INICIAR SESIÓNuna Khael llevaba tres semanas saliendo con Madison.No había sido algo planeado. Se conocieron durante una actividad del instituto, cuando ella le pidió ayuda para recoger unas cajas que habían quedado en el salón de música. Después comenzaron a hablar, intercambiaron números y, sin demasiadas vueltas, terminaron saliendo juntos.Madison era tranquila, de cabello castaño y ojos claros. No pertenecía al grupo de amigos de Gael y Olivia, aunque conocía a varios estudiantes del instituto.A Khael le gustaba que ella no hiciera demasiadas preguntas.Con Madison podía hablar de música, películas y planes para el fin de semana sin que cada conversación terminara convertida en un interrogatorio.Aquella tarde, la invitó a cenar a casa.—¿Estás seguro de que no molesto? —preguntó ella mientras caminaban por el sendero de entrada.—Es mi casa también.—No me refería a eso.Khael sonrió.—Rose estará allí. No tienes que preocuparte.Madison asintió, aunque no parecía completamente convencida.
CAPÍTULO 19La chica de la bibliotecaLa lluvia había comenzado antes del amanecer.En Merilan, aquello no era noticia. Las calles amanecían mojadas casi todos los días y los habitantes habían aprendido a caminar mirando el suelo, esquivando los charcos que se formaban junto a las aceras.Lo extraño era que, desde la desaparición de Adrian Cole, el pueblo parecía haber recuperado una costumbre que Gael creía olvidada: hablar en voz baja.En el instituto, los profesores evitaban mencionar su nombre. Los estudiantes compartían rumores en los pasillos y algunos padres habían comenzado a recoger a sus hijos antes de que terminara la jornada.Nadie sabía nada.O eso decían.Gael estaba sentado en las gradas del gimnasio cuando Olivia llegó con una carpeta bajo el brazo.—Tenemos un problema.—Buenos días para ti también.—No estoy bromeando.Olivia dejó la carpeta sobre el banco y se sentó a su lado.—Ayer volví a hablar con la bibliotecaria. Me contó que la chica que acompañaba a Adrian n
El cuarto día sin Adrian Cole, Merilan dejó de fingir que se trataba de una ausencia voluntaria.Su fotografía apareció en las noticias locales, pegada en las ventanas de la cafetería y en la puerta principal del instituto. Su madre había recorrido las calles preguntando por él, y dos agentes de policía visitaron las casas de los estudiantes que habían hablado con el muchacho durante las últimas semanas.La fotografía mostraba a Adrian sonriendo, con el cabello despeinado y una guitarra colgada a la espalda.Parecía imposible que alguien así pudiera desaparecer sin dejar rastro.Sin embargo, Merilan ya había demostrado que lo imposible era una costumbre del pueblo.Gael observó el cartel durante varios segundos antes de entrar al instituto.—No deberías quedarte mirándolo tanto —comentó Samuel a su lado.—¿Por qué?—Porque parece que estás esperando que la fotografía te dé una pista.—Quizá lo haga.Samuel perdió la sonrisa.—¿De verdad crees que le pasó algo?Gael se metió las manos
Dos años podían cambiar muchas cosas en Merilan.Las fachadas de las casas seguían cubiertas de humedad, la niebla continuaba bajando desde el bosque al amanecer y el letrero oxidado de la entrada todavía anunciaba una población que parecía disminuir cada vez que alguien desaparecía.Sin embargo, Gael ya no era el niño que había llegado en el asiento trasero de un Mazda rojo, abrazado a un oso de peluche viejo y convencido de que su madre regresaría el domingo.Ahora tenía diecisiete años.Era más alto, había perdido aquella delgadez infantil y llevaba el cabello un poco más largo de lo que su abuela consideraba decente. Seguía durmiendo con el oso escondido en el fondo del armario, aunque habría preferido morir antes que admitirlo delante de Samuel.Rose tenía dieciséis.Su cabello oscuro le caía por debajo de los hombros y había aprendido a sonreír de una manera que hacía que los adultos confiaran en ella sin pensarlo demasiado. En el instituto, los profesores la adoraban. Sus compa
El nombre que faltabaLa rueda de prensa comenzó a las nueve de la mañana.En Merilan, las tiendas habían abierto como cualquier otro día, pero casi nadie hablaba de otra cosa. En la cafetería junto a la plaza, varios clientes se habían reunido frente al televisor. El dueño del taller de bicicletas había dejado la radio encendida sobre el mostrador. Incluso en la escuela, los profesores permitían que los alumnos consultaran las noticias durante el descanso.La desaparición de Daniel Price y Emily Brooks había perseguido al pueblo durante más de un año.Ahora uno de ellos había regresado.Aunque nadie sabía si aquella era la palabra correcta.En la pantalla apareció la detective encargada del caso. Llevaba el cabello recogido, un abrigo oscuro y una expresión que no invitaba a preguntas innecesarias.—Después de los análisis preliminares y de la comparación con los registros disponibles, podemos confirmar que los restos encontrados ayer en el bosque pertenecen a Daniel Price.En la caf
El centro comercial continuó funcionando después de la noticia, pero algo había cambiado.La gente ya no caminaba con la misma tranquilidad. Algunos se agrupaban frente a las pantallas de la tienda de electrónicos; otros sacaban sus teléfonos para llamar a sus familiares. Una mujer con dos bolsas de compras se apartó del escaparate para hablar con su hijo. Un hombre de traje negó varias veces con la cabeza mientras escuchaba la retransmisión del noticiero.Merilan era un pueblo pequeño. Las noticias no necesitaban demasiado tiempo para llegar a cada casa, y aquella probablemente ya estaba recorriendo el pueblo entero.—Mi madre me va a matar —murmuró Samuel.Olivia lo miró.—¿Por qué?—Porque me dijo que no me acercara al bosque. Ahora va a pensar que me pasé la mañana enterrando gente.—Samuel, por una vez en tu vida, intenta no convertir todo en una historia sobre ti.—Estoy intentando afrontar mi posible arresto con humor.—No vas a ir preso por existir —dijo Gael.—Eso espero. Ser







