FAZER LOGINLo despertó el timbrazo del teléfono de la casa. Contestó como pudo, medio dormido, y la voz al otro lado le congeló la sangre.
—Tiene una visita de la señorita Makris —dijo la operadora—. No la deje entrar al edificio, por favor.
Eso fue suficiente para arruinarle la mañana. Se levantó enfurecido, se dio una ducha fría para bajar la rabia y trató de ordenar sus pensamientos, pero el apellido volvía a clavarse como una aguja en la calma que había construido. No podía creer que volviera a aparecer de esa manera, tan invasiva.
Agnes, por su parte, estaba enfadada y decidida. Le ardía la frustración por no haber sido recibida. Si le hubieran dado la oportunidad de explicarle que su visita respondía a una decisión propia, habría aceptado el rechazo con alguna dignidad. No quería que nadie, ni siquiera Ares, decidiera por ella. Nadie tenía derecho a arrebatarle la palabra.
Esperó hasta que él bajó. Trató de acercarse con cautela, pero él la ignoró con tal frialdad que por un instante dudó de su propia existencia. Ares subió a su coche y se fue dejándola plantada en la acera, sola bajo un cielo que le pareció igualmente indiferente. Se quedó mirando el auto alejarse, con la humillación clavada en la garganta.
Había venido a Estados Unidos para huir del pasado, para recomponer su vida. Y, sin embargo, el pasado lo alcanzaba con la violencia de quien no deja margen para la tregua. Condujo a toda velocidad hasta el hospital. Por fortuna, entró a quirófano y las horas de operación le dieron un refugio temporal. Aun así, la mente no lo abandonaba, y el pensamiento del niño que necesitaba ayuda se repetía como un latido obstinado.
Al salir de quirófano, fue directo a la oficina y la encontró esperándola. La sorpresa lo atravesó: ¿diez horas de espera? ¿No se cansa la gente? Para Ares su presencia era una insolencia. Para Agnes era una necesidad revestida de coraje.
—No te quiero ver aquí —dijo Ares, cortante—. Ahora mismo voy a despedir a la persona que te dejó entrar.
—No necesitas hacer eso, Nikolaou —respondió ella con la voz contenida—. Me hice pasar por paciente y me colé cuando tu asistente terminó su turno. Necesito que me escuches. Te traje algo de comer; llevas muchas horas en quirófano.
Él se acercó con gesto duro. La tomó del brazo con suficiencia y la dirigió hacia la salida, como si moviera una ficha incómoda.
—No quiero verte más —advirtió—. Llévate tu comida. No me interesa nada de lo que pase con tu familia. Si sigues insistiendo, te denunciaré por acoso.
Ella sintió la presión, la manera en que su piel se marcaba. Fue imposible contener un quejido.
—Me estás lastimando —murmuró.
La réplica de Ares fue un golpe seco.
—Esto es poco para lo que te haré si vuelves a acosarme.
En ese instante llegó un guardia de seguridad. La sacaron del hospital sin dejarla hablar. La impotencia se convirtió en furia contenida. Reunió sus cosas y se marchó a casa, pero no pensaba rendirse. Estaba dispuesta a lograr que Ares la escuchara, aunque tuviera que dar la vuelta al mundo para hacerlo.
En el hotel se duchó otra vez, se miró al espejo y trató de recomponer el semblante. Se acostó un rato. Mañana lo volvería a intentar, se dijo. Miró la foto de su pequeño sobrino y sintió como si una mano fría le devolviera fuerzas. Ese niño necesitaba a alguien. Ella no descansaría hasta conseguirlo.
Esa noche había la fiesta de recaudación de fondos del hospital, un evento abierto para que la comunidad donara y apadrinara a niños necesitados. Agnes amaba ese tipo de reuniones porque daban oportunidades a los más vulnerables. En cuanto a Ares, salió de su casa a las siete y llegó al salón de actos. Supervisó la organización y quedó satisfecho con el resultado. Cuando la gente empezó a llegar, el evento comenzó con una energía que le pareció casi sagrada.
Mientras conversaba con algunos colaboradores, sintió que alguien tomaba su brazo. Se tensó. No estaba acostumbrado a que lo tocaran así. Nada la preparó para ver a Agnes acercarse como si existiera entre ellos una intimidad que nunca compartieron.
Su reacción fue casi animal. Quiso arrancar el brazo con brusquedad, pero los anfitriones intervinieron con la cortesía que imponen los modales.
—No sabíamos que venía acompañado, es un placer verla, señorita Makris —dijo un hombre con sonrisa neutra.
—El placer es mío —contestó ella—. No podía faltar. He venido a apoyar esta causa. Quiero apadrinar a un niño y hacer una donación importante.
Las palabras fueron recibidas con aplausos y gestos de aprobación. Para Ares cada sonrisa era una daga. A él le daba impotencia. Tuvo ganas de arrastrarla por el brazo y echarla fuera del salón. En un impulso oscuro, imaginó venganzas que lo avergonzaron, ideas brutales que rebasaron los límites de la cordura.
Había cruzado una línea a ojos de muchos. Se despidió con educación fingida y se mezcló entre los invitados para mostrar que no se iría sin intentar lo que venía a buscar. Lo que él no sabía es que Patricia, una mujer del comité, había facilitado su movimiento. La adrenalina la mantenía en alerta y su audacia crecía.
Conocía la fama de Nikolaou: nadie como él movía las piezas sin calcular cada consecuencia. La venganza era parte de su sello, y la paciencia, su aliada. Aun así, Agnes decidió desafiarlo.
No pudo disfrutar de la fiesta. Pasó la velada fingiendo interés y mostrando una sonrisa fina que escondía una mirada de hielo. Ya no era la chica de dieciocho años que saludaba a distancia; ahora era una mujer que se exponía sin pedir permiso. El evento cerró con éxito.
Recaudaron más que el año anterior y el hospital celebró el logro. Él aprovechó para despedirse de los invitados y perseguir su objetivo.
Esperó a Ares en el estacionamiento porque pensó que sería la ocasión perfecta para abordarlo. No había guardias y nadie podría impedir su acercamiento. Llegó al coche, intentó tocarlo y él la ignoró. Ella se volvió, lo miró fijo y él habló con voz que cortó el aire.
—La próxima vez que me toques —dijo Ares—, te amputo la mano.
Esas palabras la helaron. El miedo la atravesó, pero fingió una sonrisa burlona para no mostrar la fractura interior. Su rostro era un desafío y eso, en parte, le devolvió a Ares el control que perdió desde que la vio en su oficina. Satisfecho, subió a su coche y se marchó dejando atrás un rugido de motor que le pareció un portazo definitivo.
No se rindió. Cogió un taxi y se dirigió a su casa. Repetiría el proceso de anunciarse. Si hacía falta, dormiría en la calle para que él la escuchara. Se sentó en la acera porque no tenía otra opción. La lluvia comenzó a empapar su abrigo y la noche se hizo fría. Permaneció allí a pesar de todo. El guardia le informó a Ares que ella seguía afuera. A él pareció no importarle, o al menos así lo fingió.
Desde la ventana de su casa, Ares estaba enfurecido. Pensó en darle una lección que la pusiera en su lugar. A medianoche se permitió sentirse satisfecho con la idea de haberla hecho aprender. A las dos de la mañana un viento fuerte sacudió su ventana y lo despertó. Miró hacia abajo y la vio. Allí estaba, empapada, firme como una estaca bajo la lluvia.
Hoy es el cumpleaños del hijo menor de Nikolas. Ha pasado un año desde que nació y llenó la casa de risas, movimiento y nuevas rutinas. En ese tiempo, la vida de todos cambió por completo y la tranquilidad que antes parecía lejana ahora era parte de cada día.Desde muy temprano, la casa se llenó de actividad. Valentina y Agnes estaban juntas para organizar los últimos detalles de la celebración. Ambas se movían por la cocina, preparando bocadillos, acomodando la mesa, revisando las decoraciones y coordinando los tiempos para que todo saliera perfecto. Entre ellas había una complicidad nacida de años de amistad, de experiencias compartidas y de un cariño profundo.La decoración era sencilla pero cálida. Globos en tonos suaves, guirnaldas de papel, una gran mesa con dulces, jugos naturales, pastel y pequeños regalos cuidadosamente envueltos. Todo estaba pensado para que los niños se sintieran cómodos y felices.Los niños corrían de un lado a otro sin prestar atención a lo que sucedía a
Esa noche, al llegar a casa, no hablaron demasiado. El cansancio físico y emocional pesaba en cada movimiento. Sin embargo, ninguno de los dos quería estar solo. Por eso se fueron a dormir junto a su hija. La colocaron entre ambos, sintiendo su respiración tranquila, escuchando sus pequeños sonidos al dormir. Necesitaban ese contacto, esa cercanía, esa sensación de familia completa.La experiencia vivida en el hospital les había dejado una lección profunda. Comprendieron que no podían dar nada por sentado. Aunque hicieran las cosas bien, aunque no se metieran en la vida de nadie, existían personas dispuestas a lastimarlos solo por maldad, por envidia o por resentimiento. Esa realidad los obligaba a cambiar muchas cosas.Mientras observaban dormir a su hija, tomaron decisiones importantes. Decidieron colocar distancia con cualquier persona ajena a su círculo más cercano. Fuera de la familia y de los amigos verdaderos, no habría más confianza con nadie, y menos aún con colegas del hospi
Cuando Agnes y Ares llegaron, se sorprendieron por la escena que encontraron en la oficina de Nicolás. La puerta estaba cerrada, el ambiente cargado de tensión, y las dos enfermeras permanecían inmóviles, sin saber qué hacer, mientras Valentina y Nicolás estaban de pie, enfrentando una situación que parecía imposible de asimilar.Ares fue el primero en reaccionar. Su expresión se endureció, pero mantuvo la calma que siempre lo caracterizaba en momentos críticos. Con voz firme, pidió a las enfermeras que se vistieran de inmediato y tomaran asiento. No permitió réplicas ni excusas. Su tono no dejaba espacio para discusiones.Las mujeres obedecieron en silencio, con los rostros pálidos y los ojos bajos. Se vistieron con torpeza, conscientes de la gravedad de lo que estaba ocurriendo, y tomaron asiento sin decir una palabra. El ambiente se volvió aún más tenso.Ares se acercó entonces a Valentina. Tomó su pulso con cuidado, observó su respiración, su color de piel y su postura. Su formaci
Cuatro meses habían pasado desde que Valentina supo que estaba esperando a su segundo hijo. El tiempo iba deprisa, tanto que casi no lograban notarlo, y ya se encontraban haciendo los preparativos en casa para la llegada de un nuevo niño. Habían comenzado por decorar su habitación y comprar las cosas necesarias. Como ambos eran profesionales de la salud, no contaban con mucho tiempo libre, por lo que preferían avanzar con calma.Esos días habían empezado a pintar la habitación con colores neutros; esta vez lo hicieron juntos y eso fortalecía el vínculo entre ambos y los hacía sentirse más unidos que nunca.Pero el trabajo no esperaba. Una llamada del hospital interrumpió su tranquilidad: había ocurrido un choque múltiple, lo que significaba una emergencia. Sin dudarlo, ambos corrieron al hospital, aun cuando no era su turno. Al llegar, todo era un caos.Personas caminando rápido por los pasillos, heridos entrando y saliendo de las salas, familiares ocupando cada rincón de la sala de e
El tiempo había pasado volando. Tanto, que Nicolás y Valentina no se dieron cuenta de cómo habían pasado de estar celebrando su boda a descubrir que ella estaba embarazada por segunda vez. Y aunque pudiera parecer lo contrario, ese embarazo no fue un hecho fortuito. Al contrario, había sido algo planeado con cuidado. Ambos habían hablado muchas veces del tema, habían discutido cada detalle y coincidido en que querían agrandar la familia, pero hacerlo con calma y responsabilidad. Por eso Valentina había decidido colocarse un implante después del nacimiento de su hija. Querían disfrutar esa primera etapa, aprender a ser padres, adaptarse a su nueva vida y fortalecer su relación.Cuando Valentina se quitó el implante el mes pasado. Según los médicos, su cuerpo podía tardar un tiempo en regularse, así que no esperaban una noticia tan rápida. Sin embargo, contra todo pronóstico, ya estaba embarazada. Aquello la tomó por sorpresa y, al mismo tiempo, la llenó de una alegría profunda. Esa ra
Se agachó para quitarle los zapatos, luego las medias, y terminó de sacar el pantalón de su cuerpo. Cuando lo tuvo completamente desnudo, deslizó sus uñas por sus piernas, de arriba hacia abajo, provocando que Nicolás maldijera entre dientes. Sus manos se cerraban en puños para soportar la deliciosa tortura que su mujer le estaba haciendo. Valentina no quería perder tiempo. Al ver su gran miembro erecto, se dirigió hacia él, dejando pequeños besos y caricias alrededor, pero no era eso lo que deseaba hacer en ese momento. Se puso de pie, tomó la mano de su esposo y lo llevó hasta la cama. Luego se quitó el vestido lentamente, todo bajo su atenta mirada. Quedó con un liguero blanco y los tacones puestos. Caminó hasta la champañera, pero su objetivo no era la bebida, sino los hielos. Tomó dos cubos y regresó hacia la cama. Se colocó sobre el cuerpo de Nicolás y comenzó a deslizar los cubitos por su pecho, lamiendo el agua que caía a medida que se derretían. Los pasaron por todo su cuerpo







