LOGINAconite envolvió con suavidad la mano de Cassandra y le puso el vaso entre los dedos.
—Bebe un poco de agua, mi amor.Ella no dijo nada, ni una palabra… pero levantó el vaso hasta los labios y se lo bebió entero.Él le limpió una gota escapada de la comisura de la boca con el pulgar, mirándole el rostro. Después de todo lo que había soportado, seguía siendo hermosa. Dulce. De ella había heredado Grasya esa mirada abierta e inocente.—Cassandra…EstSeveren trabajaba en Altieri Construction, una de las familias más prominentes de Santa Catalina, conocida en toda la provincia y más allá. El fundador, Luther Altieri, se había retirado recientemente y ahora sus hijos dirigían la empresa. Severen había empezado desde abajo y había escalado hasta supervisor. La gente intentaba acercarse, pero él mantenía las distancias. Las invitaciones a fiestas llegaban sin cesar; las rechazaba todas. Quería paz. Una vez se había dejado cegar por un brillo falso. Nunca más.Aquella tarde revisaba documentos cuando escuchó una conversación cercana.—Acaban de pasar cinco coches relucientes. Todos de lujo, en fila.La mano de Severen se detuvo. La imagen le resultó familiar: coches brillantes cruzando en procesión. Recordó aquel día con Riva, viendo pasar el convoy de Helios de Crassus en el cruce delante de ellos.¿Habían regresado a Santa Catalina? ¿Por qué?—Son coches de los de Crassus —dijo el recién llegado.—Shhh… no digas ese nombre tan alto.
Grasya apretó la mano de Helios, sentada perfectamente erguida. Habían ido directo a la clínica del doctor Kazimir en lugar de pedir que viniera a la mansión. Solo quería estar segura.La doctora se encontraba en perfecta salud, completamente recuperada. En su momento había lamentado no haber estado presente en el nacimiento de los gemelos, pero Grasya la había tranquilizado: no había sido culpa suya. El peligro y los enemigos se habían interpuesto. Si las cosas hubieran sido tranquilas entonces, la doctora Kazimir habría sido quien la acompañara.—Tengo los resultados —dijo ella con suavidad.Estaban sentados frente a su escritorio, uno al lado del otro. Helios buscó la mano de Grasya y entrelazó sus dedos con firmeza.—Doctora… ¿hay otro bebé en camino? —preguntó él.Ella sonrió con ternura.—Es positivo. Sí. Está embarazada otra vez, señora de Crassus.Helios se giró de inmediato hacia Grasya.—Cara mia…Ella le lanzó una mirada afilada, aunque sin verdadero enojo.—No me sorprende
Los días se deslizaron con rapidez. Habían pasado meses desde que Grasya dio la bienvenida a los gemelos. Hadeon y Helion tenían ya siete meses y gateaban por todas partes. Y cuanto más crecían, más se parecían exactamente a su padre.La mansión de Helios se había convertido prácticamente en un almacén de artículos para bebés. Hades y Proserpina enviaban algo nuevo cada día. La familia de Morris y Lukas hacía lo mismo, sin excepción. Después de siete meses de entregas constantes, tenían ropa, juguetes y equipos suficientes para abrir su propia tienda.Grasya bajó las escaleras. A mitad de camino captó el aroma rico y sabroso del adobo. Helios solía tener un chef a diario, pero últimamente ella le había dicho que quería cocinar para la familia ella misma.Así que si ella no estaba en la cocina… ¿quién era?—Helios, ¿qué estás— Las palabras se le murieron en la garganta. Frente a la estufa, removiendo suavemente una olla, había alguien más. Le daba la espalda, pero Grasya reconocería es
—¿Me pregunto cómo estará Severen?La pregunta se le escapó antes de que pudiera detenerla.Helios giró la cabeza sobre la almohada para mirarla. Estaban acostados uno al lado del otro en la cama, con las luces tenues, listos para dormir. Se incorporó sobre un codo, las cejas oscuras frunciéndose.—¿Lo extrañas? —No había forma de confundir el filo en su voz, el surco profundo de su ceño.Grasya sostuvo su mirada, suave pero firme.—No es que piense en él todo el día. No lo hago. De verdad no sé por qué se me metió en la cabeza de la nada.—¿De la nada? —El ceño se profundizó.Ella sonrió y se acurrucó más contra su cuerpo cálido y sólido.—No te pongas celoso. Estás aquí. Eres tú quien está a mi lado. Mi marido. El padre de mis hijos. ¿Dónde más iba a estar?Él resopló, pero se recostó de nuevo, rodeándole la cintura con un brazo seguro. Ella apoyó la mejilla contra su pecho, los dedos trazando con distracción los músculos firmes bajo la camiseta de dormir, luego deslizándose ligeram
Severen se detuvo frente a las imponentes rejas de hierro de la finca de Helios de Crassus. No dio un paso más. No se anunció. Sobre un hombro llevaba la correa de una bolsa; en el otro brazo, apretaba una pequeña caja de madera.Volvía a Santa Catalina. Para siempre.Ya había firmado la resolución formal para disolver Morenzo CoreTech. Cada documento presentado, cada permiso entregado, cada reunión celebrada. Estaba hecho. La empresa no podía seguir funcionando… no cuando desde el principio se había alimentado de dinero sucio. Primero Francisco Lazer, luego Dominic Valeron. Y cuanto más profundizaba, más claro quedaba: todo provenía de la misma fuente corrupta.Había pensado, por un instante, transferirle sus acciones a Grasya. Pero ¿para qué arrastrar a la mujer que amaba al desastre que él mismo había creado? Ella era demasiado pura, demasiado buena, para que nada de aquello la tocara. Mejor quemarlo todo y alejarse.De todos modos no lo necesitaba. Ya tenía de sobra.Y era feliz.
Aconite contemplaba a los gemelos dormidos uno junto al otro en el cochecito. Los niños lo miraban de vuelta con ojos abiertos y tranquilos.—Parecen casi de un año ya —murmuró, con una sonrisa leve en los labios—. Brazos y piernas regordetes… mejillas redondas. Mis nietos crecen tan rápido.Grasya sonrió con ternura. Estaban reunidos en el jardín de papá Gabriel, bajo el gazebo blanco que Helios había construido especialmente para ese rincón. Su padre cuidaba las huertas cercanas mientras ella servía platos de suman latik caliente —el favorito de su madre, exactamente como lo había aprendido a preparar en Santa Catalina— y jugo de coco frío endulzado con la leche que ella misma había elegido.Cassandra se sentaba en silencio a su lado, la mirada fija con suavidad en los bebés.—Hadeon… Helion —dijo, clara y baja.Todos se giraron. Hablaba con más frecuencia ahora. El médico le había recetado un medicamento nuevo y la diferencia era notable. Grasya sabía que el costo era alto, pero ca







