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67. La Desicion

last update Data de publicação: 2026-04-25 08:06:09

​—Ineficiente… inestable… —sentenció la entidad.

​Se movió con la intención de absorberlo todo. Una presión absoluta descendió sobre Zuke, intentando reclamarla, convertirla en un canal vacío para su voluntad.

​—¡Zuke! —el grito de Hans fue ahogado por el vacío.

​Aemin lanzó una llamarada desesperada; Kael ordenó la retirada; Arcelia se plantó como un muro. Pero nada servía. La entidad no podía ser destruida desde el exterior. Zuke soltó un grito de resistencia pura. La energía explotó, pero no
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  • Amor Salvaje   69. Secuela- Cenizas del Nuevo Cielo

    ​El primer paso fuera del palacio no fue un paso; fue una liberación.​La puerta, que antes parecía devorar la luz, era ahora solo piedra herida. Fragmentos ennegrecidos colgaban como dientes quebrados de una bestia muerta, y el umbral ya no vibraba con esa presión invisible que los había mantenido al borde del colapso.​Hans cruzó primero. No por una cuestión de rango, sino por una necesidad física de aire. El viento lo golpeó en el rostro, frío, punzante, real. Sus pulmones se expandieron en una bocanada desesperada, como si por primera vez en siglos pudiera respirar sin sentir que una presencia ajena lo observaba desde sus propias entrañas.​Detrás de él, la manada emergió con lentitud, cautelosos, como si esperaran que el suelo volviera a traicionarlos bajo sus pies. Arcelia fue la siguiente. Sus ojos recorrieron el horizonte, listos para la amenaza, pero algo en su expresión se suavizó de inmediato.​—Míralo… —murmuró, casi sin aliento.​Hans alzó la vista. Y entonces lo vio, el

  • Amor Salvaje   68. Epílogo: El Primer Aliento

    Las ruinas del palacio ya no se sentían como una prisión, sino como el mausoleo de una era que se negaba a morir y que, finalmente, había descansado. Los muros, que antes latían con una malevolencia orgánica, eran ahora simple piedra inerte, desmoronándose bajo el peso de su propia historia. El silencio que inundaba la sala no era el vacío de la muerte, sino la paz que sigue a una tormenta que duró siglos.​Hans ayudó a Zuke a ponerse en pie. Sus manos se encontraron y el contacto fue eléctrico, pero no por el poder, sino por la humanidad. Él la sostuvo con una firmeza que decía más que cualquier palabra, asegurándose de que sus pies realmente tocaran tierra firme.​Zuke se tomó un momento para observar sus palmas. Sus venas ya no ardían con el brillo febril del palacio; ahora, una energía suave, un matiz plateado y cobrizo, fluía bajo su piel. Era una fuerza mansa, una corriente que ya no intentaba desbordarla, sino que la acompañaba.​—Se siente... diferente —susurró ella, cerrando

  • Amor Salvaje   67. La Desicion

    ​—Ineficiente… inestable… —sentenció la entidad.​Se movió con la intención de absorberlo todo. Una presión absoluta descendió sobre Zuke, intentando reclamarla, convertirla en un canal vacío para su voluntad.​—¡Zuke! —el grito de Hans fue ahogado por el vacío.​Aemin lanzó una llamarada desesperada; Kael ordenó la retirada; Arcelia se plantó como un muro. Pero nada servía. La entidad no podía ser destruida desde el exterior. Zuke soltó un grito de resistencia pura. La energía explotó, pero no hacia afuera, sino hacia el centro de su propio ser.​El mundo se detuvo. Literalmente. Todo quedó suspendido en un fotograma de caos congelado.​Zuke abrió los ojos. Ya no eran dorados ni oscuros. Eran ambos, fundidos en una mirada calma, firme y profundamente humana.​—No voy a elegir entre ustedes —sentenció.—Error… —rugió la entidad.—No. Corrección.​Zuke alzó las manos. La luz y la oscuridad dejaron de orbitar con violencia y se alinearon en una armonía geométrica.—El equilibrio nunca f

  • Amor Salvaje   66. La Entidad

    De pronto, el tiempo pareció congelarse. Las sombras se detuvieron en mitad de un zarpazo. El fuego de Aemin se desvaneció. El aire se volvió denso, difícil de tragar.​Una figura emergió del fondo de la sala, caminando con una parsimonia aterradora. Kerpes. Pero se veía distinto: su presencia era más tenue, menos tiránica. Parecía… humano.​Hans se tensó de inmediato.—Tú…—No vine a pelear —dijo Kerpes, con una voz que carecía de su habitual veneno.—Siempre dicen eso antes de matar —escupió Kael.​Kerpes lo ignoró. Sus ojos se clavaron en Zuke y, por primera vez, hubo algo parecido a la compasión en su mirada.—Así termina… —murmuró.—No —respondió ella desde su trono—. Así empieza.​Kerpes negó con lentitud.—No lo entiendes. Yo tampoco lo entendía.—¿De qué hablas? —exigió Hans.​Kerpes desvió la vista hacia las paredes latentes del palacio.—Del ciclo. Del sistema que nos convirtió en esto. Yo no elegí este camino; fui empujado. Exactamente como tú.​Zuke no respondió, pero su e

  • Amor Salvaje   65. La Reina Roja

    ​El palacio respiró. No fue una metáfora.​Las paredes se expandieron y contrajeron como un pulmón colosal. Bajo los pies de Hans, el suelo dejó de ser piedra sólida para convertirse en algo latente; cada paso parecía activar un mecanismo antiguo, una memoria dormida en las entrañas del lugar.​Zuke seguía frente a él, pero ya no era solo ella. El aire a su alrededor vibraba con una energía que no se desbordaba, sino que se contenía con una presión insoportable. Era como un océano entero atrapado en un cuerpo humano.​Hans avanzó un paso más. Lento. Calculado.​—Zuke —dijo con voz firme—. Mírame.​Ella no reaccionó de inmediato. Sus ojos, dorados y oscuros en un eclipse perpetuo, parecían mirar más allá de él, atravesando su carne y su historia.​—Te estoy mirando —respondió finalmente—. Pero no veo lo mismo que tú.​El golpe fue directo al alma.​—Entonces recuerda —insistió Hans—. No este lugar, no este palacio. Recuerda quién eres.​Zuke inclinó levemente la cabeza, un gesto casi a

  • Amor Salvaje   64. El Umbral del Alma

    ​En el instante en que cruzaron las puertas… el mundo dejó de obedecer.​No hubo un estruendo. Tampoco un cambio brusco. Fue algo peor: un proceso sutil.​El sonido se deformó primero; los pasos ya no resonaban, se hundían. La respiración se volvió errática, como si el aire se negara a llenar los pulmones. Luego mutó la luz, una claridad rojiza, pulsante y viva, que sugería que el palacio no había sido construido, sino que estaba latiendo.​Hans avanzó un paso más. Solo uno. Y cuando giró sobre sus talones… ya no estaban.​Ni Arcelia, ni Kael, ni las manadas. El vacío lo envolvió sin previo aviso.​—No… —murmuró, tensándose.​Buscó desesperado, rastreando un olor, una presencia, una vibración. Nada. El vínculo con la manada se había cortado en seco. Un silencio profundo se apoderó de la estancia, pero no era un silencio natural. Era un silencio que escuchaba.​—Sabía que vendrías —dijo una voz.​Hans se quedó inmóvil. Reconocía ese tono. Giró lentamente y la vio. Zuke estaba allí, de

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