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Capítulo 3

Autor: Dulce
last update Fecha de publicación: 2026-03-29 21:13:34

En las hábiles manos de David, los arpegios parecían colocarse solos, formando la melodía de una canción cuya letra solamente él conocía. Miranda lo escaneó con la mirada; las manos le temblaban a él al colocar las notas con la destreza que solamente dan las horas de práctica. Lloraban las cuerdas de la guitarra a la par de David, en cuyos ojos se vislumbró una lágrima.

—¿Cómo es que conoces a mi exnovio? —preguntó su nueva roomie.

—Este lugar me permite ver y escuchar conversaciones, como la tuya. Pero en el día de hoy, tú desafiaste mis expectativas. ¿Quieres que de tu discusión de hoy te diga cuál es mi frase favorita?

—Ya cállate, no lo quiero saber —pidió ella y se dispuso a irse.

—Por haberme usado, al menos me debes acompañar a un café —sentenció David, guardando la guitarra en el estuche.

Ella le confesó que no tenía dinero. David respondió que no pedía que le pagara un café, sino que lo acompañara. Miranda, con la adrenalina corriendo por sus venas, aceptó. Preguntó a dónde la llevaría y, en respuesta, David sacó un termo, un vaso y dos panes de la maleta; sirvió el café y se lo extendió con el pan.

—Tranquila, este pan es fresco: me lo da doña Carmen a cambio de una canción y el café, don Armando…

Avergonzada, ella recibió el vaso humeante. Sintió escalofríos al pensar que el vagabundo pudo colocar sus labios sobre aquel vaso. La sonrisa de David la descompuso; él la recriminó diciendo que se sorprendería de sus protocolos de limpieza y que, además, para andar con Frederic, ella no era tan pulcra como pareciera. Miranda usó una de las barandas para sentarse, tomó su café despacio y preguntó:

—¿De dónde sacaste esa guitarra?

—Ese es un secreto de artista… —respondió David, dejando de comer su pan.

Al terminar el café, ella devolvió el vaso y agradeció. El vagabundo lo recibió, lo guardó cuidadosamente en la maleta y se acomodó. Cerró los ojos como si el rumor del río le comentara los pormenores del día. Ella se encogió de hombros y, para no quedar como una maleducada, le dio las gracias y extendió su mano en señal de despedida.

—Algo me dice que no quieres irte. Puedes decirme una canción y la toco para ti. ¿Qué te parece? —preguntó él mientras volvía a desenfundar la guitarra.

Ella empezó a tararear una de las canciones que le gustaban a su padre; David colocó los acordes exactos, fusionando su arte.

Las lámparas empezaron a encenderse, dotando a la ciudad de luces azuladas y rojizas, señal exacta de que en semanas celebrarían otra Navidad.

—Al diablo con los proyectos de año nuevo —murmuró después de terminar de cantar…

David elogió su voz y la invitó a cantar con él a cambio de la mitad de lo que ganaran. Ella aceptó porque no tenía ganas de hablar, pero sentía que tenía demasiado por decir.

Algunos transeúntes y turistas se detuvieron a escucharlos, pidieron fragmentos de canciones y ella los cantaba. Ese espacio en el puente se convirtió en su escenario hasta que los transeúntes dejaron de pasar. Al ver los billetes arrugados en el estuche de la guitarra, Miranda sonrió. Se sentó a su lado y le preguntó si era cierto que vivía bajo el puente. David asintió sin dar mayores detalles. Su nueva cantante lo vio contar el dinero y sonreír; preguntó quién había sido él antes de exiliarse a vivir solo bajo un frío puente. David se aclaró la garganta y dijo:

—En la vida el pasado ya no existe, es solamente el presente. En este momento somos roomies y es lo único que importa. Pero si no puedes cumplir tu palabra, puedes tomar parte del dinero y marcharte.

—Voy contigo y te demostraré que puedo —sentenció ella con determinación, frunciendo el ceño.

David le contestó que el puente no era para personas débiles. Miranda sonrió e insistió en que no se iría a otro lado; el dinero no le alcanzaba para un hotel y era muy tarde para molestar a sus amigas. No podía admitir que a la mujer que creía su hermana la había visto en las fotos besando a su novio. David se encogió de hombros, cargó la guitarra, empuñó la maleta y fue río abajo. Miranda, con los tacones en la mano y buscando el césped para no lastimar sus pies, fue tras él.

Se detuvieron frente a la panadería de Carmen. David saludó y presentó a Miranda como su amiga. Carmen sonrió, recibió el termo para devolverlo a Armando y pidió otra canción. Con la voz ronca, Miranda coreó la melodía sugerida. David, consciente de que su estilo de vida sería una carga, pidió a su amiga panadera que le permitiera a ella pasar la noche allí. Doña Carmen negó el favor con firmeza al notar cómo, disimuladamente, Miranda aplicaba una pinza al brazo de David. Luego continuaron hasta llegar a los grandes soportes del puente más importante de la ciudad.

—Bienvenida al Hotel El Puente. Puedes quedarte cuanto quieras, hay espacio de sobra —explicó David como si hablara de un resort de lujo.

Ella miró el incómodo espacio con la luz de la linterna del celular; había en una esquina una pequeña pila de libros viejos que cubrían algo del frío que se filtraba. Suspiró mientras David sacaba una colcha de la maleta.

—¿En serio te vas a quedar aquí? —preguntó él sacudiendo un viejo colchón.

Ella dudó. David, cuya cabeza ya maquinaba un plan, le entregó el dinero que había separado y la acompañó hasta un hostal no muy lejano. Al llegar, ella agradeció con un abrazo y prometió pagarle cuanto antes.

—Quiero hacer un negocio contigo. Mañana vengo por ti —advirtió él al dejarla en la recepción.

La recepcionista, que conocía a David de mucho tiempo, ofreció un té de tilo a Miranda y la llevó a la habitación. El lugar era pequeño, pero su vista al río le daba un toque encantador. Se acostó con el murmullo del agua y, por efecto del té, se quedó profundamente dormida.

David, de regreso en su colchón, se acomodó y sonrió con el recuerdo de Miranda. Al cubrirse con la colcha, se reprendió a sí mismo por lo que llamó su cobardía:

—El plan funcionará mejor si, al estar más tranquila, acepta mis ideas —expresó, como si la manta pudiese contestar. Después de un bostezo profundo, consiguió dormir.

Miranda despertó con el sol filtrándose por las cortinas. Respiró aliviada al darse cuenta de que la angustia extrema del día anterior empezaba a ceder. Revisó el celular y encontró un mensaje de Adolfo:

"Miranda, el puesto seguirá para ti si lo deseas. Tu renuncia queda pendiente por una semana para que lo pienses más tranquila. Tómate estos días para ordenar tu vida."

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