LOGINCapítulo 2
Me quedo petrificada. Es de un azul eléctrico, un color tan intenso y antinatural que parece brillar con luz propia en mitad de la tormenta. No hay agresividad en esa mirada, no hay el brillo salvaje que esperarías de un animal herido. Hay una súplica silenciosa, un último rastro de una inteligencia profunda aferrándose a la existencia. Ese ojo azul me ancla al suelo con más fuerza que el hielo. No puedo dejarlo morir así. No bajo mi vigilancia. No en mi jardín. —No te muevas… bueno, sé que no puedes —le digo, tratando de que mi voz no tiemble tanto, más para convencerme a mí misma que para calmarlo a él—. Voy a ayudarte. Lo juro. Corro de regreso al interior de la casa, el pánico inyectando una adrenalina que me hace ignorar el frío. Agarro la sábana más gruesa que tengo en el armario de blancos y una manta de lana pesada. Salgo de nuevo, y esta vez el frío me cala hasta los huesos, pero ya no me importa. Al llegar junto a él, me doy cuenta del problema logístico. Esta criatura es masiva. Debe pesar al menos ochenta kilos de puro músculo y pelaje empapado. Es físicamente imposible que yo pueda cargarlo en brazos. Tengo que ser más inteligente que la fuerza que no poseo. Pienso febrilmente mientras extiendo la sábana en el suelo, justo al lado de su lomo. Me pongo de rodillas en la nieve, sintiendo cómo el hielo muerde mi piel con una crueldad necesaria para mantenerme despierta. —Perdóname, esto posiblemente vaya a dolerte mucho —le susurro, con la esperanza de que mi tono de voz le transmita que no soy una amenaza. Me siento en el suelo, hundiendo las botas en la nieve para ganar tracción y no resbalar. El plan es simple pero agotador: tengo que subirlo a la sábana primero. Coloco mis piernas a cada lado de su cuerpo inerte y apoyo mis muslos contra su costado herido, tratando de no tocar directamente la carne abierta. No puedo levantarlo... tendré que hacerlo rodar. Con un gemido de esfuerzo que me desgarra la garganta, empujo con toda la fuerza de mi espalda mientras tiro de la sábana desde el otro lado. El enorme perro deja escapar un gruñido sordo, una vibración baja que siento en mis propios huesos. El olor a sangre se intensifica, caliente y metálico. Siento el líquido traspasar mi bata, manchando mis manos y mi ropa. El mareo amenaza con desconectarme, con enviarme a la oscuridad, pero aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula. —¡Muévete, maldita sea! —grito, dando un último empujón desesperado con las piernas. Con un movimiento torpe y pesado, el cuerpo del perro rueda finalmente sobre la tela. Jadeo, con el corazón martillando contra mi costado como un pájaro enjaulado que intenta escapar de sus propias costillas. Pero el trabajo no ha terminado. Ahora viene lo más difícil: arrastrarlo hasta la casa. Me pongo de pie, enrollo los extremos de la sábana alrededor de mis manos hasta que la tela me corta la circulación y empiezo a tirar. Mis músculos arden como si estuvieran en llamas. Retrocedo paso a paso, de espaldas a la cabaña, mientras mis pies resbalan una y otra vez en el lodo y la nieve que el propio peso del animal ha removido. Cada centímetro es una victoria ganada con dolor. Subir los dos pequeños escalones del porche requiere un esfuerzo sobrehumano que me hace ver estrellas en la oscuridad. Finalmente, con un último tirón que me deja sin aire, consigo atravesar el umbral y lo arrastro hasta el centro de la sala. Cierro la puerta de golpe, echo el cerrojo y regreso a su lado. El calor de la calefacción nos envuelve de inmediato, pero la visión bajo las luces cálidas de la casa es mucho peor de lo que imaginaba. Él está allí, sobre mi alfombra clara, dejando un rastro de suciedad, barro y sangre que parece la escena de un crimen violento. Me dejo caer al suelo a su lado, con las manos temblando tanto que tengo que apretarlas contra mis muslos. Al ver mis propias palmas manchadas de su sangre, el asco regresa con una fuerza renovada. Corro al baño y vomito en el lavabo, mis dedos aferrados con fuerza al borde de porcelana fría. —Cálmate, Cassandra. Respira. Si te desmayas ahora, él se muere —me digo al espejo. Mi rostro está tan pálido como el de un fantasma, mis ojos desencajados. Regreso a la sala. El perro apenas respira; su pecho sube y baja en intervalos cada vez más largos. Rápidamente, agarro mi celular con manos torpes y busco en G****e: «cómo curar una herida profunda en un perro», «primeros auxilios para animales grandes». Nada de lo que leo parece suficiente para un corte de esta magnitud. Miro la hora: son las dos de la mañana. No puedo creer que haya pasado tanto tiempo. A esta hora no hay veterinarios abiertos y, aunque los hubiera, no tengo forma de transportarlo ni dinero para pagar una urgencia nocturna. —Tendré que hacerlo yo —susurro, sintiendo el peso del destino aplastándome los hombros. Busco el botiquín de primeros auxilios en el baño. Tengo alcohol, gasas y un kit de sutura que guardo desde que mi abuela, con su sabiduría de campo, me enseñó a coser heridas en la granja. También encuentro una vieja botella de whisky que alguien me regaló hace tiempo. Esa última me servirá... para desinfectar y, quizás, para darme el valor que me falta. Pongo a calentar agua en el microondas y vuelvo a su lado. Me siento en el suelo una vez más, con las piernas ahorcajadas sobre él, pero esta vez con una delicadeza infinita. Con agua tibia empiezo a lavar la herida. Al quitar la costra de tierra y nieve, el corte se revela en toda su crudeza. Alguien lo ha atacado con saña. El corte es limpio, diagonal, casi quirúrgico. Esto no ha sido un accidente con una rama ni una pelea con otro lobo. —¿Quién te ha hecho esto? —le pregunto, mientras el vello de mi nuca se eriza. El perro no responde, obviamente. Ni siquiera gruñe cuando el alcohol toca su carne abierta; está demasiado débil para defenderse o incluso para sentir el dolor. Aprovecho ese estado de semi-inconsciencia para empezar a coser. Mis manos, que antes no dejaban de temblar, se vuelven extrañamente firmes, guiadas por una descarga de adrenalina pura. Cada vez que la aguja atraviesa su piel gruesa, siento una pequeña descarga eléctrica en mis dedos. Mi mente se desconecta del asco y se enfoca solo en la tarea, siguiendo las instrucciones de un video tutorial que reproduzco una y otra vez en el teléfono apoyado contra un cojín. Puntada tras puntada. Nudo tras nudo. Cuando termino, lo vendo con fuerza, rodeando su enorme torso con tiras de tela limpia. Estoy exhausta. Moverlo para pasar las vendas ha sido como intentar mover una montaña de piedra viva. Desde ya, puedo predecir que mis pocos ahorros para la renta están destinados a desaparecer mañana en medicamentos y, si tengo suerte, en una visita clandestina de un veterinario que no haga demasiadas preguntas. Pero en este momento, frente a este ser que respira con dificultad en mi sala, el dinero parece un problema de otra vida. Voy a la cocina, caliento un poco de caldo de pollo y, usando un gotero que normalmente empleo para mis plantas, empiezo a hidratarlo gota a gota entre sus colmillos blancos, largos y afilados. Luego hago lo mismo con agua. Finalmente, arrastro un montón de mantas y lo cubro por completo, dejando solo su hocico fuera. Lo observo, sintiendo una extraña satisfacción mezclada con un terror latente. El miedo no se ha ido, solo ha cambiado de forma. ¿Y si despierta y me arranca la garganta? ¿Y si decide que yo soy su próxima cena? He oído historias de perros grandes que atacan a sus dueños... y esto ni siquiera es un perro normal. La adrenalina comienza a bajar, dejándome un vacío pesado en los músculos. Busco mi pequeña pistola de aire comprimido, lo único que tengo para defenderme en esta cabaña aislada, y me desplazo hacia el sofá, a pocos metros de él. Mis párpados pesan toneladas. Lo último que veo antes de sucumbir al sueño es el brillo del fuego de la chimenea reflejado en su pelaje, ahora limpio, y esos ojos azules que, antes de cerrarse, parecieron confiar por primera vez en un ser humano.Capítulo 52Apenas las primeras luces del amanecer empiezan a teñir el cielo salgo al porche. El aire matutino se siente pesado esta mañana, cargado de una calma que contrasta con la tormenta de sentimientos que llevo por dentro. El carro negro sigue estacionado al frente. Dante se encuentra afuera, caminando a pasos cortos mientras sostiene el celular pegado a su oreja; está en una llamada. Pero al escuchar el chasquido de la puerta principal cerrarse detrás de mí, corta la comunicación al instante y se gira para verme.Poco le dura la compostura. Algo debe de ver en mi rostro, porque espero que la determinación que siento se esté reflejando y la esté mirando en este preciso momento. Sus ojos azules se clavan en los míos con una mezcla de sorpresa y expectación.No veo a Killian por ningún lado y siento un alivio tremendo, porque él es el único que verdaderamente podría saber la causa real que se oculta tras lo que estoy a punto de decir.—Cassandra... —murmura, dando un par de p
Capítulo 51—Les dije a los dos que no los quería por aquí arriba. Tampoco lo quiero cerca de Adriana —le susurro a Dante con la voz quebrada por la ira y el pánico, pegándome a la pared del pasillo—. ¡Te lo dije, Dante! Tu hombre es un peligro para ella. ¡Quiero que se largue de esta casa! ¡No lo quiero aquí, me voy a volver loca! No puedo perder la cabeza porque tengo una bebé a la que cuidar.—Tranquilízate, Cassandra, por favor... —pide Dante en un murmullo urgente, manteniendo un brazo extendido para protegerme mientras le hace una señal con la mano a Killian para que baje las escaleras. Killian obedece a regañadientes, desapareciendo en la oscuridad del primer piso—. Yo me encargo de él. Te juro que no va a pasar nada. Vuelve a la habitación.Decir que pude pegar un ojo esa noche sería un eufemismo. La semilla del miedo ya estaba plantada. Pero dos noches después, la colisión definitiva termina por reventar.La bebé se despierta llorando una vez más, como todas las madrugadas
Capítulo 50Ya han pasado quince días desde aquella primera noche en la que la lluvia torrencial, junto con Adriana, me obligaron a abrirles las puertas de la casa a Dante y a Killian. Quince largos días donde la rutina del hogar se ha visto alterada por la presencia de esos dos gigantes. Las noches en el sofá se volvieron cada vez más frecuentes; la excusa del calor sofocante, la lluvia de la tarde o simplemente la insistencia silenciosa de Dante terminaron por acostumbrar a Adriana a dejar la puerta abierta para que no durmieran en el carro.Sin embargo, para mí esos días han sido una tortura de alerta constante. Mientras Dante intenta por todos los medios ganarse mi perdón —trayendo comida, regalando detalles para la bebé que no puedo rechazar y mirándome con esa devoción dolorosa que me quema por dentro—, mis ojos no se han apartado de su amigo.He visto cómo Killian acecha. Adriana, en su ignorancia del mundo sobrenatural, no entiende la naturaleza del hombre que la observa;
Capítulo 49Antes de que pueda reaccionar o dar un paso atrás, la mano grande de Dante se apoya en la pared, justo al lado de mi cabeza, arrinconándome contra el borde del mesón de la cocina. Su cuerpo emana un calor abrasador, una temperatura casi febril propia de su naturaleza animal que me envuelve por completo.—Aléjate de mí —le ordeno, pero mi voz no sale con la firmeza que desearía; sale temblorosa, traicionada por la cercanía de sus labios.—No sabes cuánto me he estado muriendo por tocarte —susurra, bajando la cabeza hasta que su aliento caliente roza el cuello de mi camisa—. Meses pensando que estabas muerta... Meses oliendo tu ausencia en la última prenda de ropa que llevabas puesta la vez que partí de la cabaña, tratando de mantener tu olor lo más que pudiera. ¿Tienes idea del infierno que fue para mi lobo y para mí no tenerte?Extiende su otra mano y, con una lentitud tortuosa, desplaza sus dedos desde mi muñeca, subiendo por mi brazo desnudo hasta llegar a mi hombro.
Capítulo 48El sol termina de ocultarse, dejando un cielo teñido de violeta y naranja. Sé que la humedad en el ambiente es densa y pegajosa; por suerte para nosotros, tenemos aire acondicionado en toda la casa y, aun así, podemos sentir el ligero calor... no me puedo imaginar cómo deben estar ellos.Miro por la ventana de la sala: el auto negro sigue estacionado bajo la luz parpadeante del poste eléctrico. Dante y Killian llevan más de veinticuatro horas acampando en ese espacio reducido. Se nota a leguas el desastre en la postura del Beta, pero es Dante quien realmente parece un león enjaulado. Va y viene a lo largo del auto con los primeros botones de la camisa desabrochados, la tela blanca pegada a la piel del torso por el sudor y esa aura oscura y cargada de testosterona que ni el calor del trópico logra sofocar.Adriana se acerca a mi lado sosteniendo una jarra de agua helada. Observa la calle y luego suspira con una mezcla de lástima y nerviosismo.—Cassandra... parece que v
Capítulo 47—Déjelo sobre la mesa, por favor —pide Killian con una voz baja, rasposa y cargada de un tono tan profundo que hace vibrar el ambiente. Su español no es perfecto como el de Dante, pero la intención en sus palabras es demasiado clara.Adriana coloca la bandeja en la mesita del porche casi corriendo, sin atreverse a sostenerle la mirada ni un segundo más, y se regresa a toda prisa hacia el interior de la casa, cerrando la puerta tras de sí y apoyando la espalda contra la misma mientras se lleva una mano al pecho desbocado.—Dios mío, Cassandra... ese hombre me va a dar un ataque al corazón —susurra Adriana, con las mejillas completamente rojas y la respiración agitada.—Buenos días para ti también —murmuro. Ella intenta sonreírme, pero aún está temblando—. Sí, ¿qué te puedo decir? Así son los hombres de negocios: todos grandotes e intimidantes. Dante me ha contado que es su mano derecha y su mejor amigo. Hablaré con él para que deje de asustarte.—Es que no es solo mied







