, y ella se encogió en su sitio. Cobarde.
—Tráiganla aquí —ordené—. Y no me hagan perder el tiempo.
Moretti asintió rápidamente y llamó al ama de llaves por el intercomunicador.
Ella entró y se detuvo. La observé procesar la habitación lentamente: la confusión cruzando su rostro, el presentimiento de que algo andaba mal y luego, en el momento en que sus ojos se cruzaron con los míos, el destello de reconocimiento. Evitó las miradas furiosas de su familia y simplemente bajó la cabeza.
Me volví hacia Moretti. —No quiero a esta hija —dije, mirando brevemente a Isabella; no me pasó desapercibido el ahogo de incredulidad que soltó como respuesta.
Luego señalé a la chica que estaba junto a la puerta. —La quiero a ella —dije, y la habitación quedó en un silencio sepulcral.
Moretti se inclinó hacia adelante de inmediato. —Sr. De Luca, con todo respeto, ella es la otra hija. Ella no es la que nosotros...
Lo miré y cerró la boca. Me recliné en mi silla y volví a estudiarla; se veía entumecida, como si mis palabras la hubieran paralizado de golpe. Tenía los labios entreabiertos y supe que no estaba preparada para lo que acababa de escuchar.
Bien.
Matteo me preguntaría más tarde por qué la elegí. Sabía que lo haría, y mi respuesta sería la misma que daba cada vez que hacía algo que confundía a los demás.
Nadie debe verme venir.
Pero la verdad era que no quería a una esposa Moretti que se pasara nuestro matrimonio intentando superarme en estrategia. Quería a la que habían menospreciado, a la que habían desechado.
Siempre le encontraba utilidad a las cosas que los demás tiraban a la basura.
DAMIAN—No encontramos a Sera —susurró Christy con miedo mientras entraba a mi oficina, y mis manos se congelaron sobre la computadora portátil. Me quedé mirando la pantalla unos segundos, preguntándome si lo estaba imaginando.Más temprano hoy, Matteo me había dicho que ella había salido con el pequeño que salvó el otro día, y según Christy...—Dijiste que había ido a trabajar —la cité, mirándola por fin.—S-sí —tartamudeó y me miró—. Me había dicho que era trabajo.—¿Y no pudiste confirmarlo? —pregunté con severidad, aferrándome a la portátil.—Y-yo no pensé...—¡Tú nunca piensas, Christina, verdad! —estallé, y las aletas de su nariz se dilataron.—No me hables así —gruñó, y entonces me acerqué más.—¿Decías? —dije y me paré frente a ella; entonces esbozó una sonrisa triste.—Dije —empezó, presionando su dedo medio contra mi pecho—, ¡que tú, Damian, no me vas a hablar así! —gritó, mirándome con desafío, como si buscara pelea.Solté una burla. —¿Quieres pelear? —pregunté con sorna, y
SERA—¿Sera? —escuché un suave susurro y mis ojos se abrieron lentamente.—Aww —solté un quejido y volví a cerrarlos. Sentía un martilleo insoportable en la cabeza y me preguntaba por qué hasta que...—¡Pete! —exclamé de golpe, abriendo los ojos de par en par.—Tienes que relajarte —dijo Dylan, y solo entonces me di cuenta de que era él quien estaba allí. Lo ignoré y me senté despacio; él suspiró y me ayudó.—¿Dónde está Pete? —pregunté mirándolo—. ¿Y dónde estoy?—¿Cómo te sientes? —preguntó, esquivando mis preguntas. Fruncí el ceño.—Responde a mi pregunta, Dylan —dije con firmeza. Él suspiró.—Sera...—¡Responde!—¡Está muerto! —me gritó de vuelta, y el tiempo pareció detenerse por completo.—¿Qué? —susurré, sintiendo que me faltaba el aire—. ¡No! —rompí a llorar desconsoladamente.¿Pete estaba muerto y su muerte era mi culpa? Incliné la cabeza mientras las lágrimas rodaban sin parar.—Es mi culpa —susurré, y escuché a Dylan suspirar.—Sera...—Yo lo obligué a acompañarme, Dylan —d
SERA—¿Todo bien? —escuché la voz tajante de Dylan. Escondí la foto detrás de mí y me di la vuelta de golpe. Él frunció el ceño—. ¿Qué está pasando? —preguntó acercándose. Me hice hacia atrás y su ceño se profundizó aún más.Lo observé durante unos segundos, sin saber si debía tenerle miedo o no.—¿Quién eres? —susurré, y sus ojos se abrieron ligeramente.—¿Qué?—¡Dije que quién eres y por qué tienes una foto mía escondida detrás de un cuadro en tu oficina! —estallé y saqué la fotografía. Él suspiró.—Puedo explicarlo —dijo, y asentí.—Por eso mismo te lo pregunto, Dylan —dije, y cuando él dio un paso hacia mí, volví a retroceder.—No voy a hacerte daño, Seraphina. Ya te lo había dicho, ¿no?—Y te creí, hasta que vi mi foto en tu maldita oficina, Dylan —dije, un poco irritada de que esperara que le siguiera creyendo después de esto.—Solo quería saber quién eras —comenzó, y yo fruncí el ceño.—¡Quién era!—Cuando mi gerente me sugirió tu empresa, le pedí que me consiguiera fotos para
SERA—¡Dijo que vendrá con nosotras! —gritó Christy, irrumpiendo en mi habitación sin tocar la puerta ni una sola vez. Me levanté de golpe de la cama con el ceño ligeramente fruncido, preocupada de que le hubiera pasado algo. —Dijo que vendrá con nosotras —repitió, asegurándose de que la escuchara esta vez. Fue entonces cuando abrí los ojos de par en par.—¿Qué? —susurré mientras Christy se lanzaba a mis brazos; la rodeé con un abrazo.—Gracias —murmuró, y yo fruncí el ceño.—¿Por qué? —pregunté, sin entender de verdad por qué me daba las gracias.—Tú lo convenciste —dijo, pero yo sacudí la cabeza.Antes, cuando Damian había salido hecho una furia de su habitación, Christy rompió a llorar y me rogó que fuera a hablar con él. Sin embargo, en lugar de una conversación, me encontré con que estaba sufriendo un ataque de pánico, algo que todavía me tenía desconcertada. ¿Cómo era posible que un hombre tan imponente tuviera un ataque de pánico? ¿Quién lo hubiera imaginado?—Yo no fui quien l
DAMIAN—¿Qué quieres? —pregunté tras unos segundos de silencio, a lo que respondió con una risotada oscura.—Quiero muchas cosas en esta vida, Damian —dijo. Miré a Seraphina, quien parecía bastante interesada en saber con quién hablaba—. Como estrangular hasta sacarle el último aliento a tu cadavérico pellejo y quitarte todo lo que me arrebataste —continuó y hizo una pausa—. Incluida a la novia.Se me apretó el puño en ese instante.—Estás buscando tu propia muerte, Vincenzo —mascullé entre dientes, y él soltó una carcajada burlona.—¿Y?—Y la vas a encontrar —sentencié con voz fría. Al otro lado de la línea se hizo el silencio.—Ya lo veremos —dijo finalmente y se aclaró la garganta—. Si quieres a tu pequeñuela, ven a buscarla tú mismo —añadió, y esta vez fui yo quien soltó un bufido despectivo.—Mátala si quieres —solté sin inmutarme. A Seraphina se le abrieron los ojos de par en par, entre el pánico y la confusión.—Te estás echando para atrás —me provocó Vincenzo entre risitas—. ¿
DAMIAN—Damian —susurró Christy entre sollozos mientras me acercaba, preguntándome por qué esas palabras expresadas por ella me dolían tanto en el pecho. Siempre estuve preparado para cualquier cosa que pudiera pasarme, y esa mentalidad comenzó desde el día en que maté a mi propio hermano. Desde entonces, nada me había vuelto a doler... hasta ahora. Hasta que oí a Christina hablar de esa mujer otra vez, hasta que la escuché decir que la había echado de menos, hasta que descubrí que Seraphina, la mujer en la que quizás había empezado a confiar, lo sabía todo sobre ella.Me giré lentamente hacia Seraphina, quien tragó saliva y bajó la mirada. Volví a ponerme de frente a Christy.—¿La echas de menos? —pregunté con frialdad y asentí—. ¡Echas de menos a la mujer que te abandonó cuando eras una adolescente y me dejó a mí a cargo de todo! —estallé, y una lágrima corrió por su mejilla—. ¡Echas de menos a la mujer que traicionó a nuestro padre y a su propio hijo! ¡A la mujer que hizo que yo ma







