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Capítulo 4

Autor: Dulce
last update Fecha de publicación: 2026-03-29 21:15:15

Al amanecer, David pasó por la panadería de Carmen. Luego de desayunar, le informó que se ausentaría; no sabía por cuánto tiempo. Carmen, sonriendo, preguntó si era por la señorita que lo acompañaba en la noche; él asintió levemente y se alejó despacio, arrastrando su maleta. Con la guitarra sobre el hombro, regresó al hostal donde Miranda tomaba el desayuno de cortesía que le brindaron. Luego de un saludo, David explicó:

—Hay un lugar que quiero que conozcas, pero para llegar ahí tenemos que caminar casi una hora. ¿Podrás hacerlo?

La convicción de David hizo a Miranda seguir aquella idea; al menos caminando podía despejar su mente. Asintió y ayudó a David a cargar la guitarra mientras él arrastraba la pesada maleta llena de libros y la vieja colcha.

—Sin preguntas ni réplicas —ordenó David.

Ella lo siguió. Salieron a la vía principal, caminaron media hora y cruzaron parte del centro histórico. Al sentarse a descansar, de su vieja maleta él sacó una llave; avisó que faltaba poco para terminar el recorrido. Caminaron hasta quedar frente a una mansión patrimonial en la parte céntrica de la ciudad y abrieron la puerta principal. David usó el comando de voz para encender la luz. Los pisos de caoba brillaban, emanando una calidez instantánea. Miranda se quedó observando todo, asombrada, sin moverse.

—No te preocupes, podrás quedarte aquí el tiempo que necesites —agregó él con una voz diferente; ahora tenía fuerza, elegancia y orden.

—¿Cómo tenías la llave de esta casa? —interrogó ella sin salir de su asombro inicial.

—Cálmate, es mía pero no la puedo poseer del todo; solamente mi hermano lo sabe.

Al ver el temblor en los labios de Miranda, David intentó darle espacio para procesar la información e hizo un ademán para salir…

—Como te dije, quedas en tu casa; si alguien pregunta, diles que Saúl de las Casas te autorizó a quedarte.

Ella movió la cabeza y se adelantó a la salida.

—Es demasiado bueno para ser cierto, no puedo quedarme. —Él explicó que nadie la molestaría, ni siquiera él, pero ella quería saber: ¿Quién era Saúl?

La risa de David denotaba cansancio. Era una fibra demasiado fina, pero al ser él quien abrió la puerta, no vio más opciones que responder.

—Es mi hermano, le haré saber que tienes mi autorización. Él guarda el fideicomiso de esta casa; esa salvaguarda la colocó mi padre.

Miranda recorrió uno de los estantes con los dedos. La madera cálida y fina, apenas con una leve capa de polvo, le hizo pensar que la casa no estaba abandonada del todo. Cruzaron por su mente varias preguntas.

—¿Para qué te dejó tu padre algo de lo que no puedes disponer? Me parece absurdo —observó ella.

David se sentó en el sofá e invitó a Miranda a hacer lo mismo.

—Esto es lo único que conservo de la fortuna de mis padres, lo demás lo regalé. Mi padre pensaba siempre que necesitaría, en algún momento, un Plan B.

Los ojos muy abiertos de Miranda y su boca ligeramente seca hicieron un recorrido visual por las instalaciones.

—Soy una e****a de cínico, disto mucho de Diógenes; él se desprendió de todo, yo no pude. A través de esta casa aún conservo mis alas de modernidad. A veces pido a la encargada de la limpieza que lleve jabón y detergente; mi piel extraña los toques finos.

—Tu línea filosófica puede ser otra y aún así ser buena persona —lo consoló ella.

David apartó la vista, suspiró y, al volver a mirarla, comentó:

—Desde que dijiste que ibas a buscar a tus amigas, se me ocurrió algo para arrancar de una vez las raíces que me atan a lo material. —Ella levantó la cara e iba a preguntar si el frío del puente le congeló el cerebro, pero él continuó—: Si nos casamos y mantenemos el matrimonio por dos años, la casa quedará libre; entonces ya no habrá la máquina expendedora de jabón o el comodín de regresar aquí. Yo seré libre y, a cambio, te dejaré la casa.

Ella lo miró con desaprobación.

—No estoy desamparada, tengo a mi disposición las pertenencias de mi padre, pero si volvía allí, Frederic hubiera descubierto que mentí respecto a la herencia y no tengo fuerzas para eso. Aún me duele. —Hubo una larga etapa de silencio—. Me duele que mi padre haya muerto con la única esperanza de que yo mienta sobre la herencia para que saliera su verdadera personalidad. Me duele que defender a un patán me haya apartado del único hombre que sacrificó mucho por cuidar de mí. Mi madre se divorció y se fue, pero él siempre estuvo para mí.

David levantó la cabeza y le recalcó que con mayor razón podía aceptar la propuesta: eran dos años. Miranda frunció el ceño y respondió que lo iba a pensar bien. Esa respuesta fue suficiente para David. Se puso de pie y le indicó las gradas al segundo piso.

El ascenso por las escaleras aceleró el corazón de Miranda; el roble mazizo con el pasamanos cuidadosamente labrado le daba un toque rústico sin salir de la elegancia, mientras su mente procesaba la extraña petición de matrimonio. Rumiaba con amargura el rostro pálido de su padre al tomar su mano:

—Princesa, sabes que te amo —le había dicho con su tono entrecortado pero firme—. Si pudiera negociar más horas de vida a cambio de lo que tengo, lo haría.

Miranda se aferró a su mano como si de eso dependiera un alargue a su existencia.

—Todo es tuyo. Pero prométeme que no le harás saber nada a tu novio…

Ella lo miró con resignación y le dijo entre lágrimas que no le interesaba el dinero.

—Prométeme que en el momento que Frederic pregunte por mi fortuna le vas a decir que nada te dejé.

Miranda asintió con un ligero movimiento; sin embargo, al tener los ojos de su padre sobre ella, respondió:

—Lo prometo.

Ella quería defender a Frederic, pero no podía causar más angustia a su padre...

Al entrar en la recámara para huéspedes, David le dijo que podía acomodarse ahí; dentro de los roperos podía encontrar una bata de dormir y una salida de cama. Al ver a Miranda perdida en sus pensamientos, preguntó:

—¿Cómo descubriste que tu novio era un patán?

—Secreto de artista —respondió ella.

—Esa frase es mía —reclamó David con una sonrisa de medio lado.

—Quiero ir por mis cosas, no voy a salir en bata a buscar otro trabajo —expresó ella cambiando radicalmente el tema con una sonrisa.

—Te recomiendo tomarte unos días. Mientras piensas en la propuesta que te hice, podemos ir de mochileros a la playa o la montaña, lo que prefieras.

—Aún no digo que sí... ¿y ya quieres controlarme? —preguntó Miranda, mientras David se encogía de hombros.

—Si no quieres viajar conmigo, no hay problema —aclaró al final para frenar la confrontación…

—¿Tan rápido te rindes?

—Las relaciones forzadas terminan mal, eso es todo.

—¿Qué pasaría si te digo que prefiero ir por mis cosas y regresar a la casa de mi padre, luego me tomaré un año sabático para después estudiar la maestría que quise y finalmente buscaré un trabajo?

David la escuchó con cuidado antes de responder:

—Bien, ya veo que en tus planes no encaja mi propuesta, siendo así la retiro…

—Pensé que darías pelea, pareces un viejo rindiéndose al primer no.

—Muchachita, si no me equivoco, tienes a lo mucho 25; en cambio, yo estoy en la línea de los 35, más los años de exilio sumados a crecer con mis abuelos. ¿Qué esperabas?

—Acompáñame a la casa de Frederic y pensaré en la propuesta de tomar vacaciones…

Con la voz suave de Miranda, David hizo una mueca: eso sonó como una orden, pero él, que prefería enfrentar al sistema, estaba dispuesto a obedecer. Bajaron hasta la sala dispuestos a salir juntos por las maletas…

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