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capítulo 2

Autor: D. Winter
last update Fecha de publicación: 2026-05-26 05:54:53

Capítulo 2

Me quedo petrificada. Es de un azul eléctrico, un color tan intenso y antinatural que parece brillar con luz propia en mitad de la tormenta. No hay agresividad en esa mirada, no hay el brillo salvaje que esperarías de un animal herido. Hay una súplica silenciosa, un último rastro de una inteligencia profunda aferrándose a la existencia. Ese ojo azul me ancla al suelo con más fuerza que el hielo. No puedo dejarlo morir así. No bajo mi vigilancia. No en mi jardín.

​—No te muevas… bueno, sé que no puedes —le digo, tratando de que mi voz no tiemble tanto, más para convencerme a mí misma que para calmarlo a él—. Voy a ayudarte. Lo juro.

​Corro de regreso al interior de la casa, el pánico inyectando una adrenalina que me hace ignorar el frío. Agarro la sábana más gruesa que tengo en el armario de blancos y una manta de lana pesada. Salgo de nuevo, y esta vez el frío me cala hasta los huesos, pero ya no me importa.

​Al llegar junto a él, me doy cuenta del problema logístico. Esta criatura es masiva. Debe pesar al menos ochenta kilos de puro músculo y pelaje empapado. Es físicamente imposible que yo pueda cargarlo en brazos. Tengo que ser más inteligente que la fuerza que no poseo.

​Pienso febrilmente mientras extiendo la sábana en el suelo, justo al lado de su lomo. Me pongo de rodillas en la nieve, sintiendo cómo el hielo muerde mi piel con una crueldad necesaria para mantenerme despierta.

​—Perdóname, esto posiblemente vaya a dolerte mucho —le susurro, con la esperanza de que mi tono de voz le transmita que no soy una amenaza.

​Me siento en el suelo, hundiendo las botas en la nieve para ganar tracción y no resbalar. El plan es simple pero agotador: tengo que subirlo a la sábana primero. Coloco mis piernas a cada lado de su cuerpo inerte y apoyo mis muslos contra su costado herido, tratando de no tocar directamente la carne abierta. No puedo levantarlo... tendré que hacerlo rodar.

​Con un gemido de esfuerzo que me desgarra la garganta, empujo con toda la fuerza de mi espalda mientras tiro de la sábana desde el otro lado. El enorme perro deja escapar un gruñido sordo, una vibración baja que siento en mis propios huesos. El olor a sangre se intensifica, caliente y metálico. Siento el líquido traspasar mi bata, manchando mis manos y mi ropa. El mareo amenaza con desconectarme, con enviarme a la oscuridad, pero aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula.

​—¡Muévete, maldita sea! —grito, dando un último empujón desesperado con las piernas.

​Con un movimiento torpe y pesado, el cuerpo del perro rueda finalmente sobre la tela. Jadeo, con el corazón martillando contra mi costado como un pájaro enjaulado que intenta escapar de sus propias costillas. Pero el trabajo no ha terminado. Ahora viene lo más difícil: arrastrarlo hasta la casa.

​Me pongo de pie, enrollo los extremos de la sábana alrededor de mis manos hasta que la tela me corta la circulación y empiezo a tirar. Mis músculos arden como si estuvieran en llamas. Retrocedo paso a paso, de espaldas a la cabaña, mientras mis pies resbalan una y otra vez en el lodo y la nieve que el propio peso del animal ha removido. Cada centímetro es una victoria ganada con dolor. Subir los dos pequeños escalones del porche requiere un esfuerzo sobrehumano que me hace ver estrellas en la oscuridad. Finalmente, con un último tirón que me deja sin aire, consigo atravesar el umbral y lo arrastro hasta el centro de la sala.

​Cierro la puerta de golpe, echo el cerrojo y regreso a su lado. El calor de la calefacción nos envuelve de inmediato, pero la visión bajo las luces cálidas de la casa es mucho peor de lo que imaginaba.

​Él está allí, sobre mi alfombra clara, dejando un rastro de suciedad, barro y sangre que parece la escena de un crimen violento. Me dejo caer al suelo a su lado, con las manos temblando tanto que tengo que apretarlas contra mis muslos. Al ver mis propias palmas manchadas de su sangre, el asco regresa con una fuerza renovada. Corro al baño y vomito en el lavabo, mis dedos aferrados con fuerza al borde de porcelana fría.

​—Cálmate, Cassandra. Respira. Si te desmayas ahora, él se muere —me digo al espejo. Mi rostro está tan pálido como el de un fantasma, mis ojos desencajados.

Regreso a la sala. El perro apenas respira; su pecho sube y baja en intervalos cada vez más largos. Rápidamente, agarro mi celular con manos torpes y busco en G****e: «cómo curar una herida profunda en un perro», «primeros auxilios para animales grandes». Nada de lo que leo parece suficiente para un corte de esta magnitud. Miro la hora: son las dos de la mañana. No puedo creer que haya pasado tanto tiempo. A esta hora no hay veterinarios abiertos y, aunque los hubiera, no tengo forma de transportarlo ni dinero para pagar una urgencia nocturna.

​—Tendré que hacerlo yo —susurro, sintiendo el peso del destino aplastándome los hombros.

​Busco el botiquín de primeros auxilios en el baño. Tengo alcohol, gasas y un kit de sutura que guardo desde que mi abuela, con su sabiduría de campo, me enseñó a coser heridas en la granja. También encuentro una vieja botella de whisky que alguien me regaló hace tiempo. Esa última me servirá... para desinfectar y, quizás, para darme el valor que me falta.

​Pongo a calentar agua en el microondas y vuelvo a su lado. Me siento en el suelo una vez más, con las piernas ahorcajadas sobre él, pero esta vez con una delicadeza infinita. Con agua tibia empiezo a lavar la herida. Al quitar la costra de tierra y nieve, el corte se revela en toda su crudeza. Alguien lo ha atacado con saña. El corte es limpio, diagonal, casi quirúrgico. Esto no ha sido un accidente con una rama ni una pelea con otro lobo.

​—¿Quién te ha hecho esto? —le pregunto, mientras el vello de mi nuca se eriza.

​El perro no responde, obviamente. Ni siquiera gruñe cuando el alcohol toca su carne abierta; está demasiado débil para defenderse o incluso para sentir el dolor. Aprovecho ese estado de semi-inconsciencia para empezar a coser. Mis manos, que antes no dejaban de temblar, se vuelven extrañamente firmes, guiadas por una descarga de adrenalina pura. Cada vez que la aguja atraviesa su piel gruesa, siento una pequeña descarga eléctrica en mis dedos. Mi mente se desconecta del asco y se enfoca solo en la tarea, siguiendo las instrucciones de un video tutorial que reproduzco una y otra vez en el teléfono apoyado contra un cojín.

​Puntada tras puntada. Nudo tras nudo. Cuando termino, lo vendo con fuerza, rodeando su enorme torso con tiras de tela limpia. Estoy exhausta. Moverlo para pasar las vendas ha sido como intentar mover una montaña de piedra viva.

​Desde ya, puedo predecir que mis pocos ahorros para la renta están destinados a desaparecer mañana en medicamentos y, si tengo suerte, en una visita clandestina de un veterinario que no haga demasiadas preguntas. Pero en este momento, frente a este ser que respira con dificultad en mi sala, el dinero parece un problema de otra vida.

​Voy a la cocina, caliento un poco de caldo de pollo y, usando un gotero que normalmente empleo para mis plantas, empiezo a hidratarlo gota a gota entre sus colmillos blancos, largos y afilados. Luego hago lo mismo con agua.

​Finalmente, arrastro un montón de mantas y lo cubro por completo, dejando solo su hocico fuera. Lo observo, sintiendo una extraña satisfacción mezclada con un terror latente. El miedo no se ha ido, solo ha cambiado de forma. ¿Y si despierta y me arranca la garganta? ¿Y si decide que yo soy su próxima cena? He oído historias de perros grandes que atacan a sus dueños... y esto ni siquiera es un perro normal.

​La adrenalina comienza a bajar, dejándome un vacío pesado en los músculos. Busco mi pequeña pistola de aire comprimido, lo único que tengo para defenderme en esta cabaña aislada, y me desplazo hacia el sofá, a pocos metros de él. Mis párpados pesan toneladas. Lo último que veo antes de sucumbir al sueño es el brillo del fuego de la chimenea reflejado en su pelaje, ahora limpio, y esos ojos azules que, antes de cerrarse, parecieron confiar por primera vez en un ser humano.

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