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Capítulo 4

Author: Lunita Karo
last update publish date: 2026-01-20 14:48:21

Emma apretó el sobre con el dinero contra su pecho mientras caminaba sin rumbo, sintiendo que el aire se volvía denso. No había avanzado dos calles cuando un dolor agudo y punzante le atravesó el vientre, obligándola a doblarse por la mitad. El sudor frío le empapó la frente y, al entrar al baño de una cafetería cercana, el rastro rojizo en su ropa interior le confirmó su peor pesadilla: una amenaza de aborto. El pánico la invadió, pero no fue un pánico por Noah, sino por esa pequeña vida que, a pesar de todo, no tenía la culpa de la podredumbre de su padre. Tras pasar horas en observación en una clínica pública, donde el médico le ordenó reposo absoluto y calma, Emma se quedó mirando el techo descaracado de la sala.

En pocos días había perdido demasiado. Ya no quería derramar más lágrimas. Y por otro lado, sentía que algo dentro de ella se había secado, dejando en su lugar una costra dura y fría. Seguía doliendo, tanto que se sentía insoportable, pero sabía que no podía despreciar el dinero del sobre; aunque deseaba quemar cada billete que viniera de sus manos, quizá botarselos a la cara, no obstante, la realidad era que estaba sola, sin empleo y repudiada por su propia madre. La necesidad fue el combustible de su rabia. Si Noah pensaba que podía borrarla con un fajo de billetes estaba muy equivocado.

Estaba dispuesta a hablar, a hacer que todos se enteraran de la clase de basura que él era.

​El sábado llegó con un cielo plomizo que parecía acompañar su estado de ánimo. Emma se vistió con lo mejor que tenía, ocultando su palidez tras una máscara de determinación. Ya no era la mujer sumisa que esperaba llamadas a medianoche; ahora era una mujer que no tenía nada que perder, una a la que le habían destrozado el corazón de una forma tan horrible que le dolían las entrañas.

Se dirigió a la mansión de los Campbell, un lugar que siempre tuvo prohibido visitar y que ahora sabía que todo había sido por "mantener las apariencias". Al llegar, el despliegue de opulencia la recibió como una bofetada: autos de lujo, guardaespaldas con audífonos y el brillo de los diamantes que se vislumbraba a través de los ventanales.

«Que tonta fui pensando que me pediría matrimonio a mí» se dijo mentalmente, tratando de contener el temblor de sus labios.

Cuando intentó cruzar el perímetro, dos hombres de seguridad le cortaron el paso con brusquedad.

Había una lista selecta de invitados y obviamente ella no figuraba ahí.

​—¡Tengo que pasar! ¡Noah tiene que darme la cara! —gritó Emma, forcejeando mientras los hombres la sujetaban por los brazos, lastimandola, tratando de sacarla de la vista de los invitados.

​—Lárgate de aquí si no quieres que llamemos a la policía, niñita —le espetó uno de ellos, empujándola hacia atrás.

​—¡Suéltenme! ¡Díganle que Emma está aquí! ¡Que deje de esconderse y que me dé la cara como hombre!

​A unos metros de distancia, Benedict Campbell salió a una de las terrazas laterales, buscando el aire fresco y el silencio que el interior de la fiesta, cargado de hipocresía, le negaba. Encendió un cigarrillo y observó la escena con una curiosidad gélida. Sus ojos grises, oscuros bajo la luz del atardecer se encontraron con los de Emma. Una corriente eléctrica, pesada y cargada de una extraña familiaridad, recorrió la espina dorsal de la mujer. Benedict caminó hacia ellos con una elegancia depredadora, haciendo que los guardias se tensaran.

​—Yo te conozco —dijo Benedict con su voz grave, exhalando el humo lentamente. Tenía buena memoria para los rostros, y sabía que ella estabas en la empresa hace unos días. No era fácil olvidar un rostro bonito como el de ella.

—Trabajas para mí sobrino —concluyó.

​—Soy Emma Spencer, y ya no trabajo ahí —respondió ella, tratando de recuperar el aliento y la dignidad, aunque sus manos aún temblaban—. Su sobrino se encargó de cerrarme todas las puertas.

​Benedict elevó una ceja, notando la ponzoña con la que ella habló de Noah. Entonces hizo una seña casi imperceptible para que los guardias la soltaran. Se acercó un paso más, invadiendo su espacio, recorriéndola con una lentitud que hizo que Emma se sintiera observada hasta el alma.

​—¿Y qué estás buscando aquí, Emma? —preguntó él, manteniendo sus ojos fijos en los de ella—. ¿Dinero? ¿Una mejor liquidación por tus servicios? —indagó ladeando un poco la cabeza.

​Emma soltó un bufido cargado de asco y negó, sosteniéndole la mirada a pesar de la imponente presencia del hombre.

—No me interesa su maldito dinero. Solo quiero que toda esa gente que está ahí dentro sepa la clase de desgraciado que es. Me engañó durante meses, me tuvo escondida como un secreto sucio y, cuando se cansó, me echó como a un perro con rabia para casarse con esa mujer.

​Benedict guardó silencio, analizando la confesión del sucio secreto de su sobrino. Una chispa de inteligencia calculadora brilló en sus ojos grises. Podía ver el fuego de la traición quemando a la mujer frente a él, claro, solo una mujer despechada se atrevería a querer hacer un drama como ese y de repente, sintió que ella era la pieza que le faltaba en su propio tablero.

​—Si entras ahí y haces un escándalo, no pasará absolutamente nada —soltó Benedict con una frialdad pragmática—. Te sacarán a rastras y te irás con una humillación mucho peor que la que ya sientes. Este compromiso es vital para mi padre, Roberto Campbell, y nada va a opacarlo esta noche. Serías solo un ruido molesto que olvidarán con la siguiente copa de champán.

​Emma bajó la cabeza, sintiéndose devastada por la verdad de sus palabras. Las fuerzas empezaban a fallarle otra vez.

¿Que caso tenía?

—¿Entonces qué? ¿Debo dejar que gane? —preguntó en un susurro cargado de odio.

​Benedict tiró la colilla al suelo y la aplastó con la punta de su zapato italiano. Se inclinó hacia ella, su rostro a escasos centímetros del suyo, envolviéndola en su aroma masculino y autoritario. Sus alientos chocaron.

—Si de verdad quieres destruirlo, si quieres verlo caer desde lo más alto, hay formas mucho mejores que un simple escándalo de pasillo. Podrías ocupar otra forma de venganza, una que lo golpee donde más le duele: en su orgullo y en su herencia.

​Emma frunció el ceño, confundida y alerta ante la tensión que vibraba entre ambos.

—¿Cómo? —preguntó, con el corazón acelerado.

​—Casándote conmigo —respondió Benedict, con una sonrisa altiva—. Conviértete en mi esposa, Emma. Entra a esa familia por la puerta grande y quítale todo lo que él cree que ya es suyo.
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Comments (21)
goodnovel comment avatar
Andrea
Chévere El tío muy estratégico
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Jackeline Echavez
ya está ya me engancho está historia y ni se cómo hacer con el tiempo
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Jackeline Echavez
ya dije que me encanta Benedit xq sino aquí lo dejo jajajaa es un desgraciado calculador y me gusta
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