FAZER LOGINLos demás, que eran sus amigos, también la observaban detenidamente. Era como si la estuvieran marcando para luego acecharla y acabar con ella en manada.
Esto no le sorprendía, ya que ellos también lo hacían con frecuencia. Cuando sentían que eran agraviados, Zander dirigía a sus hombres para atacar. En una ocasión, Zander empujó al lobo intruso que acababa de llegar a la manada, provocando un alboroto. Lo curioso era que ella, la única ajena a la realidad, no sabía que aquel lobo no era un vecino común; nunca se había preguntado quiénes eran o de dónde venían. Desconocía por completo la vida y el círculo íntimo de Zander.
Para ella, su familia era su manada, y su lealtad estaba con ellos, así como la lealtad de Carri estaba con la manada Rair. Cualquier amenaza contra esa manada era considerada un ataque a ella misma y a su familia.
Lo más crucial para aquella loba, sin familia ni manada, era la lealtad. Había desarrollado esta mentalidad desde la trágica muerte de toda su familia; desde entonces, era leal a sus propias convicciones y estaba dispuesta a pelear e incluso sacrificarse por esa lealtad. Esta devoción la llevó a ganarse el cariño de Zander. El primer encuentro entre ambos ocurrió cuando ella salvó la vida de Jair, momento en el que Zander reconoció su singularidad como una loba leal e incapaz de traicionar a quienes le importaban.
—Aska… Ser mi medio hermano no te otorga el derecho de irrumpir en mi manada e imponer que te respeten — Dijo Zander. Carri escuchó atentamente esas palabras. En un instante, una corriente eléctrica recorrió cada centímetro de su débil cuerpo.
«¡Estoy acabada!... Oh, dios, Carri, tú no aprendes en absoluto», Pensaba ella.
— ¿Has dicho hermano?... ¿Este sujeto es un Alfa? —Carri pregunta, consternada e incrédula ante lo que estaba escuchando. Zander y los demás fijan sus ojos en ella, viendo a una joven en serios problemas y con un gran temor reflejado en sus ojos.
—Ah, como no me lo imaginaba esto… Supongo que no le has contado que somos hijos del antiguo Alpha de esta manada. ¿Aún te comportarás arrogante delante de mí? — Indago Aska. Zander estaba apenado por ella, pero no permitiría que su hermano la atacara ni mucho menos que la castigara.
—Luke… Lleva a mi invitada a mi residencia. Y quédate con ella, ¿has entendido? —ordeno Zander. Luke, sin decir absolutamente nada, lleva a Carri consigo. Mientras se alejan del lugar, los otros lobos sonreían como si estuvieran presenciando algo cómico, dejando a la omega insegura de sí misma.
—Muy bien… Dime ¿Qué te trae por estas tierras? —pregunta Zander. Mientras que se acerca delante de una silla y se sienta en ella junto al fuego. Lentamente, todos los lobos de la manada de Zander se van dispersando. No deseaban seguir allí, escuchando las conversaciones de aquellos dos jóvenes que después de mucho tiempo se volvieron a reunir.
— ¡Siempre directo!... Tranquilízate hombre, no vine a pelear, sino a pedir tu ayuda con algo más — expresó Aska. Zander queda asombrado ante las palabras de Aska. Lo conocía muy bien, solo si es algo que no estuviera a su alcance se atrevería a pedir ayuda.
— ¿Qué sucede?... Al ver tu expresión es algo molesto— Aska queda en silencio. Se decía que el silencio era una afirmación de lo que uno se niega a responder, eso era el caso de Aska.
—Bueno… Mi manada y yo estamos sufriendo acosos por parte de las fuerzas de las capas rojas. Se suponía que se habían retirado de los territorios de los Alpinos, pero una aldea vecina fue desbastada por una fuerza desconocida en una sola noche. — manifestó Aska. A medida que Zander escucha las explicaciones de Aska, siente que algo muy, pero muy grande, se acerca hacia ellos.
Mientras Zander se enteraba de los extraños sucesos en los territorios vecinos al oeste del reino Sheridan, no tenía idea de que apenas comenzarían a conocer muchos casos similares al que Aska le estaba comentando.
La manada vecina, ubicada al norte, también estaba siendo atacada. Al parecer, la hora propicia era la noche, y nadie quedaba vivo para contar sobre esos ataques. Los responsables se aseguraban de no dejar a nadie con vida; las personas desaparecidas nunca eran encontradas nuevamente. Esto solo aumentaba los rumores de que los de las capas rojas habían regresado para reclamar su autoridad en cada rincón del reino.
Los pequeños pueblos, distantes de la manada Damon, recibían informes de los recientes acontecimientos en sus territorios. No tenían enemigos conocidos que buscaran su destrucción, mantenían buenas relaciones con otras manadas, y la idea absurda de que los turistas fueran los responsables parecía inverosímil.
El temor comenzaba a extenderse por la manada Damon, y sus miembros pedían a su Alpha que los protegiera antes de ser atacados. Sin embargo, ¿quién o qué eran aquellos seres capaces de masacrar toda una aldea? Todos se hacían la misma pregunta, pero no tenían una respuesta clara, solo sospechas, rumores y leyendas que alimentaban el miedo en el reino.
— ¡Mi señor, la manada pide una audiencia con usted! —expresó Darién. Casius soltó la pluma y lo miró directamente a los ojos.
— ¿Qué sucede con nuestra gente?... — Indago preocupado desde donde se encontraba el Alpha de aquella manada, Casius podía escuchar cómo una multitud se dirigía hacia su residencia. A pesar de su fama, nunca estaba acompañado. A Casius no le gustaba estar rodeado de muchas personas, a pesar de ser líder de su manada, evitaba estar en medio de la multitud.
Arabella, su única hermana, era la encargada de escuchar las inquietudes de la manada. Sin embargo, en esos momentos, Arabella estaba en una importante misión dirigiéndose a las tierras del Alpha Beast.
—Vamos. Veamos qué quieren… Por cierto, dame la daga, por si acaso. Uno nunca sabe cuándo nos será útil. —Dijo Casius. Darién asintió y sacó la daga del cajón del escritorio, entregándosela a su Alpha. El joven guerrero sabía que Casius no estaba de acuerdo en enfrentarse a la multitud, pero esta vez tendría que hacerlo. Era su deber y necesitaba escuchar a su gente, y eso lo entendía perfectamente.
— ¡Alpha, reciba nuestros saludos!... Estamos aquí para pedir que nos proteja de aquellos seres despreciables que han atacado a los reinos cercanos de Terrasen — dijo Laurent que vivía con ellos por mucho tiempo. Mientras uno de los habitantes hablaba, Casius observaba atentamente cada gesto. Desde su posición, podía sentir el temor palpable que habitaba en ellos.
—Laurent, levántate… Créanme, no hay nada que deban temer. —Casius intentaba calmar el miedo que embargaba a su pueblo. Sin embargo, nunca imaginó que un simple rumor podría convertir la seguridad de su gente en un temor que los hiciera parecer inferiores. La actitud de su gente solo enfurecía a Casius.
—Pero señor... pedimos clemencia, no temo por mí, sino por mis hijos y mi esposa. Señor… Le suplico que haga algo, antes de que seamos los próximos en ser atacados —dijo Reik otro habitante con voz temblorosa. Detrás de él estaban sus hijos y su joven pareja, todos con la mirada en el suelo.
—Está bien, me encargaré de enviar a sus parejas e hijos a un lugar más seguro. Pero ustedes se quedarán conmigo y nos prepararemos para la batalla que dicen temer tanto —al decir esto, Casius observa con asombro que su pueblo vuelve a arrodillarse ante él, demostrando que harían lo que su líder estaba diciendo.
— ¡Oh, gracias, mi Alpha!... Haremos lo que sea para protegerlo y proteger a nuestra manada —mencionó uno de los hombres que estaban detrás de Laurent. Estaba claro que harían cualquier cosa para proteger a sus familias.
Casius, al igual que su hermana, aún no había encontrado a su compañera de por vida. En el caso de Casius, esperaba no encontrarla; no deseaba debilitarse por ese sentimiento. Para Arabella, era lo contrario; pensaba que encontrar a su pareja solo la fortalecería más. Deseaba experimentar ese sentimiento que no era solo amor, sino un vínculo que toda loba anhelaba tener.
Tanto Arabella como Casius eran rewops, y nadie en esa manada sospechaba la verdadera identidad de los hermanos lobos. Ambos sabían cómo ocultar sus verdaderas naturalezas. Su poder, el fuego, más que una bendición, era una maldición, ya que Casius aborrecía todo lo relacionado con esos dones debido a su incapacidad para controlarlos.
Normalmente, los rewops nacían con dos poderes, manifestados en ojos de diferentes colores. Sin embargo, Casius tenía ambos ojos del mismo tono rojo ardiente que se encendía cada vez que se alteraba. Debía llevar un limitador de poder, un pendiente que le permitía controlarse, al menos mientras pudiera aguantar, ya que había roto varias docenas de ellos al perder el control o enfurecerse. El que llevaba ahora había durado más tiempo que los anteriores, un récord para él.
El primer paso fuera del palacio no fue un paso; fue una liberación.La puerta, que antes parecía devorar la luz, era ahora solo piedra herida. Fragmentos ennegrecidos colgaban como dientes quebrados de una bestia muerta, y el umbral ya no vibraba con esa presión invisible que los había mantenido al borde del colapso.Hans cruzó primero. No por una cuestión de rango, sino por una necesidad física de aire. El viento lo golpeó en el rostro, frío, punzante, real. Sus pulmones se expandieron en una bocanada desesperada, como si por primera vez en siglos pudiera respirar sin sentir que una presencia ajena lo observaba desde sus propias entrañas.Detrás de él, la manada emergió con lentitud, cautelosos, como si esperaran que el suelo volviera a traicionarlos bajo sus pies. Arcelia fue la siguiente. Sus ojos recorrieron el horizonte, listos para la amenaza, pero algo en su expresión se suavizó de inmediato.—Míralo… —murmuró, casi sin aliento.Hans alzó la vista. Y entonces lo vio, el
Las ruinas del palacio ya no se sentían como una prisión, sino como el mausoleo de una era que se negaba a morir y que, finalmente, había descansado. Los muros, que antes latían con una malevolencia orgánica, eran ahora simple piedra inerte, desmoronándose bajo el peso de su propia historia. El silencio que inundaba la sala no era el vacío de la muerte, sino la paz que sigue a una tormenta que duró siglos.Hans ayudó a Zuke a ponerse en pie. Sus manos se encontraron y el contacto fue eléctrico, pero no por el poder, sino por la humanidad. Él la sostuvo con una firmeza que decía más que cualquier palabra, asegurándose de que sus pies realmente tocaran tierra firme.Zuke se tomó un momento para observar sus palmas. Sus venas ya no ardían con el brillo febril del palacio; ahora, una energía suave, un matiz plateado y cobrizo, fluía bajo su piel. Era una fuerza mansa, una corriente que ya no intentaba desbordarla, sino que la acompañaba.—Se siente... diferente —susurró ella, cerrando
—Ineficiente… inestable… —sentenció la entidad.Se movió con la intención de absorberlo todo. Una presión absoluta descendió sobre Zuke, intentando reclamarla, convertirla en un canal vacío para su voluntad.—¡Zuke! —el grito de Hans fue ahogado por el vacío.Aemin lanzó una llamarada desesperada; Kael ordenó la retirada; Arcelia se plantó como un muro. Pero nada servía. La entidad no podía ser destruida desde el exterior. Zuke soltó un grito de resistencia pura. La energía explotó, pero no hacia afuera, sino hacia el centro de su propio ser.El mundo se detuvo. Literalmente. Todo quedó suspendido en un fotograma de caos congelado.Zuke abrió los ojos. Ya no eran dorados ni oscuros. Eran ambos, fundidos en una mirada calma, firme y profundamente humana.—No voy a elegir entre ustedes —sentenció.—Error… —rugió la entidad.—No. Corrección.Zuke alzó las manos. La luz y la oscuridad dejaron de orbitar con violencia y se alinearon en una armonía geométrica.—El equilibrio nunca f
De pronto, el tiempo pareció congelarse. Las sombras se detuvieron en mitad de un zarpazo. El fuego de Aemin se desvaneció. El aire se volvió denso, difícil de tragar.Una figura emergió del fondo de la sala, caminando con una parsimonia aterradora. Kerpes. Pero se veía distinto: su presencia era más tenue, menos tiránica. Parecía… humano.Hans se tensó de inmediato.—Tú…—No vine a pelear —dijo Kerpes, con una voz que carecía de su habitual veneno.—Siempre dicen eso antes de matar —escupió Kael.Kerpes lo ignoró. Sus ojos se clavaron en Zuke y, por primera vez, hubo algo parecido a la compasión en su mirada.—Así termina… —murmuró.—No —respondió ella desde su trono—. Así empieza.Kerpes negó con lentitud.—No lo entiendes. Yo tampoco lo entendía.—¿De qué hablas? —exigió Hans.Kerpes desvió la vista hacia las paredes latentes del palacio.—Del ciclo. Del sistema que nos convirtió en esto. Yo no elegí este camino; fui empujado. Exactamente como tú.Zuke no respondió, pero su e
El palacio respiró. No fue una metáfora.Las paredes se expandieron y contrajeron como un pulmón colosal. Bajo los pies de Hans, el suelo dejó de ser piedra sólida para convertirse en algo latente; cada paso parecía activar un mecanismo antiguo, una memoria dormida en las entrañas del lugar.Zuke seguía frente a él, pero ya no era solo ella. El aire a su alrededor vibraba con una energía que no se desbordaba, sino que se contenía con una presión insoportable. Era como un océano entero atrapado en un cuerpo humano.Hans avanzó un paso más. Lento. Calculado.—Zuke —dijo con voz firme—. Mírame.Ella no reaccionó de inmediato. Sus ojos, dorados y oscuros en un eclipse perpetuo, parecían mirar más allá de él, atravesando su carne y su historia.—Te estoy mirando —respondió finalmente—. Pero no veo lo mismo que tú.El golpe fue directo al alma.—Entonces recuerda —insistió Hans—. No este lugar, no este palacio. Recuerda quién eres.Zuke inclinó levemente la cabeza, un gesto casi a
En el instante en que cruzaron las puertas… el mundo dejó de obedecer.No hubo un estruendo. Tampoco un cambio brusco. Fue algo peor: un proceso sutil.El sonido se deformó primero; los pasos ya no resonaban, se hundían. La respiración se volvió errática, como si el aire se negara a llenar los pulmones. Luego mutó la luz, una claridad rojiza, pulsante y viva, que sugería que el palacio no había sido construido, sino que estaba latiendo.Hans avanzó un paso más. Solo uno. Y cuando giró sobre sus talones… ya no estaban.Ni Arcelia, ni Kael, ni las manadas. El vacío lo envolvió sin previo aviso.—No… —murmuró, tensándose.Buscó desesperado, rastreando un olor, una presencia, una vibración. Nada. El vínculo con la manada se había cortado en seco. Un silencio profundo se apoderó de la estancia, pero no era un silencio natural. Era un silencio que escuchaba.—Sabía que vendrías —dijo una voz.Hans se quedó inmóvil. Reconocía ese tono. Giró lentamente y la vio. Zuke estaba allí, de