LOGINLa despedida de soltera de Meghan se suponía que sería su última noche de libertad. En contra de su buen juicio, terminó en los brazos de un apuesto stripper y le fue infiel a su prometido con él. Abrumada por la culpa, le confiesa la traición, pero su reacción es muy distinta a la que ella esperaba. Atormentado por la disfunción eréctil y por un oscuro deseo secreto de ver a la mujer con la que va a casarse siendo tomada por otro hombre, él quiere que vuelvan a hacerlo... esta vez delante de sus propios ojos. Sumérgete en estas historias independientes donde mujeres insaciables son destrozadas por las pollas que tanto han estado anhelando. Clítoris chupados hasta quedar hinchados, traseros enrojecidos a nalgadas, agujeros apretados estirados hasta que suplican por más. Aquí no hay sexo vainilla, solo perversión pura capaz de hacer que tu coño palpite de deseo. Atrévete a leerlo, mójate y fóllate el camino a través de las fantasías más sucias que nunca te atreviste a admitir que necesitabas. Si no soportas el calor... no abras este libro. ENTRA BAJO TU PROPIO RIESGO. 💋
View MoreOdiaba mudarme tanto como odiaba un mal orgasmo.
Había estado entrando y saliendo de siete apartamentos en diez años, y de alguna manera nunca se volvía más fácil. Me dije por centésima vez que esta sería la última mudanza que haría en mi vida, pero nunca se sabe a dónde te va a llevar la vida.
Por suerte para mí, conseguí el apartamento a un precio sospechosamente barato para ese tipo de zona, pero no me quejaba. Tenía dos habitaciones, buena iluminación, y era perfecto para mi presupuesto. No hice muchas preguntas sobre por qué la renta era tan baja porque, en ese momento, solo necesitaba una maldita victoria.
Agarré la caja más pesada de mi camioneta y me dirigí hacia el edificio. Ya me temblaban los brazos cuando iba a la mitad del pasillo angosto, y sentía que la caja se me resbalaba de las manos sudorosas. No. No. No. No.
Estaba a punto de rendirme y dejarla caer cuando sentí dos manos poderosas que me quitaban la caja. Levanté la vista, segura de que parecía una criatura del pantano y jadeaba como una, y ahí estaba el ser humano más hermoso que había tenido el placer de ver en mi vida.
Era alto, con hombros anchos que prácticamente llenaban el estrecho pasillo. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes, y se asomaban más debajo del cuello de su camisa. Tenía el cabello rubio oscuro y unos ojos azules tan claros que casi parecían plateados. Era atractivo de una manera que hizo que mi estómago se tensara al instante con un calor pesado y desconocido.
—Con cuidado. Te vas a lastimar si no tienes cuidado —sonrió, mostrando unos dientes blancos y perfectos—. Veo que eres la nueva.
—Sí —logré decir, tratando desesperadamente de acomodarme un mechón de pelo sudado detrás de la oreja—. Acabo de mudarme, vine desde Carolina del Norte.
—Yo vivo justo al lado. Somos vecinos —señaló hacia la puerta junto a la mía—. ¿Necesitas ayuda para traer el resto? —me lanzó una mirada comprensiva, notando claramente el agotamiento total en mi cara.
Quise decir que no, fingir que lo tenía todo bajo control, pero eso hubiera sido una mentira total. —La verdad... sí. Eso sería increíble.
Lo seguí de vuelta hasta la camioneta, mirando sin ninguna vergüenza cómo se contraían los músculos de su espalda mientras levantaba dos cajas enormes al mismo tiempo como si no pesaran nada.
Allá en Carolina del Norte, los hombres así eran una especie rara. Ahora, al parecer, tenía uno viviendo justo al lado. Tal vez mudarme no era tan malo después de todo.
Estudié la forma en que sus bíceps se flexionaban bajo su camiseta negra ajustada. Su trasero se veía delicioso en esos jeans, y me mordí el labio imaginando agarrarlo con ambas manos y la fricción de él contra mí.
Uy. Alto ahí. ¿De dónde salió eso? Sacudí la cabeza, tratando de borrar las imágenes explícitas de mi vecino que acababa de inventar.
—Gracias —dije en cuanto la última caja quedó a salvo en mi sala. Estaba jadeando como si yo hubiera cargado todo—. Soy Annie, por cierto.
—Nicholas, pero puedes llamarme Nick —se recostó contra el marco de la puerta y cruzó los brazos. El hombre estaba construido como un dios griego, lo que hacía que mis leggings desparejados y mi camiseta enorme de NC State se sintieran completamente ridículos.
Noté que seguía mirándome, su mirada recorriendo mi rostro con una curiosidad intensa y silenciosa que hizo que me ardieran las mejillas. Me ponía increíblemente nerviosa. Normalmente no me derretía frente a hombres que acababa de conocer, pero su energía era abrumadora.
—Un placer conocerte —dijo, con la voz baja y rasposa, y algo en ella hizo que quisiera apretar los muslos.
Se me encendieron las mejillas y sonreí. —Sí, igualmente. Gracias de nuevo por la ayuda. Te debo una —solté una risita aguda y torpe que me hizo querer darme una palmada en la cara ahí mismo.
—Cuando quieras —dijo, despegándose del marco de la puerta—. Ah, por cierto, el agua del lavabo del baño sale fría el primer minuto. Si necesitas algo más, estoy justo al lado. Bienvenida al edificio —me dedicó una sonrisa reconfortante y su brazo rozó el mío al darse vuelta para irse.
Se me erizó la piel entera con ese breve contacto.
Me quedé parada en mi apartamento a medio armar, rodeada de cajas de cartón, y solté un suspiro que no sabía que había estado conteniendo. Definitivamente sentía atracción por ese hombre, pero no había manera de que algo pasara. Él estaba ridículamente fuera de mi alcance, y acostarse con el vecino era una de las diez cosas que jamás deberías hacer.
Las piernas de Jasmine se habían dormido para cuando se abrió la puerta trasera. Había visto todo a través de la división: la silueta de Daisy sacudiéndose en el asiento delantero, el vaho en el cristal, los sonidos que llegaban incluso con el motor apagado. Los muslos los tenía tan apretados que le dolían.—Afuera —dijo Nicolas, y la palabra fue como una llave girando.Bajó con las piernas temblando y Tess justo detrás de ella.—Sobre el capó —dijo Nicolas—. Las dos. Manos planas.El auto estaba frío. Presionó las palmas y sintió el calor residual del motor a través de la pintura, y oyó a Tess acomodarse a su lado. Nicolas caminó alrededor detrás de ellas y ella contuvo la respiración, esperando.Sus manos aterrizaron primero en las caderas de ella. Le subió la falda alrededor de la cintura y el aire golpeó la parte de atrás de los muslos. La palma le bajó sobre el culo una vez y ella jadeó y empujó hacia atrás contra el capó.—Demasiados secretos esta noche —dijo con voz baja—. Cree
Daisy se estremeció cuando se abrió la puerta trasera. Nicolas se sentó en el asiento del conductor sin mirar atrás. Ajustó el espejo retrovisor hasta que pudo verla claramente y ella se vio a sí misma mirándolo. Las manos le temblaban y las presionó planas contra los muslos para que no lo notara.—¿Abrochada? —preguntó.Los dedos no cooperaban con el cinturón y cuanto más forcejeaba peor se ponía. Él se giró entonces con un brazo colgado sobre el respaldo y la observó forcejear. La paciencia en su cara era peor que la ira.—Daisy. —Su nombre en su boca le hizo la cabeza pesada.—Estás temblando como una hoja —dijo—. ¿Por qué es eso? No estás en problemas… todavía.¿Todavía? Logró meter el cinturón en el seguro y él pareció satisfecho con eso. No sabía qué le había hecho a Jasmine. Jasmine había regresado al auto con una expresión un poco rara. Simplemente le dijo que el oficial quería verla. Cuando le preguntó si le había hecho daño o algo malo, Jasmine solo negó con la cabeza y le d
Cerró la puerta de la patrulla, cortando el ruido fuerte de la carretera. El corazón de Jasmine latía rápido en el pecho. Realmente no podía ver afuera por las ventanas polarizadas. La puerta delantera se abrió de pronto y el oficial Nicolas metió su gran cuerpo en el asiento del conductor.No se giró a mirarla de inmediato. Ajustó el espejo retrovisor en su lugar y la miró fijo a los ojos a través del cristal. El auto era pequeño y él ocupaba mucho espacio.—¿Sabes qué les pasa a las chicas de universidad que terminan encerradas en la cárcel del condado un viernes por la noche, Jasmine? —preguntó Nicolas con voz suave. Su voz profunda sonó fuerte dentro del auto oscuro.Jasmine tragó saliva con fuerza. Se subió el top escotado y se inclinó cerca de la reja de metal que dividía los asientos.—Estoy segura de que puede ser amable y dejarnos ir solo con una advertencia severa, oficial.—¿Eso es lo que crees? —respondió Nicolas. Se giró en el asiento para enfrentarla. Apoyó el brazo gran
La aguja del velocímetro marcó ochenta y cinco, y Jasmine empujó el pie un poco más fuerte sobre el acelerador.En el asiento del acompañante, Daisy se inclinó y subió la música a todo volumen. La música alta llenó el auto y las chicas cantaron junto con ella. En el asiento trasero, Tess apoyó la cabeza contra el vidrio frío. Se sentía muy aburrida y solo quería que llegaran a su destino.—Jasmine, baja la velocidad —Tess alzó la voz por la música—. Esta carretera es famosa por los patrulleros estatales.—No hay nadie aquí a las dos de la mañana, Tess —se rió Jasmine, echándose el cabello oscuro sobre el hombro y mirándola por el espejo retrovisor—. Relájate y disfruta el viaje.—Déjala manejar, Tess —Daisy se giró en el asiento, sosteniendo un vaso de plástico rojo a medio vaciar con una sonrisa—. Nos quedan dos horas para llegar al campus. No quiero pasarme toda la noche en esta carretera aburrida.—Hablo en serio, chicas —insistió Tess, inclinándose entre los asientos delanteros—.












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