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Capítulo 2 La Jaula de Marmol

Autor: Ange Rojas
last update Fecha de publicación: 2025-09-17 05:40:41

​El viaje fue un infierno de silencio. Nos metieron a la fuerza en la parte trasera de un auto negro, blindado y con las puertas bloqueadas desde el frente.

​Perdí la noción del tiempo. Las horas se disolvieron entre la oscuridad de la carretera, los sollozos incontrolables de Sofía a mi lado y el rugido monótono de los neumáticos sobre el asfalto. Yo no lloré. Una reina no llora ante sus captores.

​Finalmente, el vehículo se detuvo en un camino de grava. Las piedras crujieron bajo las llantas.

​A través del cristal tintado, vi la silueta imponente de Alessandro Bianchi bajar de un segundo auto. Con un frío gesto de su mano, le ordenó a uno de sus hombres que nos abriera la puerta.

​Al bajar, el aire gélido de la noche me golpeó la cara. El silencio profundo del campo me confirmó lo peor: estábamos lejos, muy lejos de la ciudad. Las luces de mi boda y mi antigua vida ya eran solo un recuerdo borroso.

​Frente a nosotros se alzaba una mansión de piedra, colosal y sombría. No era un hogar; era una fortaleza. Un mausoleo dedicado al poder de la mafia. Las luces de las ventanas proyectaban largas sombras que se retorcían en las paredes como fantasmas.

​Sofía se acurrucó detrás de mí, temblando de terror. Yo, en cambio, obligué a mi espalda a mantenerse recta. Sostuve la barbilla en alto, luchando por no quebrarme. Nadie vería que mi corazón golpeaba desbocado contra mis costillas, ni que mis manos se apretaban en puños para ocultar el temblor.

​Alessandro subió los escalones de la entrada sin mirarnos. La pesada puerta de roble macizo se abrió sin hacer ruido, revelando un salón de techos altos y suelos de mármol pulido tan fríos como el hielo. El eco de nuestros pasos magnificaba la sensación de encierro.

​—Bienvenidos a mi humilde morada —soltó Alessandro. Su voz arrastrada resonó en el vacío, cargada de una burla cruel.

​Una empleada vestida de uniforme se acercó de inmediato con una bandeja de plata.

​—Tomen asiento —ordenó el capo, señalando los sofás—. He pedido que les sirvan algo caliente. Lo necesitan para calmar el frío.

​Sofía se quedó paralizada, como una presa frente a un lobo. Yo caminé con paso firme y me senté en el sofá de cuero, manteniendo la postura impecable. La empleada sirvió el té y se retiró a toda prisa, dejándonos a solas con el diablo.

​—¿Qué es lo que quiere, señor Bianchi? —mi voz sonó firme, tensa, pero no se quebró.

​Él no respondió de inmediato. Sus ojos avellana me recorrieron con una intensidad tan lasciva y peligrosa que me sentí desnuda. Evité mirarlo directo a los ojos para no perder los estribos.

​—Quiero lo que me negaste —respondió Alessandro con una calma que aterraba—. Tu amor. O al menos, lo que queda de él.

​—¡No tiene derecho a hacernos esto! ¡Suéltenos o llamaremos a la policía! —estalló Sofía, rompiendo a llorar.

​Alessandro desvió la mirada hacia ella. Una sonrisa gélida, desprovista de cualquier rastro de humanidad, apareció en sus labios.

​—No creo que las autoridades se interesen en mi fiesta privada, linda —se mofó—. ¿Y con qué teléfono piensas llamar? Mis hombres ya se encargaron de sus dispositivos.

​Sofía se llevó las manos a los bolsillos vacíos. El color desapareció por completo de su rostro.

​Yo no me distraje con el pánico de mi hermana. Mantuve la mente fría, trazando rutas de escape mentales.

​—Sabe que no puede retenerme aquí para siempre —lo desafié, usando mi mejor tono de superioridad—. Tarde o temprano mi gente notará mi ausencia. Me van a buscar.

​Alessandro soltó una carcajada ronca, un sonido que me heló la sangre. Se reclinó en su asiento, completamente relajado.

​—Estás muy equivocada, mia regina. Nadie te va a buscar. A estas alturas, tu prometido cree que lo dejaste plantado en el altar. Y dudo que un hombre con el ego de Andrés Stewart mueva un dedo por una mujer que lo humilló ante toda la alta sociedad.

​Sentí un vacío en el estómago. Tenía razón. Andrés jamás me perdonaría algo así.

​—Y en cuanto a tu familia... —continuó él, divirtiéndose con mi silencio—, con lo soberbia y arrogante que eres, asumirán que huiste por un capricho. No se meterán en tus asuntos.

​Una chispa de pura rabia ardió en mi pecho. Quería doblegarme. Quería verme arrastrada. Pero cometió un error: subestimar a una Metaxis.

​—Quizás tengas razón en eso —le sostuve una sonrisa falsa, fría—. Puede que no me busquen a mí. Pero a ella sí.

​Señalé a Sofía.

​—Mi padre movería el cielo y el infierno por encontrar a su hija adorada. Y no te confundas, Alessandro —lo tuteé por primera vez, clavándole la mirada—. Esto no es un juego. Yo no soy un trofeo que puedas exhibir en tu vitrina. Soy Daryel Metaxis, y mi voluntad jamás estará ligada a la tuya.

​Me puse de pie de un salto. El vestido de novia dañado crujió, pero no me importó. Lo miré desde arriba, con toda la altivez de la que era capaz.

​—Si lo que deseas es mi cuerpo, tómalo. No tengo la fuerza física para impedírtelo aquí y ahora. Pero mi mente y mi espíritu jamás serán tuyos. Y te aseguro algo, Alessandro Bianchi: mientras me tengas aquí en contra de mi voluntad, haré de tu vida un maldito infierno. Haz lo que tengas que hacer. Yo jamás me arrodillaré ante ti.

​El silencio que siguió a mis palabras fue ensordecedor.

​El rostro de Alessandro se transformó. Su máscara de frialdad se rompió, revelando una furia volcánica e intensa. Se puso de pie lentamente, su enorme figura ensombreciéndome por completo.

​Dio un paso hacia mí, atrapó mi mandíbula con sus dedos de acero y me obligó a mirarlo. Sus ojos avellana prometían destrucción.

​—Me encantan los retos, Daryel —susurró, su aliento rozando mis labios con una promesa oscura—. Deseas que haga lo que tengo que hacer... Muy bien. Empecemos con el infierno esta misma noche.

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