LOGINDominic Valeron contuvo la respiración con tanta fuerza que el pecho le dolió, escuchando la voz fría y pausada de Helios de Crassus al otro lado de la línea. La mandíbula se le cerró con tanta potencia que los dientes amenazaban con romperse. —¿Disfrutaste de las bombas que planté en tus vehículos? —preguntó Helios. El tono era ligero… burlón, goteando sarcasmo, mirándolo desde arriba como si no fuera nada. Dominic no sabía si era solo su mente traicionándolo, o si Helios realmente lo estaba ridiculizando de ese modo. Si las posiciones estuvieran invertidas… si él estuviera en la cumbre… habría hecho que este hombre se arrastrara por el polvo. Quería destrozar la compostura de Helios. Ese debería ser yo. Él debería ser el que todos temieran. Aquel cuyo solo nombre hiciera inclinar las cabezas. Había hecho cosas terribles. Cometido pecados imperdonables. Todo para trepar más alto. Para alcanzar el trono donde Helios se sentaba ahora. Ese asiento era mío. Entonces, ¿por qué la
Treinta y seis horas atado a una silla de madera sencilla… Dominic Valeron había permanecido allí todo ese tiempo. Aconite le había permitido mirar. Le había dejado ver en qué se había convertido su hija, todo por su avaricia… por su monstruosidad. Le había dejado observar mientras la alimentaba, con suavidad, con cuidado, solo para mantener la fuerza en sus huesos. —Esto es lo que querías, ¿verdad? —La voz de Aconite era baja, espesa de asco—. Personas como muñecos… sin mente propia, moviéndose solo cuando tirabas de los hilos. Así era, ¿no? Empujaste a tu esposa a la tumba. Casi matas a tu propia hija. Y aún no fue suficiente… pusiste en peligro a tu nieta y a sus hijos no nacidos. Dominic no dijo nada. Los ojos permanecían fijos en Cassandra, que seguía mirando hacia la ventana, la mirada flotando mucho más allá del cristal. Su mente estaba en otro lugar por completo… perdida, a la deriva. —¿Cuándo pararás? ¿Cuando nazcan tus bisnietos? ¿Seguirás tirando de los hilos entonces? D
—Adelante entonces. Acaba conmigo. —Los ojos de Dominic Valeron ardían—. Pero tenlo en cuenta: matarme no prueba nada. Me enfrenté solo a todos vosotros. Solo. ¿Y aún necesitasteis un ejército para derribar al hombre al que llamáis gusano? ¡Ridículo! ¡Patético! Los labios de Helios se curvaron en una sonrisa leve y sabia. Estudió el rostro del anciano. La rabia ardía en los ojos de Dominic, y sin embargo, debajo de ella —clara como el día— el miedo le devolvía la mirada. Todo su desafío era hueco. No cambiaba nada. Si Helios hubiera querido que estuviera muerto, ya lo estaría. No estaría aquí gastando aliento en un cigarrillo, escuchando amenazas inútiles. Estaba vivo porque Helios nunca había pretendido ser quien lo terminara. Era solo el mensajero… entregando a Dominic en las manos que guardaban su verdadera rendición de cuentas. Las de Aconite. Dominic había causado tanto dolor al padre de Graciela. Ahora era el momento de que ese dolor le fuera devuelto. Los años robados nunca
No me dejaré capturar con vida por la familia de Crassus. Ni por Aconite. Si lo atrapan respirando, lo harán sufrir tres veces más. Esta familia de locos jugará con él como con un juguete. Y más allá de eso… él no puede aceptarlo. Décadas de planes cuidadosos, todo… reducido a nada. Luchará. Todavía siente fuerza en los huesos. No es un hombre cualquiera. Es el signor Dominic Valeron. Presidente-regente de un imperio. Y si ese imperio se ha derrumbado hoy, lo reconstruirá… igual que una vez resucitó a Montecorvo del polvo, pieza a pieza. La mandíbula se le cerró con tanta fuerza que los dientes le dolían del odio, cuando su ayudante irrumpió en la habitación. —¡Jefe! Estaba en su cámara privada del refugio… el lugar al que habían huido, agazapados mientras el mundo entero volvía los ojos hacia ellos. Dominic frunció el ceño. —¿Qué ocurre? —Su jet privado… explotó, señor. En la pista. —¿Explotó? ¿Cómo explotó? Cada músculo de su cuerpo se tensó. Las manos le temblaron a la vis
Helios descendió las escaleras del sótano con pasos lentos, pesados, deliberados. Antes incluso de llegar al final, el aire se densificó con el sabor metálico y cobrizo de la sangre. Pesaba, se aferraba a cada respiración. Al pie de la escalera, la luz fluorescente tenue proyectaba un resplandor pálido e irregular… nunca realmente brillante, dejando los rincones engullidos por la sombra, como si la propia habitación susurrara que solo la violencia pertenecía allí. Y era verdad. Aquel lugar había visto cosas que ningún alma debería presenciar jamás. Miró hacia abajo. Su bota se hundió en algo húmedo. Sangre. Esperado. El suelo aquí siempre estaba manchado… siempre de ellos. Las cadenas tintinearon en alguna parte… grilletes mordiendo muñecas y tobillos, golpeando contra las barras frías. El ritmo metálico y áspero se enredaba con la música que Lucian ponía: el *Vals de las Marionetas*. La misma melodía que Helios siempre había conocido allí. —¡Jefe! —Lucian se giró. Llevaba una ba
En lugar de regresar a su propia finca, Helios y Grasya se dirigieron a la mansión de sus padres. Había demasiado que asegurar en casa, y los terrenos de su padre eran más seguros… para Grasya, para los gemelos. Su propia seguridad había sido vulnerada; no llevaría a su familia de regreso hasta que cada capa de protección estuviera restaurada. Cuando el Maserati Levante se detuvo frente a las pesadas puertas talladas de la casa de Hades y Proserpina, la pareja salió de inmediato a recibirlos. Su padre había llamado antes, ofreciendo a todos los hombres bajo su mando. Helios había declinado. Kratos no había sido superado en fuerza… los habían superado en astucia. Dominic Valeron había tendido una trampa. Los guardias de Grasya habían sido bloqueados, el grueso de las fuerzas enemigas desviado para combatir a los hombres de Helios en otro lugar. Solo una fracción la había perseguido por el bosque… y ella había corrido, con dos recién nacidos en brazos, manteniéndolos a salvo. —Dios m







