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La heredera

Autor: Lea Faes
last update Fecha de publicación: 2024-06-22 12:47:36

El atardecer caía sobre el Rancho Blackwell, Guadalupe, sentada en el porche, observaba a su hijo Tony caminar hacia ella con paso pesado. Incluso desde la distancia, podía notar que el humor de Tony estaba más negro que el fondo de una olla quemada.

— ¿Qué pasa, m'ijo? —preguntó Guadalupe cuando Tony subió los escalones del porche— Traes una cara más larga que un día sin tortillas.

Tony se quitó el sombrero y se pasó una mano por el cabello sudoroso antes de responder.

— Pos' nada bueno, amá, las vacas siguen cayendo como moscas en un matadero, a este paso, nos vamos a quedar más pelados que un armadillo en invierno.

Guadalupe frunció el ceño, preocupada:

— Ay, Toño, ¿Y qué vamos a hacer?

Tony se apoyó en la barandilla del porche, mirando hacia los pastos donde el ganado pastaba ajeno a los problemas:

— Pos' seguir dándole, mamá, ¿Qué más? Aunque a veces siento que estoy tratando de ordeñar un toro.

— ¿Y los dueños? ¿No has podido contactarlos? —preguntó Guadalupe.

Tony soltó una risa amarga.

— ¿Los dueños? Esos están más desaparecidos que un ratón en una convención de gatos, cinco años sin dar señales de vida, deben estar más cómodos que una pulga en el lomo de un perro gordo.

Guadalupe estaba a punto de responder cuando el ruido de un motor potente llamó su atención. Una camioneta de lujo se acercaba por el camino de tierra, levantando una nube de polvo a su paso.

— ¿Y eso? —murmuró Tony, entrecerrando los ojos para ver mejor— debe haberse perdido, aquí no viene nadie con un carro más fino que mis botas de los domingos.

La camioneta se detuvo frente a la casa y la puerta del conductor se abrió, una joven mujer bajó del vehículo, luciendo más fuera de lugar que un pingüino en el desierto. 

Tony silbó, impresionado.

— ¡Híjole! Esa mujer está más buena que el pan recién horneado.

Guadalupe le dio un sombrerazo, quitándole el sombrero de la mano.

— ¡Antonio Treviño! Compórtate.

La recién llegada se quedó parada, observando el rancho con evidente desagrado, a pesar de los lentes oscuros de marca que ocultaban parte de su rostro, su mueca de disgusto era evidente.

Tony no pudo contenerse.

— Oiga, señorita, ¿Se le perdió el desfile de modas? Porque aquí lo más elegante que tenemos es mi gallina Clarita, y eso cuando se baña en el arroyo.

La mujer volteó a verlo, su rostro se contorsionó en una mueca de desprecio. Con voz prepotente y tronando los dedos, dijo:

— ¿Qué esperas? Apresúrate a bajar mi equipaje para que pueda instalarme.

Tony soltó una carcajada sarcástica.

— Pos' creo que se equivocó de rancho, princesa. Aquí el único equipaje que cargamos es el de las vacas, y eso cuando las llevamos al rodeo.

— Mi nombre es Marjorie Blackwell, y creo que el letrero en la entrada deja muy claro que este es el Rancho Blackwell, lo que significa que yo soy la dueña de este lugar.

Tony sintió que la sangre le hervía, bajó del porche, ignorando la advertencia de su madre de que fuera mesurado.

— ¡Ándele! —exclamó, parándose frente a Marjorie— Pos' sí que tiene usted más descaro que una zorra en un gallinero, presentarse así después de cinco años de tener este rancho más abandonado que calcetín viejo.

Marjorie comenzó a reír de una manera que hizo que a Tony le subieran los humos hasta la coronilla. Lo miró directamente a los ojos y dijo en perfecto español.

— Escúchame bien, vaquero de pacotilla. No me interesa lo que pienses, soy la dueña de este rancho y harás lo que yo diga.

La mujer se quitó los lentes oscuros, revelando unos impresionantes ojos azules que por un momento dejaron a Tony sin aliento. 

Se quedó momentáneamente hipnotizado por esos ojos azules, los más hermosos que había visto en su vida. "Lástima que la dueña sea más insoportable que una espina en el trasero", pensó, después sacudió la cabeza para despabilarse.

Marjorie volvió a tronar los dedos y le habló en inglés.

— Now, be a good boy and carry my luggage inside.

Tony, irritado por su actitud, respondió en espanglish.

— Mire, miss high and mighty, better hableme en español, que a mí no me va a impresionar con su fancy English. Aquí en el rancho, hablamos más claro que el agua del arroyo.

Marjorie, furiosa, le gritó.

— ¡Date cuenta de tu lugar! No eres más que un simple peón.

Tony soltó una carcajada tan fuerte que probablemente se escuchó hasta el siguiente condado.

— ¡Ay, mamacita! Pos' mire, yo seré un simple peón, pero al menos sé distinguir entre una vaca y un toro. Usted, en cambio, parece que no distinguiría un caballo de una bicicleta ni aunque le dibujaran un mapa.

Con eso, Tony se dio la vuelta y regresó al porche, ignorando los gritos indignados de Marjorie, tomó del brazo a una lívida Guadalupe, que parecía más perdida que un ciego en tienda de pinturas, y la llevó adentro de la casa, cerrando la puerta tras ellos.

Afortunadamente María se había llevado con ella a Lupita ese día al pueblo a visitar a una amiga.

Afuera, Marjorie comenzó a golpear furiosamente el suelo con el tacón de su zapato de diseñador. Con tan mala suerte que el tacón se quebró, haciéndola trastabillar.

— ¡Maldita sea! —gritó— ¡Estos zapatos costaron más que todo este rancho mugriento!

Desde la ventana, Tony observaba la escena, riendo por lo bajo.

— Mira nomás, amá —dijo, volteando a ver a Guadalupe que aún parecía en shock— Parece que las cosas se van a poner más interesantes que un rodeo en día de paga.

Guadalupe se santiguó.

— Ay, Toño, ¿Y ahora qué vamos a hacer?

Tony sonrió maliciosamente:

— Pos' lo que siempre hacemos, amá, sobrevivir. Y si de paso le damos una lección de humildad a la princesita, pos' mejor que mejor.

Afuera, Marjorie seguía despotricando contra el rancho, el polvo, y aparentemente todo lo que se movía en un radio de diez kilómetros.

— ¡Exijo que alguien venga a ayudarme ahora mismo! —gritaba.

Tony se asomó por la ventana y gritó de vuelta.

— ¡Pos' grite más fuerte, a ver si las vacas la escuchan! Porque aquí adentro todos estamos más sordos que una tapia.

Marjorie soltó un grito de frustración que probablemente espantó a todas las aves en un kilómetro a la redonda.

— ¡Esto es inaceptable! ¡Exijo hablar con el encargado!

Tony volvió a asomarse.

— Pos' ya habló con él, princesa, ¿O cree que aquí tenemos un ejército de mayordomos escondidos? Somos más pobres que las ratas de una iglesia.

Marjorie, roja de furia, gritó.

— ¡Tú no puedes ser el encargado! ¡Eres... eres...!

— ¿Demasiado guapo? —completó Tony con una sonrisa burlona— Pos' qué le vamos a hacer, es la cruz que me tocó cargar.

Guadalupe, le dio un golpe en el brazo a su hijo.

— ¡Antonio! No provoques más a la señorita, ya bastantes problemas tenemos.

Tony se encogió de hombros:

— Ay, amá, si no la provoco yo, ¿Quién lo va a hacer? Alguien tiene que bajarla de su nube antes de que se ahogue en su propio perfume caro.

Mientras tanto, Marjorie había logrado arrastrar una de sus maletas hasta el porche, jadeando como si hubiera corrido un maratón.

— ¡Esto es un ultraje! —gritó— ¡Voy a despedir a todos!

Tony abrió la puerta y se recargó en el marco, cruzando los brazos.

— Pos' adelante, princesa, nomás le advierto que si nos despide, se va a quedar más sola que un cactus en el desierto, y dudo mucho que sepa distinguir entre una pala y un tenedor.

Marjorie lo fulminó con la mirada:

— ¡Tú...! ¡Tú...!

— ¿Yo qué? —respondió Tony con una sonrisa burlona— ¿Soy demasiado encantador para su gusto? Pos' ni modo, así me hizo Diosito.

Guadalupe apareció detrás de Tony, empujándolo suavemente.

— Ya, m'ijo. Deja de molestar a la señorita —luego, dirigiéndose a Marjorie, dijo con voz amable— disculpe, señorita Blackwell. ¿No quiere pasar y tomar algo fresco? Debe estar agotada después del viaje.

Marjorie pareció sorprendida por el tono amable de Guadalupe. Dudó un momento antes de asentir.

— Yo... sí, gracias. Eso sería... agradable.

Tony rodó los ojos:

— Vaya, resulta que la princesa sí conoce los modales, quién lo diría.

— ¡Antonio! —lo reprendió Guadalupe— Ayuda a la señorita con su equipaje.

Tony fingió sorpresa.

— ¿Qué no era yo un simple peón? A lo mejor mis manos toscas de vaquero arruinan sus maletas de diseñador.

Marjorie lo miró con desprecio.

— Preferiría que un cerdo cargará mis maletas antes que tú.

Tony sonrió ampliamente.

— ¡Pos' qué suerte! Tenemos varios en el corral, ¿Cuál prefiere? ¿El pinto o el negro?

Guadalupe intervino antes de que Marjorie pudiera responder.

— Ya basta, ustedes dos, parecen más infantiles que un corral lleno de cabritos, Toño, ayuda con las maletas. Señorita Blackwell, por favor, pase.

A regañadientes, Tony bajó los escalones del porche y comenzó a cargar las maletas de Marjorie. Mientras lo hacía, no pudo evitar comentar:

— ¡Caray! ¿Qué trae aquí? ¿Piedras? Pesa más que un toro en engorda.

Marjorie lo ignoró olímpicamente y siguió a Guadalupe dentro de la casa. Tony las siguió, gruñendo.

— Si así van a ser todos los días, prefiero que me patee un caballo.

Una vez dentro, Guadalupe sirvió limonada fresca para todos. Marjorie tomó un sorbo cauteloso y pareció sorprendida.

— Está... está muy buena.

Tony fingió asombro.

— ¡Milagro! La princesa sabe apreciar algo que no viene en botella de cristal.

Marjorie lo fulminó con la mirada.

— ¿Siempre eres tan irritante o hoy te estás esforzando especialmente?

Tony sonrió ampliamente.

— Es un don natural, princesa, como su habilidad para quejarse de todo lo que respira.

Guadalupe intervino antes de que la situación se saliera de control.

— Señorita Blackwell, disculpe que pregunte, pero... ¿Qué la trae por aquí después de tanto tiempo?

Marjorie pareció incómoda por un momento.

— Yo... bueno, mis padres fallecieron hace cinco años. Heredé el rancho, pero... no estaba lista para hacerme cargo. Ahora... las cosas han cambiado.

El ambiente en la habitación cambió instantáneamente. Tony, a pesar de su antipatía hacia Marjorie, sintió una punzada de compasión.

— Lo siento mucho —dijo Guadalupe suavemente— No lo sabíamos.

Marjorie asintió, evitando sus miradas.

— Gracias. Fue... difícil.

Tony, sintiéndose repentinamente incómodo, se aclaró la garganta.

— Bueno, pos'... lamento su pérdida. Pero eso no explica por qué nos dejó colgados como ropa en tendedero durante cinco años.

— ¡Antonio! —lo reprendió Guadalupe.

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Último capítulo

  • Bandido de amor   Epílogo

    11 años despuésEl Sol apenas asomaba cuando Tony despertó, sintiendo el calor de Marjorie contra su pecho, la abrazó más fuerte, respirando el aroma a lavanda de su cabello, sus manos recorrieron suavemente la curva de su cintura, deleitándose con la suavidad de su piel bajo la camiseta.—Buenos días, princesa —susurró, besando su cuello con delicadeza.Marjorie se giró hacia él, sonriendo con los ojos cerrados, Tony se perdió un momento en sus pestañas, en la forma de su boca.—Mmm... cinco minutos más, vaquero —murmuró ella, acurrucándose más cerca.—¿Solo cinco? —Tony deslizó sus manos por su espalda, bajo la tela— Pos' yo tenía otros planes...La besó suavemente, tomándose su tiempo, saboreando cada momento, sus labios trazaron un camino desde su boca hasta su cuello, mientras sus manos exploraban su cuerpo.—Te amo —susurró cerca de su oído— cada día más.Marjorie respondió enredando sus dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca, se besaron apasionadamente, olvidando el mundo m

  • Bandido de amor   Final

    El calor asfixiante de la corte hacía que hasta los abanicos parecieran rendirse. Tony se acomodó en el banco de madera, sintiendo cómo el traje negro le apretaba el cuello.A su izquierda, Marjorie repasaba documentos con el abogado, sus dedos tamborileaban sobre la mesa, a la derecha, Pancho masticaba un palillo, tenía los ojos clavados en la puerta trasera por donde entraría Sarah.—No mires pa’lla cuando entre —murmuró Tony — no le des el gusto.Pancho escupió el palillo al piso.—Pos’ si me pongo nervioso, mejor me avisas pa’ salir a respirar —respondió, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo rojo— esa víbora de cascabel va a escupir puro veneno.El golpe del mazo del juez hizo callar el murmullo de la sala, Tony apretó los puños cuando vio entrar a Sarah, escoltada por dos guardias.La que una vez fuera una mujer altiva ahora parecía una sombra, tenía el pelo grasiento pegado al cuello, pero sus ojos, esos ojos de víbora seguían brillando con el mismo odio.—Señora Joh

  • Bandido de amor   La justicia llega

    El sol quemaba como si el mismo cielo quisiera castigar la tierra aquel maldito día, la iglesia, llena hasta el tope de gente.Tony se mantenía inmóvil junto al ataúd de Guadalupe, con las manos clavadas en los bolsillos del traje que le quedaba apretado, cada apretón de manos, cada abrazo de los vecinos, le dolía más que una puñalada.—Tony, hermano… si necesitas algo —le decía Pancho por quinta vez, la voz le temblaba igual que sus bigotes—. Nomás avísame y…—Ya sé, compa —lo interrumpió Tony, sin mirarlo, con los ojos clavados en el crucifijo detrás del altar— Gracias.Marjorie, parada a su lado, le apretaba el brazo cada vez que sentía que su cuerpo se tensaba demasiado, Lupita, sentada en las piernas de María, jugueteaba con un pañuelo negro.—¿Abela? —preguntó la niña de pronto, señalando el ataúd con su dedito regordete.María tragó saliva, mirando a Tony de reojo, él cerró los ojos, sintiendo cómo el corazón se le partía otra vez, como explicarle a su pequeña que ya no vería a

  • Bandido de amor   El último adiós

    El pitido de las máquinas se escuchaba en el pasillo, era un sonido agudo y constante que parecía rasgar el alma de Tony.Los doctores se encontraban dentro del cuarto, sus voces entrecortadas se mezclaban con el sonido de los aparatos. Tony permanecía pegado al vidrio, sus manos temblaban mientras las mantenía apoyadas en la fría superficie, como si de esa manera pudiera transmitirle su fuerza a su madre a través del cristal.— ¡Ándale, amá! ¡Tú puedes! Pos' eres más fuerte que un roble viejo, siempre me lo has demostrado — susurró con voz entrecortada, cada palabra salía como un grito ahogado.Sus ojos no se apartaban del cuerpo inmóvil de Guadalupe, esperando, rogando que sus párpados se abrieran, que su voz volviera a sonar con ese tono cálido y firme que tanto lo había guiado.Marjorie y Pancho permanecían a su lado, Pancho lo sostenía por los hombros, mientras las rodillas le temblaban, Marjorie tenía las lágrimas corriendo por su rostro, pero se mantenía firme, sabiendo que Ton

  • Bandido de amor   Cobardes

    Tony o podía procesar lo que acababa de escuchar, Sarah, la madre de su hija, había intentado matar a su madre.— No puede ser... no puede ser... —murmuraba una y otra vez.— Tony, mi amor —Marjorie intentó acercarse, pero él se alejó bruscamente.— ¡Pos' esa víbora me las va a pagar! —rugió, su voz quebrándose— En cuanto mi amá salga de aquí, yo mismo...— Tony, por favor —Marjorie logró sujetarlo del brazo— Tu madre te necesita entero ahorita.El médico que había estado hablando con ellos fue llamado repentinamente por una enfermera que salió corriendo del área de urgencias.— ¡Doctor! ¡Es la señora Treviño! —gritó la enfermera.— ¡NO! —Tony intentó seguirlos, pero dos enfermeros lo detuvieron— ¡DÉJENME PASAR! ¡ES MI AMÁ!— Señor, no puede entrar —insistió uno de los enfermeros, luchando por contenerlo.— ¡Pos' suélteme! —forcejeaba Tony— ¡Mi amá me necesita!María, que sostenía a Lupita, se acercó a Pancho con lágrimas en los ojos:— Mi amor, tenemos que llevar a la niña al rancho,

  • Bandido de amor   Terrible noticia

    María corrió hacia donde yacía Guadalupe, al acercarse, el corazón le dio un vuelco al ver que no se movía. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas mientras veía el cuerpo inmóvil de su tía.— ¡Tía! —gritó mientras se dejaba caer de rodillas junto a ella— ¡Por favor, tía! ¡Respóndeme!Sus manos temblaban mientras intentaba tocarla, una señora mayor se acercó corriendo.— ¡Dios mío! ¡La empujaron! —exclamó la mujer— ¡Yo las vi! ¡Vi todo!En lo alto de la escalera, Sarah y su madrastra seguían riendo, celebrando loq ue habían hecho.— Una menos —se burló Sarah con veneno en la voz— Vámonos antes de que llegue seguridad.— Que se pudra en el hospital, ojalá se muera —añadió la madrastra mientras se alejaban a toda prisa.La gente comenzó a arremolinarse alrededor, una joven se arrodilló junto a María.— Tranquila, ya llamé al 911 —le dijo con voz suave— mi esposo es médico, viene para acá.María no podía contener el llanto:— Es mi tía... es como mi madre... por favor… — suplic

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